LOS DÍAS VENCIDOS
Inventores del miedo
El miedo es libre. Cualquiera puede elegir el miedo que más le motiva. Pero el miedo es una sensación enormemente poderosa. Si me apuran, el miedo es mucho más fuerte que el amor. Leo por las paredes que hay gente que dice querer mucho a su país. Pero es la misma gente que nos mete el miedo en el cuerpo advirtiendo que se va a producir una fractura social. Te quiero tanto que deberías tener miedo de los que no sean como yo. También leo por las paredes que el metro funcionará todos los sábados y toda la noche. Entre los grandes y sublimes sentimientos para con la patria y la intendencia de la noche urbana debe haber algo que lejanamente recuerde a aquello que antes se llamaba ideología.
Pero ¿para qué enredarnos en decir lo que somos? La cosa está entre dos documentos, entre los partidarios de recordarnos a cada elección los decretos de Nueva Planta y los partidarios de la T-10. Entre los que se creen albaceas del país y los que simplemente desean que funcione un poco mejor. Entre los inventores del miedo y los pastores de la calma. Porque el miedo, al menos en este lugar que nos ha tocado en suerte para vivir, es un invento. Estamos molestos porque nos pierden las maletas cuando volvemos del Caribe, porque una obra pública nos quita el sol, porque vamos a tener que pagar una tasa para buscar setas, porque han llegado unos extranjeros que hacen el trabajo que nosotros rechazamos, porque hace semanas que no funciona el ADSL, porque en la televisión pública se dicen palabras malsonantes. Eso es el Estado del bienestar. Un país que no es el de las maravillas, pero en el que la gente se entiende, se respeta y sabe tomarse las cosas con la ironía de quien sabe que vive mejor que sus padres y sus abuelos.
Pero hay candidatos que eso no quieren ni saberlo. Hay candidatos que nunca han tenido que emigrar y que aspiran a conservar los privilegios de siglos. El propietario de la finca siempre piensa que los que aspiran a mandar son unos usurpadores y unos interinos. Ese es su miedo. Lo traducen a miedo colectivo y nos advierten de la fractura social.
Ridiculizan para vencer. Y el apocalipsis nos va a pillar en el último metro de la madrugada.
Tiempo de corregir
Una hora repetida, la de ayer. ¿Qué sucedió entre las dos y las tres? ¿Cuánta gente murió entre las dos y las tres? ¿Cuántos polvos acabaron mal entre las dos y las tres? ¿Cuántas palabras hirientes, cuántas lágrimas vertidas, cuántos portazos de ira entre 02.00 y 03.00? ¿Cuántas demasiadas copas, cuántos puntos del carnet perdidos, cuántos ingresos en urgencias, cuántos versos escritos entre las dos y las tres? ¿Cuántos buenos propósitos, cuántas armas amartilladas, cuántas llamadas de teléfono sin respuesta entre las dos y las tres? En esa hora repetida, ¿cuántas posibilidades de volver a empezar se utilizaron? Una vez al año el Estado nos da 60 minutos de marcha atrás. Dicen que es por la luz. ¿Cuánta gente dejó las tinieblas y lo vio todo más claro?
Supervivencia
La casa está sangrando. Fue una mancha de humedad en el techo. Ahora ya es una gotera regular. Un cubo recoge el agua. Antes se llenaba en una mañana. Ahora hay que vaciarlo cada dos horas. Soy un náufrago urbano, pero vivo. Mi vecino de arriba ya debe haberse ahogado en su propio escape.

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