No se harán prisioneros y no habrá piedad con los derrotados. Y ni siquiera la victoria por sí sola sirve. El resultado de las elecciones autonómicas catalanas que se celebran hoy no permitirá saber quién será el nuevo presidente de la Generalitat o qué apoyos recibirá.

Pero, con toda probabilidad, supondrán un abrupto fin para las carreras políticas de la mayoría de los dirigentes de las principales formaciones políticas catalanas. Artur Mas, presidente y candidato de CiU; José Montilla, primer secretario del PSC y candidato socialista, y Josep Lluís Carod-Rovira, han puesto en juego su supervivencia política.

Es prácticamente seguro que ninguna de las cinco fuerzas políticas representadas en el Parlamento de Cataluña obtendrá mañana los 68 escaños mínimos para lograr la mayoría absoluta. Por si fuera poco, un nuevo partido, resultado del hartazgo social provocado por el debate del nuevo Estatuto, Ciutadans de Catalunya, amenaza con colarse en la Cámara catalana para dificultar aún más el mapa político ante las negociaciones de los futuros pactos de gobierno.

La jubilación de Josep Lluís Carod-Rovira, presidente de Esquerra Republicana, la formación a la que todos los sondeos sitúan como árbitro tras las elecciones, parece ya clara. El hombre fuerte del partido, Joan Puigcercós, ya había decidido deshacerse de él antes de que Esquerra fuera expulsada del Govern.

El favorito en la carrera hacia la presidencia de la Generalitat es, sin duda, Artur Mas. El candidato nacionalista se ha curtido durante tres años en la oposición tras haber derrotado a Pasqual Maragall en los pasados comicios autonómicos. La primera edición del tripartito condenó a Mas a ver cómo la suma de los escaños del PSC, Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya Verds-Esquerra Unida i Alternativa facilitaban la investidura de Maragall a pesar de que CiU contaba con el grupo parlamentario más nutrido, con 46 diputados.

La mayoría de las encuestas realizadas en los últimos meses sitúan a CiU como la vencedora de las elecciones, tanto en votos como en escaños, con un resultado que estaría por encima de los 50 diputados. Un buen resultado, pero muy lejos de los 68 de la mayoría absoluta.

La obsesión de los nacionalistas ha sido durante las últimas semanas evitar la posibilidad matemática de una reedición del tripartito. Son conscientes de que, a pesar de que consideran un suicidio político un eventual pacto con el PP, si la suma de sus diputados con los de los populares no llega a los 68 escaños, los firmantes del Pacto del Tinell harán todo lo posible por reeditarlo, aunque el PSC se quede a 15 diputados de CiU.

Si, tras alzarse con la victoria en dos elecciones consecutivas, Artur Mas no logra convertirse en el próximo inquilino de la Casa dels Canonges, su liderazgo en el seno de CiU quedará seriamente debilitado y la federación podría sufrir la crisis que logró evitar cuando Jordi Pujol decidió abandonar la política.

El candidato socialista, José Montilla, fue designado aspirante in extremis, poco después de que el aún presidente catalán, Pasqual Maragall anunciara su intención de disolver el Parlament y de convocar elecciones durante el corriente otoño. Tras entregar la cabeza de Maragall para aplacar las iras levantadas con el Estatut, el PSC se encontró con que Montilla debía ser su candidato.En aquel momento no era la mejor opción; era la única.

Pero Montilla ha resultado ser un candidato peor de lo que cabía esperar cuando sólo se ocupaba del liderazgo del PSC. El aura de implacable aparatchik que le perseguía había generado unas expectativas que se vieron defraudadas en sus primeros actos electorales.

Montilla ha pasado de presentarse como la sorpresa que iba a impedir la victoria de Mas a intentar evitar el desastre. Los socialistas afrontaron el inicio de la campaña electoral convencidos de que, en aquel momento, aunque Mas partía con una ligera ventaja, la situación era, de hecho, de empate técnico.

La evolución de la intención de voto del PSC, sin embargo, ha caído en picado. Montilla ha ido variando el discurso para intentar frenar sin éxito la fuga de votantes socialistas que parecen decididos a quedarse hoy en casa para no acudir a las urnas.Los socialistas serán, sin duda, los más perjudicados por una elevada abstención. Y, los peores pronósticos la sitúan en torno al 50%. En el ecuador de la campaña, el PSC empezó a temer por los resultados y a cambiar de actitud.

Primero se conformaban con que Montilla lograra un solo diputado más de los 42 que obtuvo Maragall en 2003. Ahora, les da igual cuál sea el resultado siempre que la suma de los escaños del PSC, ERC e ICV-EUA alcance los 68. Para evitar tocar fondo, Montilla convenció al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero -que, inicialmente, estaba seguro de que ganaba, tanto si era presidente Mas como si lo era Montilla- de que lo suplantara como candidato en la campaña. De no ser así, la ejecución de Maragall le pasará una elevada factura.

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