Tú que votas, obsérvalo: cuanto más se atacan en la campaña electoral, más dispuestos están los políticos para hacer luego sus pactos pos-electorales.
PRIMERO fue Rodríguez. Luego, Calderón. Y ahora, Sebastián.
La leyenda dice que Rodríguez marchó de luna de miel a Sevilla, y a la puerta de la catedral las gitanas, con sus rampojos de romero para tentarte la cartera, cayéronle encima como hacen con los tolais y le echaron la buenaventura:
-¡Me dijeron que llegaría muy alto y ya ves!- ha revelado Rodríguez a una vecindona de Santa Coloma.
La lotocracia o democracia loto enunciada por Roger de Sizif en Francia hace furor en España. Un tal Rodríguez en La Moncloa. Un tal Calderón («me llamo Calderón y doy suerte») en el Bernabéu. Y un tal Sebastián (que las peluqueras confunden con el pianista de «Cine de barrio») en el sillón de Gallardón, quien hubiera preferido, y con razón, a la vicepresidenta Fernández. Sólo con tenerla enfrente, esa mujer le devolvía la juventud y, lo que es más importante, todos los votos de una derecha excitada que ahora, entre Gallardón y un Don Nadie como Sebastián, optará por coger la escopeta y el perro y meterse con el perro en la cama el día de votar. Si gana Gallardón, habrá ganado a Don Nadie, pero, si pierde, se habrá convertido en Ninguno, y en eso consiste la trampa de Sebastián. ¿Qué le dijeron las gitanas de Rodríguez a Sebastián?
-Don Nadie es funcionario o influyente y tiene una agresiva y engreída manera de ser- avisa Octavio Paz en su «Laberinto de la soledad».
Para saber de Sebastián hay que abrevar en el periodismo afecto al sebastianismo. Sabemos que Sebastián es economista. Poca cosa. «¿No has pensado, Ken, que hacer un discurso de economía es como mearse por la pata abajo?- le dijo un día a Galbraith el presidente Johnson-. Uno nota el calor, pero nadie más se da cuenta.» Así, pues, como «economista» incluso en los ambientes progresistas sabe a poco, los cobistas añaden «brillante»: profesor en la Complutense -que, por cierto, no aparece en el «ranking» de las doscientas primeras Universidades del mundo-, programador electoral con Caldera -«primus inter pares!»- y asesor económico de Rodríguez es su currículo. En el pasado tuvo pelo y, al menos durante unos minutos, estuvo arrestado por reparto de propaganda contra la Reforma Política, lo que, miren ustedes por dónde, ya constituye más clandestinidad que la de González y Guerra juntos. De su brillante magisterio universitario la prensa de progreso destaca la opinión de una alumna de la Complutense, que no sé por qué no aparece en el «ranking» de las doscientas primeras Universidades del mundo:
«Tenía una frase mítica para quien no le escuchara: `¡A la puta calle!´ También tenía el trasero más bonito.»
Y fue Rodríguez quien en esta loca lotocracia a la española «se enamoró» de Sebastián.
-No te puedes imaginar, Sonsoles, la de españoles que podrían gobernar, si quisieran.
¡Ah! Una tarde, siendo ministro de Economía, Rato se presentó en la Complutense, la que no aparece en el «ranking» de las doscientas primeras Universidades del mundo, y cuando todos esperaban que Sebastián, dada su brillantez, acudiera a refutarlo en una escena semejante a la de Wittggenstein blandiendo el atizador para rebatir a Popper en Cambridge, Sebastián no se presentó. ¿Hará lo mismo con Gallardón?
Para salvaguardar su reputación científica ante Gallardón, Sebastián ha de hacer suyo el mantra de Don Sebastián en «La verbena de la Paloma»: «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.» Y ofrecer rosquillas con vino, claro. No sabemos si por la cosa de La Latina, su idea es convertir Madrid en «la sede de Latinoamérica en España» (?), reservando Barcelona para «sede del Mediterráneo en Europa» (?). El resto del programa se lo pone el partido, que maneja tres ofertas para atraer a la juventud: cambiar a Moreno por Regàs en la concejalía de Cultura; cobrar peaje a los forasteros por venir al centro en coche; y echar del callejero, por franquistas (?), a Calvo-Sotelo, Muñoz-Seca, Maeztu y demás muertos de la lista del concejal Iglesias, quien pasaría a llamarse concejal Casas del Pueblo.
Les dijeron que llegarían alto... y ya ven.

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