La Comisión Europea ha tenido que crear dos carteras de nuevo cuño, la de Protección al Consumidor y la más chocante de Multilingüismo, para dar algo que hacer a los representantes de Bulgaria y Rumanía, Meglena Kuneva y Leonard Orban, cuando ambos países ingresen en el club comunitario el 1 de enero.

Por imperativo del tratado de Niza, el ejecutivo de la Unión Europea tiene que ampliarse en esa fecha hasta la poco sostenible cifra de 27 miembros, la cual tendrá que reducirse en cuanto entre en acción el próximo equipo del órgano comunitario, ya en 2009. A causa del catastrófico no de Francia y Holanda al proyecto de la Constitución Europea, que precisamente hoy habría entrado en vigor, la ampliación del órgano de Bruselas coincide con uno de los momentos más sosos, asténicos y de baja de actividad política en toda la historia del club comunitario. Hay, en resumen, más gente para menos trabajo.

La creación de las dos nuevas carteras no sólo ha requerido el esfuerzo de imaginación necesario para repartir aún más una tarta de entrada muy compartida pese a su limitada sustancia; también es la solución más o menos apañada al no trivial problema que plantea el tener arrancar competencias a un comisario hecho y derecho para dárselas a otro que surge de la nada. Antes de optar por privar al griego Markos Kyprianou de las competencias de Consumo que acompañaban a sus ocupaciones en Sanidad y al eslovaco Jan Figel del área lingüística inscrita al final del todavía extenso título de su cartera (Educación, Formación y Cultura), el presidente José Manuel Durão Barroso hubo de sondear cuidadosamente el terreno y estudiar con tiento las distintas opciones. Según crónicas e informaciones de pasillo que los portavoces la Comisión calificaron de "especulativas", Barroso habría barajado la posibilidad de desgajar Inmigración del amplio ámbito de Justicia, Libertad y Seguridad del que se ocupa el también vicepresidente Franco Frattini, así como separar la Cooperación de la Ayuda al Desarrollo, asuntos de los que se ocupa y seguirá ocupándose el belga Louis Michel. En todo caso,

Barroso ha llevado el asunto muy discreta y personalmente. Hasta el punto de mantener sobre ascuas, y en algunos casos al borde del ataque, a sus propios comisarios.

La extrema discreción de Barroso, acorde con sus prerrogativas, no es sin embargo casual ni se ha limitado al proceso de elección de las carteras destinadas a los nuevos comisarios. Según fuentes comunitarias, el jefe del ejecutivo de la UE viene mostrando una acusada tendencia al presidencialismo en todo lo que hace: para asegurar la cohesión y limitar la dispersión en la casa, pero también por miedo. Miedo a que la confusión y multiplicidad de iniciativas no siempre útiles que cada día presentan veintipico políticos deseosos de mostrar su trabajo al público acabe derivando en el caos y la absoluta ingobernabilidad. Miedo a que los celos, los pisotones o los inevitables solapamientos que con frecuencia se producen entre los comisarios den lugar a un peligroso escándalo. Miedo a que la prensa, o un grupo de funcionarios, o bien el Parlamento Europeo, aprovechen cualquier tropiezo para emprender una batalla que pueda hacer saltar a toda la Comisión.

Ahí está el precedente del equipo de Jacques Santer, cuyo final precipitó la comisaria Édith Cresson al contratar y otorgar un salario fabuloso a su dentista, para indignación del ciudadano en general y de la prensa francesa en particular. Más cercano y propio es el caso Buttiglione, al que Barroso designó candidato a comisario sin calibrar los devastadores efectos que sus proclamas machistas y homófobas iban a causar. Dicen en la Comisión que si Barroso no ha aprovechado el nombramiento de los comisarios búlgaro y rumano para emprender una remodelación a fondo de su ejecutivo es por temor a que la Eurocámara, que entonces habría escuchado y enjuiciado uno por uno a todos los afectados, le pusiera en una situación parecida a la que padeció con motivo del caso Buttiglione, cuando los parlamentarios le echaron atrás su primer propuesta para el nuevo colegio.

La escasa actividad de la Comisión a raíz del parón impuesto por el rechazo al proyecto constitucional abona el campo para los ataques a Bruselas. Barroso lo sabe y lo teme.