La canciller alemana, Angela Merkel, viene abogando por la idea de establecer entre la Unión Europea y Estados Unidos una zona de libre comercio, la llamada TAFTA en siglas inglesas. Quiere incluir este proyecto en la agenda de la presidencia alemana de la UE, que ejercerá en el primer semestre de 2007.
El objetivo es desmantelar las trabas arancelarias y no arancelarias aún existentes en el comercio bilateral de bienes y servicios y crear así un mercado único que sería el más grande del mundo. La visión consiste en que se abrirían de par en par las puertas para un aumento significativo de la inversión en capital fijo y del potencial de producción en toda la zona integrada, acompañado de una elevación notable de los niveles de empleo y de una subida continuada de los salarios reales de la población activa.
Gracias a la realización de crecientes economías de escala en la producción, las empresas europeas y estadounidenses ahorrarían enormemente en costes, lo que fortalecería su competitividad internacional en precios. ¿No es fascinante esta idea?
Pienso que fascinante, sí, pero ejemplar, no. Para empezar, la mayor parte del comercio bilateral entre la UE y EEUU está liberalizada, sobre todo el intercambio de productos de la industria manufacturera.
Los aranceles apenas se hacen notar y, desde luego, no han constituido un obstáculo para que el comercio exterior de ambas áreas expandiera a buen ritmo. Es más, las economías europeas han recibido en años recientes fuertes impulsos de la boyante economía estadounidense, vía demanda de la exportación.
El panorama cambia si vamos al sector agrícola y al mercado de los servicios profesionales. Aquí sí existen barreras importantes. La Política Agraria Común de la UE es, como todos sabemos, altamente proteccionista. EEUU tampoco se queda corto y otorga a su agricultura holgadas subvenciones. A ambos lados del Atlántico, las intervenciones públicas en los respectivos mercados agrícolas resultan en una discriminación mutua, aparte de perjudicar a los productores de países terceros.
En cuanto a los servicios, es, por ejemplo, notoria la oposición de Francia a una liberalización de servicios audiovisuales procedentes de EEUU. Y allí persisten diversos obstáculos técnicos (normas, certificaciones) que dificultan el acceso a los mercados. La competencia entre las compañías aéreas es distorsionada de forma encubierta, pero no por ello menos dañina, debido a los apoyos estatales que reciben los dos grandes fabricantes de aviones civiles, Boing y Airbus, y que crean reiterativamente conflictos comerciales de envergadura entre Estados Unidos y la UE.
Freno a las reformas
La prueba del nueve es si ambas partes cambiarían de postura en el marco del proyecto TAFTA. La UE ha dejado claro que hasta 2013 no habrá reformas fundamentales en la PAC. Ya se encargará Francia a que esto sea así. En cuanto al sector de los servicios, la UE no es siquiera capaz de establecer de una vez el mercado único dentro de su propio espacio, tal y como lo estipula el artículo 49 del Tratado de la UE.
De esto es responsable el Parlamento Europeo que, tras fuertes presiones de Francia y Alemania, ha enmendado la directiva Bolkenstein sobre la liberalización de los servicios, imponiendo toda una batería de trabas a la libre prestación de servicios en un país miembro por parte de oferentes de otro país miembro.
Con independencia de esta enmienda parlamentaria, resalta el patriotismo económico que determinados gobiernos aplican con mucha creatividad para bloquear la libre circulación de los capitales en sectores considerados estratégicos dentro de la UE; uno de los grandes bancos españoles lo ha sufrido en Italia, un líder energético alemán lo está viviendo en España actualmente. En la aviación comercial continúan las intromisiones políticas.
Ahora le toca el turno a Alemania, que para muchos es en Europa el baluarte de la economía social de mercado: la propia canciller y otros dirigentes políticos consideran seriamente la posibilidad de que el Estado alemán se convierta en un accionista de peso en el consorcio europeo aeroespacial EADS, con el fin de impedir que la crisis de Airbus con la fabricación del A380, y cuya solución requerirá un duro plan de ajuste, afecte negativamente a la planta de producción de Hamburgo.
Proteccionismo
Si prevalecen entre los gobiernos intereses tan contrapuestos y si las fórmulas con las que los políticos persiguen estos intereses son las del proteccionismo, ¿qué ganaríamos con TAFTA? Nada, a cambio de pagar un precio elevado: el de añadir una pieza más a la proliferación del bilateralismo y el regionalismo en los intercambios comerciales, de la que somos testigo en los últimos tiempos. Esto es grave porque erosiona el sistema multilateral del comercio mundial.
Acuerdos bilaterales de libre comercio siempre suponen una discriminación de países terceros. Se produce un efecto de desviación de comercio desde fuera del área hacia dentro del mismo. Fuentes eficientes de producción son sustituidas por fuentes menos eficientes.
Para los consumidores se encarecen los productos protegidos. Los países terceros, entre ellos los de desarrollo, se verán perjudicados por no poder hacer pleno uso de su potencial de exportación que deriva de las ventajas comparativas en costes de producción que tengan. La consecuencia es para todas las partes implicadas una pérdida de bienestar económico.
Algunos dicen que la TAFTA contribuiría a estabilizar el tipo de cambio euro/dólar. Ello reduciría los costes de transacción económica al ahorrarse las empresas del comercio exterior las operaciones de cobertura del riesgo cambiario. Este argumento tampoco puede convencer. En el pasado, la volatilidad del tipo de cambio no ha restringido el comercio entre la UE y Estados Unidos.
En el mercado de divisas, el tipo de cambio evoluciona, fundamentalmente, con arreglo a las expectativas que se formen los agentes financieros sobre la evolución económica y la calidad de las políticas macro y microeconómicas en los diferentes países (tensiones geopolíticas aparte). Es cierto que a veces los agentes se equivocan y hacen desbordar el tipo de cambio, lo que distorsiona los flujos comerciales. Pero se trata de efectos temporales.
Una zona de libre comercio nada tiene que ver con esto. Ni siquiera en el área del euro ha desaparecido del todo el riesgo cambiario. Lo ha hecho sólo en términos nominativos, consecuencia lógica de la moneda única, pero no en términos reales. Para los doce países que integran esta área, el euro se aprecia o deprecia en términos reales si la tasa de inflación doméstica es superior o inferior a la de los socios, respectivamente. De ahí que las empresas españolas estén perdiendo competitividad internacional dentro de la eurozona.
A mediados de los noventa, el entonces ministro de Asuntos Exteriores alemán, Klaus Kinkel, yalanzó na idea semejante sobre un acuerdo transatlántico de libre comercio, pero no consiguió el apoyo de otros gobiernos. Bueno sería que lo mismo ocurriera ahora y que el proyecto TAFTA quedara archivado.
Sería mucho más fructífero que la UE y EEEUU cooperaran en serio para relanzar la Ronda de Doha -suspendida desde julio- para profundizar la liberalización del comercio mundial y la integración económica global con arreglo a las reglas del multilateralismo y de la no discriminación.
Juergen B. Donges. Director del Instituto de Política Económica. Colonia.

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