El choque entre Rajoy y Zaplana a cuenta de los estatutos divide a la cúpula del PP en dos, de J. Pérez y F. Quevedo en El Confidencial
En el PP ha surgido un duro pulso con la reforma de los estatutos. Se trata de una batalla entre su presidente, Mariano Rajoy, y su portavoz parlamentario, Eduardo Zaplana. El primero tiene el poder del partido y ha cedido a las demandas de sus barones; el segundo tiene detrás a la Fundación FAES de José María Aznar, así como importantes apoyos mediáticos. El choque es de tal magnitud que la cúpula popular se muestra dividida, con una mayoría favorable a su actual presidente.
Rajoy y Zaplana hace tiempo que no se hablan, aunque –cortesía obliga- conversan entre sí en las reuniones del partido. El primero autorizó el pacto con el PSOE en el Estatuto de Andalucía que incluye en su preámbulo una referencia a la “realidad nacional” andaluza a petición de Javier Arenas, el líder regional del PP en esa comunidad autónoma. El segundo echa pestes por los pasillos contra tal acuerdo, apoyado por la COPE y El Mundo.
Zaplana y FAES consideran que se ha traspasado una línea roja: la expresión realidad nacional había adquirido un valor simbólico en el imaginario popular e implicaba la ruptura de la soberanía española. Y aunque eso no sea cierto, y los negociadores del PP Soraya Sáenz de Santamaría y Federico Trillo se hayan ocupado de que el acuerdo andaluz sea plenamente constitucional, Zaplana sabe que es una bandera que conecta con las corrientes profundas de las aguas conservadoras.
No son las únicas discrepancias. Destacados miembros del PP no vinculados necesariamente a ninguna de estas corrientes recuerdan, en privado, que Rajoy se comprometió en su discurso durante el debate del Plan Ibarretxe a que los “principios” nunca estarían por debajo de los “intereses de partido”, y añaden que “eso no es, precisamente, lo que ha ocurrido con el Estatuto andaluz”. Y es que “no basta con que sea constitucional, además tiene que parecerlo”, añaden, citando a Julio César.
Piedra de escándalo
La llamada “realidad nacional” se ha convertido en piedra de escándalo para el imaginario colectivo de buena parte del PP, y Zaplana pesca abundantemente en esas aguas. Pero también hay otra razón de fondo. El político cartagenero se lleva muy mal con Arenas, enemistad que data de hace unos 30 años, cuando ambos militaban en las juventudes de la UCD, el primero como liberal y el segundo con los demócrata-cristianos de Óscar Alzaga.
El portavoz del PP ha sido muy duro estos días con la posición de Arenas, cuando sabe que la mayor crítica en los últimos 25 años que ha recibido el centroderecha es que sus partidarios no apoyaran el Estatuto de Andalucía de 1981 (ni AP ni tampoco UCD, que hizo una campaña activa contra el referéndum). Esa es la razón que ha llevado, en última instancia, a Rajoy a dar su apoyo al pacto PP-PSOE en el Estatuto de Andalucía.
Las reformas estatutarias están acumulando problemas en la sede de Génova. La línea dura defendida por la mayoría contra el Estatuto de Cataluña –Zaplana a la cabeza- y no compartida por Josep Piqué, tenía como objetivo ganar votos en feudos socialistas como Castilla-La Mancha, aunque fuera a costa de perderlos en Cataluña. Está por ver si Piqué ha conseguido contrarrestar esa estrategia, pero el caso es que Rajoy lleva dos años sujetando a sus barones autonómicos y ahora ha dado rienda suelta a parte de las pretensiones de estos últimos, quizás porque el estar en la oposición ofrece poco poder y escaso dinero a repartir, y es reducida la capacidad para frenar los avances de aquellos que cuentan con un presupuesto público a su favor.
Rajoy abre la mano
El presidente del PP logró con éxito que sus presidentes autonómicos aceptaran el mismo discurso de cara a la reforma de la financiación autonómica, por mucho que el Gobierno socialista intentara dividirlos con sus ofertas económicas bajo la mesa. Pero, una vez pasada la tempestad del Estatut, los barones han conseguido que Rajoy abra la mano y permita encauzar las reformas. Primero fue la valenciana, luego la andaluza y, ahora, apunta maneras la castellano-manchega.
El pasado jueves los dos representantes del PP en la Comisión Constitucional, encargados de las reformas estatutarias, es decir Sáenz de Santamaría y Trillo, no se esperaban la sorpresa que les traía la candidata castellano-manchega del PP, María Dolores de Cospedal, cuando a las cinco de la tarde acudió a una reunión para hablar del Estatuto: llegó con el texto pactado y firmado con el PSOE. Un acuerdo que ha levantado ampollas y que el propio Rajoy reconoce en privado que habrá que reconducir en el Congreso.
Caído en una trampa
“Cometimos el error de abrir la veda de las reformas estatutarias con la de Valencia –dicen fuentes de Génova 13-, y ahora esto no hay quien lo pare, y nos están haciendo un roto considerable, cuando desde el principio deberíamos haber aislado el Estatuto de Cataluña como algo anormal y anticonstitucional, que sin embargo ahora queda diluido entre el resto de las reformas”. La preocupación en el PP crece, no sólo por lo estatutos que ya están en marcha, como por los que vendrán.
“¿Qué autoridad tenemos para hablar de solidaridad y constitucionalidad si pactamos estatutos en los que se incluyen sistemas propios de financiación o limitaciones al uso de las aguas, que es un bien universal?”. La pregunta, de un destacado dirigente del PP, está muy extendida, incluso entre las bases del partido. “Pusimos unas líneas rojas y nosotros mismos las hemos traspasado. ¿Le vamos a negar la realidad nacional a Galicia, por ejemplo? Hemos caído en una trampa y no sabemos salir”, concluyen.
“Hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido”, solía decir el canciller alemán de centro Konrad Adenauer en los años sesenta del siglo pasado. Y añadía que los terceros son los peores.
