Ahora descubren que el PSE, el PNV y, por supuesto, Batasuna-ETA vienen celebrando contactos secretos para preparar o negociar las bases en que habrán de fundar las batallas del mañana, cuando España se haya aproximado suficientemente a su nivel de entelequia política. ¡Pero si en esta cuestión todo ha sido secreto y clandestino hasta ahora, con alguna que otra aparición fugaz de los actores en la escena pública para regresar luego a la sombra confortable que permite no explicar nada hasta que la situación se haya hecho irreversible! Esta guerra política hace tiempo que está perdida. Quien crea que Zapatero engañará a la banda terrorista y despistará al PNV es un perfecto ingenuo. Es verdad que su estrategia consiste en ganar tiempo. Pero no para los intereses de España, sino para su propio y personalísimo provecho y conveniencia. ETA, por muchas armas que robe y mucho que prepare sus arsenales mortíferos, no volverá a matar presumiblemente hasta que Zapatero se consolide en un nuevo mandato electoral. Eso es casi seguro. Le conviene un ZP perdurable, perfectamente convertible en rehén, eternamente amenazado y chantajeado, con su espalda socialista vasca en actitud traidora, tan traidora como la suya propia, y, en consecuencia, sólo utilizable para completar el escenario pactado. La banda sabe que volver a las armas, en el sentido de utilizarlas a destiempo, pone en peligro la gran operación de desnaturalizar el sistema creado por la Constitución de 1978, ya en trance de perder su identidad. El gran riesgo sería para ETA que Zapatero hubiese de retroceder en su carrera de concesiones o, si rompe la tregua de sangre antes de las elecciones del 2008, que el infausto y equívoco personaje pierda el poder en las urnas. Para la banda, todo menos eso. Amenazar e imponer pautas no dejará de hacerlo, pero siempre con las armas en silencio calculado.
ETA tiene un programa que completar, con Navarra en el centro de sus objetivos y la autodeterminación como clave del arco que habrá de sostener el edificio de la ruina del Estado. Ya es paradoja que un edificio o construcción consista en destruir.
Desde el propio PSOE, diversas voces, con algunos altibajos, han mostrado su inquietud ante el llamado “proceso” que los hechos van determinando. Alfonso Guerra, Joaquín Leguina, Francisco Vázquez, el ambiguo González y tantos otros, han interpuesto sus objeciones contra la marcha de los acontecimientos. Pero han sido cobardes. Ahora a la cobardía se le llama disciplina, y cuando una Rosa Díez, por ejemplo, se muestra valiente, honradamente valiente en sus actitudes, entonces se procura presentarla como una disidente que intenta romper la armonía del partido y su pretendida progresión hacia “el éxito”. Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el famoso “bellotari”, que parecía dispuesto a sacar los pies del plato, ha vuelto a quedarse quieto y también se ha contradicho, él sabrá por qué y con qué le han amenazado. Ya utilizó el zapaterismo las armas del chantaje político y ético para frenar el independentismo crítico del ex alcalde de La Coruña.
Este hombre, ZP, con cara risueña, doctorado en talantes fecundos (para él), fue en su día definido con extraordinaria precisión por Felipe González cuando aquél le disputaba a Bono (otro que tal) la secretaría general del PSOE. González sostuvo públicamente que Zapatero no tenía ni equipo ni programa. Y sigue sin tenerlos. Para hallar un candidato mínimo a la Alcaldía de Madrid ha tenido que recurrir a un personaje ajeno al partido, Miguel Sebastián, al que sacrifica igual que ha sacrificado a Juan Fernando López Aguilar enviándolo a la aventura electoral de Canarias. Mientras tanto, ¿para qué hablar de pactos secretos? Antes de concertarlos con el entorno etarra y el PNV ya lo hizo ZP con Artur Mas. El resultado está a la vista.

Escribe un comentario