Tan amiguitos y se han dicho de todo, de Quim Monzó en La Vanguardia
CATALUNYA 2006
Yo diría que no queda claro que estas fotos de final de campaña hagan siempre un favor a los candidatos. A ver: de entrada parecería que sí: salen retratados, ocupando toda la primera plana, y eso es una promoción importante, y más el día en el que la gente va a votar. Siempre y cuando la gente compre el diario antes de pasar por el colegio electoral, porque, si no, la foto les va a servir de poco. Pero si la gente compra el diario antes de ir al colegio electoral y echa un vistazo a las caras de los candidatos, reafirma su aprecio por tal o cual, si es que siente aprecio por alguno. El problema es que salen los cinco candidatos, uno al lado del otro, supuestamente en igualdad de oportunidades. ¿Podría suceder entonces que, en el trayecto desde el quiosco al colegio electoral, alguien cambie el sentido de su voto porque la foto de portada del diario le hace ver que tal otro candidato parece más honesto, o porque en la mirada de aquel que en principio pensaba votar descubre el brillo de la falta de escrúpulos? Todos sabemos qué pasa cuando se hace una foto de grupo: siempre hay uno que sale mirando al techo, o con los ojos cerrados. Y no siempre es el más lerdo. Sucede que, en ese exacto segundo, su cara hacía un gesto poco fotogénico: sin llegar a los ojos cerrados, un rictus desagradable, por ejemplo. Y luego está si ríen o no ríen. Hay personas a las que no les gusta que la gente ría en las fotos, y otras no soportan a quien no ríe. ¿Qué tiene que hacer entonces el candidato? ¿Arriesgarse - con una sonrisa exagerada- a perder aquellos votantes que no sufren que la gente ría sin ganas, o ponerse serio y entonces perder los votantes a los que en las fotos no les gusta la gente seria? Dos semanas de campaña y años previos de precampaña tirados por la borda: por una mueca.
Y después está el hecho de que, como si tal cosa, los cinco se encuentren para posar para la foto. Es evidente que no van a ponerse a insultarse en cuanto se ven, pero resulta extraño. Porque, durante semanas, menos guapo se han dicho de todo y, de repente, se saludan con cortesía, como si los unos a los otros no se hubiesen tratado constantemente de incapaces, de embusteros, de sinvergüenzas, de mediocres, de corruptos. Se dan la mano y se sonríen cerca de la vía por la que, algún año, pasará el tren de alta velocidad. Están todos menos uno. Está Montilla, está Mas, está Carod y está Piqué. Carod se pone la corbata y los otros asisten al acto con la impasibilidad con la que los actores que ya se han vestido siguen en el camerino mientras el rezagado se maquilla. Sale el sol y bajo las camisas y las americanas empieza a aflorar el sudor. Piqué lleva prisa: tiene que coger el avión a Madrid. Saura está aún en la ronda Litoral y tardará unos minutos.
Cuando llega se excusa. Dice a todos: "Sento arribar tard". Y, cuando encaja la mano de Carod, le dice: "Josep-Lluís, perdona". ¿Por qué con Carod ha personalizado la disculpa? Desde los coches caminamos hasta la vía del tren por una cuesta polvorosa. Un obrero lleva la máscara de soldador levantada y otro aprovecha para fotografiar con su cámara a los candidatos. Todos vamos con petos luminiscentes y cascos de protección. Los responsables de la obra advierten a los candidatos que también ellos tendrían que ponerse como mínimo los cascos, y quitárselos sólo en el momento de la foto. Como los candidatos se muestran reticentes, les pregunto: "¿I les normes de seguretat a la feina de les que parleu tant?", y casi me abuchean. Siguen sin ponerse los cascos y sólo lo hacen para pasar por debajo de una enorme dovela. Mas es el que, cuando luego se los quitan, pone más cuidado en recomponerse el pelo.
