1. Según cuenta Virgilio, por boca de Eneas, en el canto III de la Eneida, los supervivientes de la destruida Troya llegan a la costa tracia, que les parece hospitalaria, y deciden levantar allí una nueva ciudad. Eneas sacrifica un toro a los dioses y arranca unos brotes tiernos de mirto para cubrir las piedras del altar. Del mirto brotan unas gotas de sangre negra. Eneas se sobresalta. "Un frío temor me penetra / todos los miembros y helada se cuaja mi sangre de miedo". Oye el lamento de un muerto: "No toques / a un sepultado ni ensucies tus piadosas manos". El muerto transformado en mirto resulta ser Polidoro, troyano enviado a Tracia por el rey Príamo al iniciarse la guerra, a fin de proteger el tesoro de la ciudad. Lo acogió el rey tracio, que no pudo, sin embargo, resistir la atracción del oro y lo asesinó para robarle. Eneas y sus compañeros interpretan que este lugar trágico es poco recomendable. Y deciden marcharse no sin antes celebrar las exequias del infortunado Polidoro. Recubren de nueva tierra su tumba y ornamentan un altar "con negro ciprés y cintas oscuras". Celebrado el funeral, garantizado el reposo del difunto, abandonan rápidamente la costa Tracia. Siempre abandonamos a los muertos muy deprisa.

2. Siglos más tarde, entre los años de la guerra civil y el exilio, Luis Cernuda describe un anónimo cementerio urbano. Un trozo de tierra desnuda, sin árboles ni hierba. Algunos viejos silenciosos sentados en los bancos. Casas de fachadas grises pegadas al cementerio. Niños que juegan, trenes que pasan. Humo de fábrica, polvo gris, voces que llegan de una taberna. La ropa tendida de las casas se confunde con las losas. En este poema desolado, Cernuda impugna el tópico más cálido que existe sobre la muerte (y que la celebrada novela El mar de John Banville ha abrillantado). Afirma este tópico que los muertos no están propiamente muertos mientras permanecen en el recuerdo de algún vivo. Para Cernuda, en cambio, los muertos de este cementerio parecen no tener ni siquiera amigos que puedan olvidarlos. Aquí no hay "ni una hoja, ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra". Aquí abunda el "dolor sin olvido", insiste. "Aquí no existe el sueño silencioso / de la muerte" puesto que "todavía la vida / se agita entre estas tumbas" a la manera de la prostituta que prosigue su negocio bajo la noche inmóvil.

3. Ya les hablé una vez del romano Cimitero degli stranieri,vecino de la menuda pirámide Cestia, que asoma, más sucia que blanca, por encima del muro. En el espacio principal, las tumbas se apretujan ordenadamente, flanqueadas por los cipreses, cubiertas de discretos mármoles, ocupando una suave ladera. Aquí reposan los extranjeros de religión no católica, que vivían o visitaban Roma. Abundan los apellidos nórdicos y eslavos. Eran artistas, diplomáticos, comerciantes, turistas. También algunos poetas descansan aquí de sus voraces tráfagos vitales. Alimentan en el visitante la serpiente del recuerdo.Así el romántico Shelley, que desapareció a los 30 años durante una tormenta y su cuerpo fue devuelto por las olas. Oel contemporáneo Dario Bellezza, volcánico y vulnerable poeta homosexual que murió de sida. Previsor, Gregory Corso, escritor de la beat generation,tuvo tiempo de escribir, antes de ser enterrado, un homenaje a un vecino de sepultura: "Cogí un manuscrito de Shelley". Acentúan el clima literario del lugar las tumbas del hijo de Goethe y la del nieto de Wordsworth. Las cenizas más visitadas no son las de los poetas, sin embargo, sino las del pensador Antonio Gramsci, defensor del optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la razón. Sobre su lápida nunca faltan las flores rojas.

En un espacio adyacente, junto a la pirámide, se extiende un pequeño y agradable prado. Ocultas entre la hierba, unas pocas lápidas, colocadas como por descuido o negligencia. Lápidas antiguas, con las inscripciones borrosas. Aquí y allá, pinos, gatos, cipreses, rosas. Trinan los pájaros. Apenas se escucha el enojoso fragor de Roma, que la benefactora pirámide parece detener. Aquí está la tumba de cierto Young English Poet.En lugar del nombre del muerto, un epitafio en inglés, a modo de acertijo: "Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua". John Keats murió en Roma, a los 25 años, de tuberculosis, después de RAÚL pasar unos meses en una habitación de Piazza Spagna. Joseph Severn (que reposa, por cierto, bajo la losa vecina) antes de cerrar el ataúd, colocó junto al cadáver del amigo, las cartas y un mechón de cabellos de Fanny Brawne.

Cerca de la tumba del poeta, un banco de piedra. Normalmente vacío, aunque a veces lo ocupa una chica melancólica o un anciano con sombrero. Descansan con un libro en el regazo. Sorben el silencio de la hiedra, la calma del laurel. Keats escribió versos felices y febriles, perfumados de vez en cuando con una muy leve ironía. En uno de ellos explica que la voz de los grandes poetas se parece al rumor que tejen los pájaros y las hojas en el momento del crepúsculo.

Al enterarse Shelley de que el joven Keats había muerto, quiso reivindicarlo en Adonais,un libro de versos grandilocuentes, aunque inspirados. Describe el lugar que también para él será el último: "Es un espacio abierto entre las ruinas, / y en invierno lo cubren violetas y margaritas. / Podría hacer que uno se enamorara de la muerte / al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato".