El 1 de noviembre en unas elecciones trascendentales nos jugamos dos maneras antagónicas de entender el mundo. Son tiempos cruciales para España y Catalunya, luego de haber conseguido en pocos años un nivel de vida europeo, liberalizar nuestras costumbres y descentralizar el Estado hasta límites que ya los querrían muchos de nuestros congéneres en Europa. Además de consolidar un Estado laico, asignatura pendiente de la transición. Frente a una sociedad libre, abierta, laica e igualitaria potenciada por el tándem Zapatero-Maragall, se opone un nacionalismo conservador y confesional, temeroso y desconfiado, que defiende intereses exclusivos de pueblo y de clase, liderado por un tigre de papel que tuvo su momento de gloria traicionando a Catalunya por intereses partidistas. Se trata pues de avanzar hacia el futuro con las incertezas y hasta tropiezos que puedan producirse, o volver al pasado que luego de tantos años de poder ya nos conocemos todos.
La disyuntiva está muy clara: izquierda, o derecha disfrazada de nacionalismo catalán. Y sólo el triunfo del PSC sobre CiU puede dar la victoria a la izquierda. Si no, volveremos a tener instalados en el Palau de la Generalitat a la derecha nacionalista en cualquiera de sus variantes, ya sea gobernando en solitario con el soporte del PP - "pese al notario", los populares siempre votarán su investidura- o aliada con el nacionalismo radical - el peor de los escenarios al ahogar a Catalunya en un nacionalismo identitario que provocaría en España un rechazo frontal de nefastas consecuencias económicas-. O Madrid presionando la sociovergencia - solución favorita del capital y de muchos catalanes- que llevaría a un cambio de alianzas en el gobierno Zapatero por el apoyo de la derecha nacionalista, igual que en tiempos de Felipe González. En definitiva, un giro considerable hacia la derecha del gobierno de España. Mientras que un triunfo de la izquierda en Catalunya inclinaría al gobierno central a mantener su alianza con Izquierda Unida, y sus compromisos progresistas.
Si bien un Piqué sin esperanzas declara que votarle en Catalunya ayudaría a que los populares ganen las próximas elecciones generales en España, el portavoz y vocero de la derecha, P. J. Ramírez, admite que Artur Mas es su candidato para estas elecciones. No en vano hubo en el 2003 en Doñana, entonces bajo la égida del inefable J. M. Aznar, una reunión secreta entre el nuevo líder de la derecha catalana, A. Mas, con su homólogo de la derecha española, y en aquel tiempo ministro, Rajoy, para que los convergentes fueran sus representantes en Catalunya - al igual que la Unión del Pueblo Navarro en España, o los democristianos bávaros en Alemania- retirándose los populares catalanes como fuerza electoral en Catalunya: verde y con asas.
Las encuestas dan vencedor en las elecciones a la derecha nacionalista con un resultado más o menos ajustado dependiendo de la abstención que se presume elevada. Ano ser que reaccionen los barrios periféricos de Barcelona con un voto útil y necesario al PSC para dar continuidad a los programas sociales del primer gobierno de izquierdas desde la República. También sube la Izquierda con mayúsculas - ICV-, el mejor socio del tripartito que ha cumplido su programa con rigor y sin dobleces, pensando más en el país que en su propio partido. Aunque puede darse la paradoja de que el propio Saura prefiera menos escaños y participar en el gobierno, que más votos y volver a la oposición.
El presidente Maragall puede retirarse satisfecho. Soñó una nueva vertebración de España, y consiguió que el PSOE adoptara su idea de la España plural, cuyo primer fruto ha sido un buen Estatut para Catalunya, que se irá propagando al resto de comunidades autónomas. Y ha dado las pautas a una política social que ahora continuará su sucesor, el nuevo candidato de la izquierda: José Montilla. Formado en el PSC, no es un encantador de serpientes como lo fue Felipe González en su día, sino un fajador escueto como buen cordobés que llevará a buen fin el programa de Maragall. Ha hecho de la política social el eje de su campaña, situando los problemas de las personas en el centro de la política, la economía y el derecho, incluyendo las cuestiones tecnológicas y ecológicas. Al tiempo, lanza un llamamiento a fin de mantener y hasta defender incluso con beligerancia los valores básicos de una sociedad progresista: la laicidad de las instituciones y la igualdad de la mujer. Por fin, tras más de veinticinco años de democracia, un emigrante de Iznájar, pueblo cordobés de tradición revolucionaria, puede acceder a la presidencia de la Generalitat: una lección para Europa.
Todo ello me lleva a recordar aquellos versos del poeta Gil de Biedma que leíamos con entusiasmo en aquellos años del franquismo : "… sean ellos sin más preparación / que su instinto de vida / más fuertes al final que el patrón que les paga / y que el saltataulells que les desprecia: / que la ciudad les pertenezca un día…".

Escribe un comentario