Para el pensamiento cultural ortodoxo, disfrutar (percibir o gozar de un producto o una utilidad) ha sido durante muchos años un auténtico anatema, un sinónimo de vulgaridad y de entreguismo al poco glorioso mundo del entretenimiento y la comercialidad.
Eso ha sido así en la mayor parte de los sectores culturales y en mayor medida en aquellos que no han generado un desarrollo empresarial potente. Después, en el epicentro de cada uno y aún existiendo una base industrial, los agentes se estigmatizan achacándose respectivamente las culpas del escaso éxito general que la cultura y las artes tienen en nuestro país.
Sin embargo, disfrutar es esencial. En primer lugar porque es la mejor manera de atraer a los ciudadanos hacia la cultura, en segundo lugar porque el disfrute no está reñido con la calidad ni el rigor. Los grandes dramaturgos que festejaban los escenarios en la época dorada del teatro (finales del siglo XIX, principios del siglo XX) lo sabían perfectamente. Los cineastas que cimentaron el mejor momento del cine americano siempre lo tuvieron en cuenta.De hecho, actividad cultural y diversión mantenían una relación permanente hasta la eclosión de la televisión como fenómeno de masas.
Me refiero a un concepto amplio de la palabra disfrute y a una idea generosa de la cultura. Es cierto que la primera comporta el peligro de la ligereza y la segunda el del exclusivismo elitista.Pero la realidad nos demuestra que el encuentro entre artistas y público requiere en su mayor parte un ejercicio mutuo de entendimiento en el que resulta fundamental la posibilidad del disfrute.
Incentivar una producción cultural para el disfrute y la diversión puede parecer contradictorio con una percepción clásica de la promoción cultural, pero resulta, hoy en día, imprescindible para mejorar la competitividad del sector cultural. Por eso es importante destinar esfuerzos a estudiar las tipologías de públicos potenciales, las tendencias y los gustos predominantes, las inquietudes y las problemáticas que les interesan.
Los sectores culturales de carácter industrial y especialmente aquellos que tienen un desarrollo empresarial potente lo saben perfectamente, porque en última instancia su supervivencia depende de la capacidad de competir con el show televisivo, generalmente alejado de cualquier motivación cultural. El cine, el teatro, la música tiende a buscar mayoritariamente formas de expresión que favorezcan el sentimiento pleno de gozar el tiempo que se le destina. Detrás de ese intento hay una percepción certera del público al que nos dirigimos, un análisis más o menos planificado de la emotividad que se quiere tocar.
Las actividades artísticas más artesanales, especialmente las artes visuales, tienen mayores dificultades para explicarse en estos términos. Cierto es que existe un problema educacional que dificulta su comprensión, pero lo es igualmente que se trata de proyecciones creativas de mayor complejidad y menores posibilidades comunicativas.
Las encuestas nos dicen que la mayor parte de los ciudadanos no consumen cultura porque la consideran aburrida, es decir, porque no la disfrutan, eso sin contar los que han sufrido una mala primera experiencia. Cuando la cultura no se disfruta acaba siendo patrimonio de los que la utilizan para sentirse mejores, más sabios, superiores; es decir, un lujo que el progreso social no se debe permitir.
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