Nuestro futuro está en nuestros orígenes, de Adolfo Suárez Illana en El Mundo
Señor presidente del Gobierno: una vez más, utilizo las páginas de este periódico para dirigirme a usted con todo mi respeto.Permítame que empiece, en esta ocasión, trasladándole una curiosa anécdota.
Cuenta la tradición cristiana que el padre prior de una orden misionera se hallaba muy preocupado por la crisis en la que se encontraba sumida su congregación después de muchos siglos de esplendor. Un buen día, agotado de buscar soluciones que no encontraba, decidió encaminar sus pasos hacia Roma con la esperanza de hallar la luz en el Santo Padre.
No fue larga la entrevista, pero halló la luz. Tras los iniciales saludos de rigor y una breve, pero emotiva exposición por parte del religioso, Su Santidad se limitó a decirle: «Busque en los orígenes fundacionales de su Orden y manténgala fiel a los mismos; ahí, y sólo ahí, encontrará la solución.»
Hoy me viene a la cabeza esta anécdota ante la convulsa situación que vivimos. Cada día se nos proponen nuevos cambios, pero no se nos ofrece un rumbo. No sé si es porque no se tiene o porque no se quiere confesar. En esta situación, cobra todo su sentido ese antiguo consejo papal. Por ello, le propongo volver la vista a nuestros orígenes fundacionales y, a su través, intentar llevar un poco de luz a los problemas con los que hoy nos enfrentamos.Esos orígenes fundacionales, en nuestro caso, no son otros que el espíritu de la Transición y la Constitución de 1978 en la que quedó fielmente reflejado.
El punto principal de partida fue la necesidad de un pueblo de abrirse a la libertad, a la concordia y al progreso tras cuarenta años de dictadura y división en un país que no acababa de superar las viejas heridas. Nunca antes en nuestra Historia una clase política al completo había entendido mejor la necesidad de sus conciudadanos. Nunca antes en nuestra Historia un Rey había entendido mejor el deseo de su pueblo.
Fueron capaces de olvidar sus particulares intereses, no sus ideologías. Dieron por superados viejos odios del pasado y encararon con valentía y desprendimiento los retos del futuro. Discreparon, pero no lo suficiente como para ser incapaces de encontrar juntos las bases de un sólido y próspero Estado social y democrático de Derecho bajo la forma de una moderna Monarquía parlamentaria.
Con todo esto en la cabeza, comprenderá usted que no hayan dejado de sorprenderme sus constantes referencias de admiración hacia la II República y las graves consecuencias que estas pueden acarrear.Es por ello que vengo tratando de estudiar un poco más aquel periodo de nuestra Historia cada vez que tengo ocasión, en busca de posibles justificaciones a su actitud. Creo que es indispensable ser capaz de escuchar al adversario e intentar buscar con serenidad su punto de razón.
Cuando uno empieza a estudiar la Historia de la II República, no tarda en sorprenderse, especialmente ante los primeros actos del Gobierno provisional de lo que, se suponía, iba a ser un régimen de libertades.
El día 17 de abril de 1931, es decir, tres días después de la proclamación, Niceto Alcalá-Zamora -presidente del autoproclamado, no elegido, Gobierno provisional- envía a La Gaceta -el B.O.E.de entonces- dos disposiciones que, llenas de palabras como libertad y justicia, enmascaran una tercera norma: el famoso Estatuto Jurídico, donde se plasmaba de forma clara y contundente la concepción absolutista del poder del nuevo Gobierno y que no tardaría en usar.
El día 10 de mayo, esto es, menos de un mes después de instaurarse de hecho el nuevo régimen, el Gobierno provisional incauta el diario ABC y al día siguiente hace lo propio con El Debate. Otros muchos les seguirían después. Siempre con ausencia de la más mínima garantía o fundamento jurídico. Ese mismo día, lunes 11 de mayo de 1931, se reúne de urgencia el Gobierno provisional para debatir los sucesos que están asolando las calles de varias ciudades españolas, con la quema de conventos e iglesias incluidos.El acuerdo alcanzado por el Gobierno es sorprendente: no hacer nada. Contra el criterio de Maura, ministro de Gobernación, se impone la tesis de Azaña resumida en una famosa frase: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano».Sin embargo, esa misma tarde y ante la gravedad de los hechos, se hace necesario declarar el estado de guerra en Madrid. Luego siguieron Alicante, Málaga, Sevilla, Cádiz, Murcia, Córdoba y Badajoz. Desde aquel día y hasta su fin, la II República se vio preñada de desolación y muerte. Curioso remanso de paz y libertad este de la II República, reinado por el caos y la violencia de principio a fin.
En cualquier caso, no quiero detenerme hoy en la cuestión de la violencia durante la II República, sino en el tema de las libertades y el arrinconamiento de la oposición.
Como decíamos más arriba, en menos de un mes se suspende la publicación de los dos principales periódicos de la derecha sin fundamento jurídico alguno. Se trataba de una medida política de presión sobre los opositores, a quienes se despreciaba profundamente.Uno de ellos, El Debate, en el día de su retorno, nos ofrecía un editorial de rigurosa actualidad. En él, como acertadamente nos recuerda en su magistral libro Justino Sinova, se decía que «si el Gobierno intentase apartar a la derecha de toda intervención en la preparación del nuevo Estado» estaría cometiendo «una política de exterminio político y expulsión de la vida nacional» de «toda una gran masa de ciudadanos». Acababa diciendo que «excluir de la vida común a clases por entero no es obra de políticos constructivos. Aquel apartamiento crea una situación de discordia intestina, de violencia permanente; y lo violento no es durable.Un régimen no puede vivir sobre una nación escindida en dos fracciones».Señor presidente, ¿no le hace esto reflexionar un poco?
