EL MIRADOR
La noche anda metida en augurios y suposiciones varias, como el flujo y el reflujo de las mareas. El señor Mateo, barman del Majestic - el Maracaná de CiU, que provoca en los adversarios verdadero miedo escénico, por sus veladas inolvidables-, parapetado tras la barra en previsión de la marabunta, me lanza su órdago: "Montilla va hacer mejor papel del que dicen las encuestas". Él se queda satisfecho y yo me quedo con el cante y remata el trabajo de aliño diciendo: "Ya le dije que el Barça no le ganaría al Chelsea". A un barman sabio es mejor tenerle siempre como amigo. Por lo demás, el personal va llegando con la parafernalia propia del caso, sin nada que decir, pero con la imperiosa necesidad de decir alguna cosa, aunque sólo sea para salir del paso y matar el tiempo. En esta tesitura el cap de premsa de Unió Democràtica sufre una verdadera hemorragia de imaginación y afirma convencido que "la realidad es la realidad", conjetura ésta que sólo se explica por el nerviosismo del momento.
Pero pasan más cosas, como que llegan el diputado Sánchez Llibre y el senador Jordi Casas al unísono. El primero explica el éxito de su libro, pregunta cómo lo veo, mientras que el segundo arruga la nariz, mueve la cabeza y refunfuña un inescrutable: "No sé, no sé". La noche es agradable, incluso para soñar despierto. Hay algo indefinido en el ambiente junto a la mesa imperio y el ramo de flores cuando hace su aparición el señor Felip Puig. El dictamen es preciso, certero como el diagnóstico de un cirujano: "Las encuestas no detectan el diferencial de la participación", lo dice con la seguridad del científico que ha descubierto una nueva fórmula matemática. Se va corriendo para TV3 seguro de su éxito: "Fui famoso gracias a machacar a la Chacón". Eso pasó en un anterior debate, en un tiempo pasado, casi remoto. Mientras le aguarda su dulce esposa esbelta como un pincel.
Llega la señora Núria Feliu hecha una fragata y sale el president Pujol. El president Pujol pasa por mi lado y no me saluda - faltaría más-. Al president Pujol siempre le falta tiempo para casi todo. A unos correligionarios les explica: "Espero que acabe mejor que el fútbol de ayer" y "volveré más tarde porque me voy al hospital". Después anda unos momentos desorientado buscando al escolta hasta que al final da con él y se va con paso rápido. Esta es una noche extraña en que uno se ha vuelto invisible para los amigos de toda la vida y en la cual unos perfectos desconocidos se lanzan al cuello con total impunidad. La noche es tierna, con mejillas sonrosadas, aún está por hacer cuando aparecen en la pantalla las encuestas a pie de urna - una brocheta de mentiras-, que la concurrencia recibe con unos aplausos más voluntariosos que otra cosa, porque creérselas lo que se dice creérselas no se las cree nadie. Y en estos momentos es cuando tiene que aparecer David Madí como aparece el Dimoni dels Pastorets o Fa Man-chu detrás de la cortina.
Lo importante no es lo que dice, de hecho no dice nada, pero esa posición suya de fogonero echando paletadas de confianza al respetable es un papel poco o nada agradecido cuando los números, los guarismos y los porcentajes se tornan volubles y caprichosos como este otoño que sufrimos o como las mujeres que tanto amamos.
Ahora hay un tiempo muerto, un intervalo entre la ficción de las encuestas y la realidad de las primeras papeletas escrutadas, un verdadero abismo que aprovechamos para repostar mientras la platea de militantes liquida en un santiamén las delicatessen que reparten los camareros y que desaparecen en ese ardor desenfrenado que produce el todo gratis entre el público en general. El señor Xavier Trias se deja acariciar por las cámaras de televisión con una facilidad pasmosa. Tiene un pronóstico certero: "Más vale que las cosas empiecen mal y acaben bien", a lo que yo le respondo que igual "empiezan mal y acaban peor". Van saliendo más datos, pero la aparición de Ciutadans es un verdadero maremoto en la boca del estómago, provoca una honda perplejidad, una incredulidad subrayada por un prolongado silbido, como chiflan a Iceta cuando éste dice que CiU ha perdido. Sale Duran a salvar los muebles, con esa solvencia suya para explicar lo inexplicable, es decir, que han ganado pero que han perdido. Es aséptico en su narrativa, profesional y hasta convincente pero la profesión va por dentro. Después ya vendrá Mas para decir que "sin presumir…", y ya no habrá más.

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