EL RUNRÚN

Las elecciones del próximo miércoles son un engaño. De la misma forma que los simpatizantes de la izquierda reclamaban antes de ir a votar, en las últimas elecciones generales saber quiénes eran los autores de los atentados del 11-M, sin lo cual parecía que aquellos comicios carecían de cualquier viso de legitimidad, los ciudadanos llamados a votar en estas elecciones autonómicas no sabemos adónde irá a parar nuestro voto, es un misterio inescrutable, un agujero negro, cuando no una verdadera trágala. Una característica de la democracia de baja, bajísima calidad, que padecemos en Catalunya y en España es la persistencia de las listas cerradas. Pero lo cierto es que el próximo día 1 de noviembre los electores nos encontraremos con el menú ya hecho, cocinado en las siempre lúgubres y sinuosas cocinas de los aparatos de los respectivos partidos políticos. A los ciudadanos sólo nos quedará decir amén sobre unas decisiones difícilmente homologables como decisiones democráticas. Las listas abiertas, en que el ciudadano pueda expresar claramente sus predilecciones por fulanito o menganito, aunque sean de partidos distintos tal como sucede, por ejemplo, en Alemania, es aquí una quimera.

Todavía es peor. En estos momentos ninguna formación política ha expresado claramente con quién piensa gobernar y con quién no. Depositamos un voto como quien compra un décimo de lotería por Navidad, que los respectivos partidos políticos reciben tal que si fuera un cheque en blanco para hacer con él aquello que les venga en realísima gana. Así por ejemplo, ¿el votante de ERC está satisfecho con que su formación gobierne con CiU? ¿Los votantes del señor Montilla quieren realmente la repetición del tripartito? ¿Dirá éste como dijo Zapatero que si no sacaba más votos que Rajoy no gobernaría? ¿Los electores de CiU esperan un pacto con ERC o acaso una sociovergencia? ¿Los votos del PP servirán para que Mas alcance la presidencia de la Generalitat a pesar de haber ido a cal notari?Estas y otras preguntas son una verdadera incógnita para quienes se acerquen a las urnas, porque hasta ahora ningún candidato ha dicho esta boca es mía sobre los posibles escenarios del día después, lo cual constituye sin duda alguna una treta tan grave como ocultar la autoría del 11-M.

El elector, ya que no puede elegir las coaliciones - tampoco sería tan difícil- ni mostrar sus preferencias sobre el futuro presidente de la Generalitat, debe conformarse con hacer el cumplido papel de invitado de piedra. Las elecciones son muy democráticas, pero las decisiones que se toman a partir de ellas forman parte del secreto del sumario, carecen de luz y taquígrafos. Lo realmente democrático no es retransmitir por televisión un debate amañado entre los diferentes candidatos, sino televisar en vivo y en directo las negociaciones entre los diferentes partidos para la formación de un Gobierno y que no acabe pasando como el pacto del Tinell, que incluía cláusulas secretas. Lo otro es utilizar los votos de los ciudadanos como simples ases escondidos en la manga, es decir, hacer trampas. Pensar que el futuro de este país, pase lo que pase, está en manos de individuos como David Madí, Vendrell, o José Zaragoza es una idea que debería encoger el ánimo de cualquier ciudadano.