El pasado 29 de octubre se cumplieron 25 años de la muerte de Georges Brassens. Algunos periódicos - La Vanguardia entre ellos- lo han recordado. Ahora bien, en los últimos días he preguntado a algunos amigos y conocidos de generaciones más jóvenes que la mía e ignoraban, o casi ignoraban, quién era: a lo más decían que se trataba de un cantante francés, que tocaba la guitarra, algunos se acordaban vagamente de Le gorille o de La mauvaise réputation porque la cantaba Paco Ibáñez. Ni en su tiempo Brassens fue popular en España; hoy, tras el rock y el pop, y cuando ya son pocos los que saben hablar francés, está casi olvidado.
No sucede lo mismo en Francia. Hace un par de años cenaba con mi mujer en el restaurante Les Amis de Georges, en Sète, la pequeña ciudad francesa cercana a Montpellier donde nació nuestro personaje. En Les Amis de Georges, donde se come excesivamente mal, las cenas se amenizan con cantantes que interpretan piezas de Brassens. Todo tiene un aire un poco cutre, al estilo de la antigua Bodega Bohemia de Barcelona.
Sin embargo, y a ello iba, en la mesa de al lado un nutrido grupo de chicas quinceañeras coreaba alegremente todas las canciones que el cantante de turno iba desgranando.
En Francia, las canciones de Brassens siguen siendo, pues, enormemente populares, letras y melodías para todas las edades, sorna e ironía, humor y rebeldía comprensible para todos. También los políticos han sabido rendir homenaje ante quien tanto se mofaba de los poderosos: cientos de calles, plazas, colegios, institutos y bibliotecas llevan por nombre Georges Brassens. En el mismo París, en las cercanías de Montparnasse, el barrio del que nunca se alejó, un muy agradable parque lleva también su nombre. Miles de cantantes siguen interpretando sus canciones en todo el mundo, traducidas a más de cincuenta lenguas. Busquen en Google: verán el vasto alcance que su obra ha alcanzado.
¿Brassens era un cantante? Sin duda. ¿Era un cantautor, esa horrible palabra? También. ¿Era un poeta? Naturalmente que lo era. García Márquez dijo hace unos años que era el mejor poeta contemporáneo de Francia. Brassens era todo esto, pero era también, mejor dicho, también es, mucho más: una manera de ver el mundo, una manera de estar en el mundo, un estilo de vida, una filosofía de la vida.
Los que nos consideramos brassenianos, es decir, los que hemos sido educados en el espíritu que se desprende de las canciones de Brassens y hemos sido profundamente influidos por él, podemos ser muy distintos en nuestra manera de ser y de pensar, pero siempre sabremos encontrar la cara escondida de los pequeños placeres que nos da la vida, nos reiremos de los engreídos, de los tontos engreídos, los cons siempre tan cargantes, apreciaremos a las buenas personas, a las humildes buenas personas - pauvre martin, pauvre misère-que tanto abundan, y seremos lo suficientemente escépticos como para desconfiar sobre todo de nosotros mismos. "Sólo los inteligentes pueden admitir que no lo son", dice más o menos Brassens en una de sus canciones. En este sentido, nos consideramos incluso, sin petulancia, inteligentes. Gracias, maestro, te debemos demasiado, nuestra deuda contigo es y será impagable.
La canción francesa tuvo unos años memorables, aquellos que discurren, más o menos, entre 1950 y 1970: Ferré, Brel, Greco, Sauvage, Aznavour, Barbara, Vian. La mezcla de la vieja chansonette y el jazz con la gran tradición literaria francesa, el espíritu antifascista de la posguerra y el existencialismo produjo como síntesis formidable una nueva canción francesa. Aquel periodo fue un gran acontecimiento en un París culto y canaille:Les Trois Baudets, el Tabou, el Lapin Agile, el Olympia y el Bobino fueron los grandes templos donde un público inteligente seguía a los jóvenes nuevos cantantes del momento. Pero la irrupción de Georges Brassens supuso lo que un marxista de entonces llamó un cambio cualitativo. De repente se vio claro que de la chansonette, de Trenet, Chevalier y Piaf, se pasaba a un género mayor, a un género literario de gran altura.
Una cantante mundana, muy conocida y estupenda, la Patachou, Madame Patachou, como se la llamaba, dio ocasión a que Brassens, un desconocido que se malganaba la vida cantando sus propias canciones acompañado de la guitarra por las tabernuchas de Montmartre, actuara una noche en su elegante local. Era el 9 de marzo de 1952.
La impresión inmediata que el desaliñado Georges Brassens causó en la Patachou se resume en la frase que ésta pronunció al acabar la función: "Antes de un año, este hombre será mucho más conocido que yo". Y así fue. Jacques Canetti, el hermano del escritor Elias Canetti que entonces dirigía la discográfica Polydor, contribuyó a divulgarlo, editando sus canciones. En seguida Brassens pasó a ser no tanto el número uno como un caso aparte, un cantante singular al margen de modas y estilos, un tipo inconfundible que todavía hoy sigue apasionando tanto a quinceañeras francesas comoa sesudos investigadores y críticos que estudian su obra como propiamente debe ser considerada: como una gran obra de arte.
Brassens, por tanto, sigue. Cientos de libros se han publicado ya sobre él. Se van descubriendo nuevas grabaciones de sus canciones y poemas perdidos entre sus viejos papeles. Su obra completa aumenta sin cesar. No es un simple cantante, es mucho más, es un caso aparte, es un maestro de la vida.

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