Para que no falte de nada en esta campaña, el president del Barça, Joan Laporta, entra en la escena política de forma innecesaria, llamado a filas por Artur Mas. Lo convoca para un desayuno en Rambla Catalunya donde se toman, de forma preparadamente informal, unos bocadillos, un cruasán, café y zumo de naranja. El acto matinero, y también mitinero, dejó desconcertado al equipo de José Montilla que, en lugar de entrar a saco con la utilización política de un club que es de todos, corre por el Camp Nou para organizar otro desayuno, también con naranja y cruasán, esta vez presionado, pero con mantel y cubiertos. Pero aunque la mesa esté mejor puesta, quien da primero, da dos veces, dicen los filósofos. Pues eso: que Mas ha demostrado que es habilidoso y que Montilla, sin saber reaccionar con contundencia, se ha bajado los pantalones. Los dos políticos han demostrado que Laporta se cree que es el pope de una religión llamada Barça y que sus feligreses son capaces de cambiar el voto según sus designios.Se desenmascara el gran secreto: Laporta nunca fue seducido por ERC, sino por los convergentes.

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