EL otro día le pregunté a un profesional de la política qué tal se encontraba y me respondió que muy animado, porque ya ha empezado el carrusel electoral que lleva hasta las generales, de una urna a otra y voto porque me toca. Catalanas mañana mismo, municipales-autonómicas a final de mayo y legislativas en primavera de 2008 o antes -depende, probablemente, de ETA-, con el aperitivo del referéndum andaluz en febrero para mantener a punto los mecanismos de referencia. Los políticos viven para las elecciones, que es lo único que los motiva de verdad; gobernar no es más que una antipática rutina entre votación y votación, un incómodo lapso en el que es menester preocuparse por los engorrosos problemas de los ciudadanos. Lo que cuentan son las citas electorales, que es la batalla por el poder en estado puro, la liza desnuda y descarnada de la política. Fuera sucedáneos, pues, y abajo las máscaras: empieza el baile.

En teoría, después de las gallegas de junio pasado íbamos a tener un resuello de dos años de calma, pero el Estatuto catalán se atravesó en la pista y provocó un choque múltiple con demasiadas heridas. Para cerrarlas, al menos en apariencia, ha habido que adelantar los comicios autonómicos -hasta nueva orden habrá que seguirlos llamando así, pese al rango de «nación» deparado por el nuevo marco estatutario- en busca de un nuevo statu quo. Pero en realidad, se trata sólo del banderazo de salida anticipado de una larga carrera hacia el poder del Estado. El que gane mañana gestionará un presupuesto de más de 30.000 millones de euros -cinco billones de extintas pesetas-, pero lo que de veras está en juego es el primer boceto del futuro mapa electoral de España.

Lo ha confesado, por pasiva, el propio Rodríguez Zapatero, cuando este fin de semana apelaba a votar a Montilla con el poco alambicado -y falaz- argumento de que «el PP quiere que gane CiU». Falaz porque el presidente puede ser el primer interesado en que gobierne Convergencia, sobre todo si la puede atar con un pacto que comprometa su apoyo tras las generales, y poco alambicado porque revela a las claras lo que de verdad le importa a él de esta convocatoria: su reflejo en la correlación de fuerzas a escala nacional. Es decir, en el mantenimiento de su propia silla.

Como me comentaba el político supraescrito, ya no hay más horizonte que esa lucha a cara de perro con España como escenario. La dialéctica de siempre: PSOE contra PP, izquierda versus derecha, con el nacionalismo como invitado para ejercer de bisagra. Ésa es la verdadera pelea, el pulso de poder que nos espera de manera implacable durante un año y medio. No en vano, en la propia Cataluña, las generales convocan siempre más participación que estas autonómicas en las que se supone en juego ese futuro propio por el que su clase política dice luchar con tanto denuedo.