CATALUNYA CIUDAD

Catalunya no representa ningún problema para el Estado constitucional, le dijo Santiago Carrillo a Gemma Nierga. No lo es ni lo será. Por dos razones: porque en el pasado ya ha quedado de sobras demostrado que el catalanismo no es compatible con la dictadura y porque este país ha sido esencial en la normalización democrática de España, en la que es un factor de paz en libertad. La misma portada de ayer de La Vanguardia sólo es posible en un país con voluntad de convivencia pacífica. Tal como escribía Antoni Puigverd con su elegante pluma, una vez más Pedro Madueño, gran artista de la fotografía, ha cumplido con un ritual que él mismo inventó, con respaldo de La Vanguardia, y que resulta todo un símbolo de ideal democrático. El que propone observar un respeto mutuo entre ciudadanos de distinto origen y diferentes ideologías, y un respeto de las mayorías hacia las minorías.

Es el espíritu que, en la época de clandestinidad, animó a las corrientes unidas en Asamblea. El que trajo Tarradellas, mantenedor de la Generalitat en el exilio. El que defendieron Miquel Roca y Solé Tura en la redacción de la Constitución. El mismo espíritu que inspiró en todo momento al Jordi Pujol ciudadano y presidente, y a sus cordiales adversarios, Reventós, Obiols, Nadal y Maragall.

Defensores todos de la paz democrática. No de boquilla. Muy firmes en la repulsa de la violencia. Con el respaldo de la millonaria muchedumbre de ciudadanos contra los crímenes de ETA, tras el atentado de la Meridiana y el asesinato del valiente estadista Ernest Lluch. Catalunya no dejó de dar el ejemplo. En la calle y en las Cámaras y otras instituciones, de manera civilizada, lo cual le reconoce la misma Europa.

Se trata ahora de seguir ese mismo camino. De autonomía responsable, y de cara a España y Europa en busca de fórmula de una estructura democrática de base comunitaria. De la que este país pluricultural tiene visos de ser un modelo. Es una pretensión legítima, pero que exige aún mayores esfuerzos, generosidad y grandeza. Mayor afán de servicio a la sociedad y colaboración de ésta en afanes colectivos a todos los niveles, en el trabajo, en la creatividad, en el estudio, en iniciativas de empresarios dispuestos a ser competitivos, solventes y con ánimo de justicia social.

Todos, menos escépticos y con mayor sentido solidario. La clase política debe ganarse la estima de la sociedad civil. Ésta a su vez debe apreciar la labor de los que la saben escuchar y se entregan a su servicio. Es una cuestión de credibilidad.