Nunca me ha sorprendido que alguien pueda sentir pasión por la república como forma de gobierno y ejemplos hay de excelentes países que se rigen por ese sistema. Lo que sí me llama la atención, por no decir que me parece increíble, es que alguien se declare admirador del caos que representó nuestra II República. Especialmente hoy y en España.
Con la Transición, los españoles nos dotamos de un sistema de libertades y una organización política acordada por todos con las lógicas discrepancias. Aquel momento supuso -o al menos eso creíamos muchos de los que la vivimos- el punto final a una larga historia de desencuentros presididos por la permanente voluntad que «unos» tenían de imponerse sobre los «otros». También supuso el inicio de un periodo de libertad, progreso y bienestar asentado en la renuncia a la imposición partidista en las cuestiones fundamentales, que debían ser objeto de acuerdo entre las grandes fuerzas. Quedaba, en todo caso, un gran margen para la batalla política.
Cierto es, señor presidente, que no es usted el único culpable de todos los males que afectan a nuestra democracia. Llevamos muchos años aceptando entre todos la descalificación personal del adversario como arma política; es más, hoy esa descalificación es práctica habitual y centro del debate electoral en lugar de ocuparlo las ideas, y puedo dar buena fe de ello. Esto, con ser grave, pues acaba excluyendo de la vida pública a personas valiosas que en otro caso estarían dispuestas a participar en ella por un tiempo determinado, como ocurrió durante la Transición, se ha visto desbordado ampliamente por su plan de exclusión y marginación, a todos los niveles, de una de las mayores partes de la sociedad española y que está representada por el PP y sus dirigentes.
Todos los partidos tienen un programa de máximos, pero ninguno puede pretender imponer esos máximos a los demás. Esa es una de las grandes enseñanzas de nuestra convulsa Historia constitucional y de la que ya le hablé hace algún tiempo desde estas mismas páginas, con muy poco éxito por lo visto. El secreto de la convivencia está en la mutua renuncia a nuestras exigencias máximas, hasta hacer nuestros programas compatibles dentro de un marco de respeto a la discrepancia. Como decía el editorial de El Debate antes citado, «Obra sana y prudente política es encuadrar, dentro de la legalidad constituida, el mayor número posible de ciudadanos; y tanto más sólido y prestigioso es un régimen, cuanto sea en mayor grado el fruto, la expresión de una ley hecha por todos y para todos». Difícilmente se puede resumir mejor lo que 45 años después sería la Transición.
Y aquí, señor presidente, volvemos al tema de los orígenes. Hay reglas que no se deben violar y especialmente una: las leyes y políticas esenciales del país deben estar consensuadas entre los grandes partidos nacionales. Aunque la matemática parlamentaria le permita a cualquiera de ellos otra cosa. Si no hay consenso, no se tocan. Algo tan simple como eso, permite la alternancia pacífica en el uso del poder sin que cada cambio de Gobierno suponga un trauma nacional. ¿Es una limitación? Cierto. Pero a cambio se obtienen largos periodos de progreso, bienestar y paz como el que hemos vivido desde 1978.
Creo, señor presidente, que tengo toda la legitimidad del mundo para pedirle que asuma sus tareas de Gobierno con la misma generosidad, desprendimiento y altura de miras con la que se gobernó en aquellos años. Nadie mejor que yo sabe lo mucho que le estoy pidiendo.Recuerdo vivamente la falta de colaboración de la oposición en muchos temas; las luchas intestinas dentro del propio partido; los insultos, la descalificación personal y la incomprensión generalizada durante mucho tiempo. Pero permítame también recordarle el inmenso caudal de frutos que todo aquel esfuerzo supuso y que hoy seguimos disfrutando.
No puede seguir con la exclusión del PP y la división de la sociedad.Si la ciudadanía de hace 30 años elevaba hasta la clase política sus ansias de libertad y progreso, la de hoy le exige unidad frente ciertos asuntos: la lucha contra ETA dentro del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Un pacto por la Justicia que le devuelva la confianza de los ciudadanos y la dote de los medios modernos que necesita; incluido un sistema de gobierno independiente de los partidos y que evite las veleidades de personajes que buscan la notoriedad a través de los casos que manejan. Una política exterior acorde con nuestra posición en el conjunto de naciones que incluya un cuadro serio de alianzas a largo plazo.Un sistema de Educación para el conjunto del país que acabe con la locura a la que estamos llegando. Un Plan Hidrológico que garantice el suministro de agua a todos y el mantenimiento del medio ambiente. Y, cómo no, la modificación de las leyes electorales para que cada uno obtenga el peso real que tiene en el conjunto del país y acaben los auténticos chantajes a que se ven sometidos los partidos de ámbito nacional para formar gobiernos. Esto último debería ir acompañado de una reforma del Senado que le convirtiera en una verdadera cámara de representación territorial.
Insisto, señor Presidente, no es usted el único culpable; pero hoy, es usted el responsable y de su altura de hoy, depende el futuro de todos. Si vuelve la cara hacia nuestros verdaderos orígenes -el consenso y la Constitución de 1978, no la división de la República de 1931-, quizá encuentre una fuente inagotable de soluciones y, quizá, sólo quizá, el apoyo de muchos.
Una vez más, reciba un cordial saludo y mis mejores deseos.
Adolfo Suárez Illana fue candidato del PP a la Presidencia de Castilla-La Mancha.
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