EL ESPECTADOR

Como el año 1980. Tan raro y complicado como entonces. Estas últimas y octavas elecciones al Parlament de Catalunya desde la recuperación democrática nos han dejado un escenario muy parecido al de los primeros comicios catalanes después de la dictadura, salvando todas las distancias y enormes diferencias de contexto. Aquel 20 de marzo de 1980 arrojó la siguiente distribución de escaños: CiU 43, PSC 33, PSUC 25, Unión de Centro Democrático 18, ERC 14 y Partido Socialista de Andalucía 2. La diferencia entre los dos grandes es casi la misma y el lugar decisivo que entonces disfrutaban los comunistas es ahora para los republicanos. Los centristas de Adolfo Suárez tenían más peso que el PP de Piqué, y la ERC de Heribert Barrera, como quinta fuerza, tenía dos escaños más que la ICV de Saura. El extremo lo representaban dos diputados andalucistas, que trataron de avivar la llama lerrouxista, al estilo del populismo de Ciutadans.

Aquel complejo puzzle de 1980 se resolvió cuando Joan Reventós, candidato del PSC, renunció a estar en el poder junto a Jordi Pujol, que se lo ofreció. El líder nacionalista gobernó en minoría con el apoyo externo de centristas y de republicanos. Pujol aprovechó el rechazo de Reventós para afianzar CiU en la Generalitat y consolidar su liderazgo. El PSC pagó muy cara aquella jugada, pues se quedó en la oposición hasta el año 2003, cuando ERC salvó al derrotado Maragall.

Hasta aquí las semejanzas con el pasado. Las diferencias son evidentes. Mas ha sido el claro ganador de estas elecciones en votos y en escaños, lo cual refuerza su liderazgo. Su obligación es tratar de forjar acuerdos para formar gobierno. No debe renunciar a ello a pesar de que la inercia va en su contra. Si el tripartito se reedita, Montilla será un presidente perdedor y debilitado en su autoridad, que deberá templar gaitas cada día con un Carod y un Saura crecidos y poco predispuestos a aceptar la hegemonía del PSC. ¿Qué nuevo pacto del Tinell puede salir de una foto en la que no habrá ya un Maragall que juegue a estar por encima de los partidos?

Si el tripartito repite, nadie podrá escudarse ya en la inexperiencia. ¿Podrá Montilla asegurar esta navegación justo cuando Zapatero le pide más calma para su batalla contra el PP? ¿Podrá una coalición de perdedores ofrecer más hechos que palabras a un país que necesita recuperar con urgencia la confianza y el prestigio?