FORO DE COOPERACIÓN CHINA-ÁFRICA
La cumbre de Pekín reúne a 48 de los 53 jefes de Estado del continente
Lo de este fin de semana en Pekín no tiene nada que ver con las cumbres de la Commonwealth británica; el anfitrión es una potencia, pero no una metrópoli colonial, sino una gran víctima del colonialismo. Tampoco tiene que ver con las antiguas cumbres del campo socialista, del Comecon o del Pacto de Varsovia; porque China no es ninguna nueva Roma, ni referente ideológico, ni hermano mayor de un bloque militar. Éste es, ciertamente, un gran evento sur-sur, pero sin relación con las ahora recuperadas cumbres del movimiento de los no alineados, en el sentido de que carece de pretensiones alternativas.
Es una cita entre "el mayor país en desarrollo del mundo y el continente con más países pobres del mundo", repiten aquí los observadores. Un síntoma de un mundo cambiante, en el que países antes insignificantes, en muchos casos creaciones de potencias occidentales, son capaces de afirmar cierta autonomía y relación horizontal, en una época de globalización que, para la mayoría de ellas, está siendo un cúmulo de desastres.
África concentra el grueso de los actuales mil millones de habitantes urbanos de chabolas del planeta, los más altos índices de pobreza y mortalidad, y la más baja esperanza media de vida. En ese contexto, Pekín no puede no ser un referente: ese mismo último cuarto de siglo de desastre ha sido aquí tiempo de prosperidad, salida del agujero y revitalización nacional, lo que despierta lógicas curiosidades sobre la receta china. China vende con orgullo su prosperidad bajo el lema de la cumbre: "Amistad, paz, cooperación y desarrollo", expuesto en las pancartas que dan la bienvenida. Enorme operación de relaciones públicas.
Y esa venta incluye, algo alternativo, el llamado consenso de Pekín. A saber: "Es bueno todo lo que funciona, y no lo que dicen en Washington", más "el desarrollo va primero que la democratización, y no al revés", más "poder blando" contra "hegemonismo y militarismo". La cumbre tiene que ver con el crecimiento de China en el mundo y con el replanteamiento de su proyección internacional.
Desde su acceso al poder en el 2002, el presidente Hu Jintao ha girado desde la prioridad exclusiva a las relaciones con los grandes poderes globales característica del mandato de su antecesor, Jiang Zemin, a una ampliación de capital orientada hacia el mundo en desarrollo, operación en la que África y América Latina son las dos grandes noticias. Como resultado, las compañías chinas construyen autopistas, grandes edificios públicos y deportivos, infraestructuras de irrigación y hospitales en África, mientras China proporciona a los gobiernos africanos asistencia técnica y económica, además de afianzar, desde luego, su propia estrategia de aprovisionamiento de materias primas y recursos energéticos.
China compra el 60% del petróleo sudanés, recibe de Angola el 18% de su importación de crudo y mantiene importantes inversiones energéticas en Nigeria. El petróleo africano ya representa un tercio de la importación china de crudo y el país es el tercer socio comercial del continente africano, por detrás de Estados Unidos y Francia. En cinco años, el comercio se ha quintuplicado y alcanzará este año los 50.000 millones de dólares. Asia responde del 27% de la exportación de África, casi lo mismo que la Unión Europea (32%) y Estados Unidos (29%).
Además, explica el consejero de Estado Tang Jiaxuan, quien supervisa la política exterior por encima del ministro, China recibe de África, y del mundo en desarrollo en general, "un amplio apoyo diplomático para frustrar las iniciativas antichinas de algunos países occidentales en la comisión de derechos humanos de la ONU". África también ayuda a arrinconar la proyección internacional de Taiwán, así como la "promoción de la democracia en las relaciones internacionales". Ese concepto expresa, entre otras cosas, la aspiración del sur hacia un orden mundial menos antidemocrático, en el que todos los socios de la ONU son iguales y afirman una economía y una política menos injusta. También es la respuesta a las críticas en materia de derechos humanos que las dictaduras y tiranías, políticas o sociales, del mundo en desarrollo (75% de la humanidad) reciben de las magníficas democracias occidentales, ellas mismas piedra angular de un orden internacional basado en las relaciones de desigualdad, fuerza y dominio más brutales.
En la cumbre, la política de derechos humanos occidental, el mainstream mediático global y hasta el neocon presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, han criticado a China por su abstención en la ONU para enviar tropas a Darfur, sugiriendo responsabilidad en una matanza de 200.000 personas y en el éxodo de dos millones, por sostener al régimen de Robert Mugabe en Zimbabue y por esquilmar los recursos africanos. Como siempre, en toda propaganda hay parte de verdad, pero toda esa artillería no impide que China ostente algunas ventajas en el mundo en desarrollo.
La primera es la ausencia de complejos o mala conciencia, vinculados a la fea historia colonial de europeos y norteamericanos. Desde el año 2000, China ha anulado 1.300 millones de dólares en deuda a África y aplica el principio de tarifa cero a algunas importaciones de 28 países pobres del continente, recuerdan observadores chinos.
Un somero análisis de sus medios de comunicación esta semana aclara cuál es la imagen que China quiere proyectar en su relación con África: la de una relación entre iguales y sin perdedores, que no explota los recursos de los socios en aras del propio beneficio, no se inmiscuye en sus asuntos internos y carece de intenciones ocultas en el bienintencionado deseo de ayudar como modelo de desarrollo a los países pobres. "China ofrece ayuda financiera y técnica sin cláusulas con condiciones a los más necesitados", explica el China Daily.Naturalmente, la realidad es más compleja.
En Zambia, por ejemplo, China se convirtió en un factor político interno considerable en las últimas elecciones. El líder de la oposición, Michael Sata, es un adversario de la relación con China que favorece a Taiwán. Sata obtuvo casi una tercera parte de los votos, tras acusar a China de convertir el país en una "zona de saldos para sus habitantes". Durante la campaña, el embajador chino, Li Baodong, advirtió que las compañías chinas se retirarían si Sata ganaba y restablecía relaciones con Taiwán. La colonia china en la capital, Lusaka, se ha multiplicado por diez en diez años, y hoy se estima en 30.000 personas. Y en Nigeria es de 50.000 personas.
En Zimbabue la política de mirar a Oriente de su presidente Mugabe incluye desde el año pasado la promoción de la enseñanza del chino en las universidades. Los estudiantes locales no parecen muy entusiasmados. El presidente de la Unión de Sindicatos Estudiantiles, Washington Tatema, declaró que el régimen de Mugabe "está intentado cualquier truco para atraer aquí a los chinos a fin de compensar su bancarrota, pero no debería hacerlo a expensas de los estudiantes".
En la capital, Harare, los chinos construyeron el mayor estadio deportivo del país, pero, bien por chapuza o por la corrupción local, la obra necesitó costosas obras de reparación al poco tiempo, lo que deslució su carácter de símbolo.
En Mozambique, compañías chinas están esquilmando los bosques. El comercio horizontal practicado por China, incluso con otros gigantes en desarrollo como Brasil, no aporta nada a la causa de una mayor sostenibilidad. El acuerdo de libre comercio firmado con Tailandia ha perjudicado a los agricultores pobres tailandeses, los proyectos hidráulicos chinos se cobran factura en Laos. África no tiene por qué ser diferente. Conforme China gana peso y presencia en el mundo, su lava más blanco se ensuciará necesariamente.

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