DESCONCERTADO por no hallar explicación a un gesto tan manifiestamente hostil, el Gobierno se agarra como a un clavo ardiendo a la vaga teoría de los incontrolados para justificar el robo de las pistolas en Francia. Se esperaba un comunicado favorable, una respuesta benévola a los guiños y piruetas del Estado ante las exigencias del terrorismo, una compensación que diera oxígeno al presidente tras pasar por el trágala de Estrasburgo, y en vez de eso, justo en vísperas del sainete de la Eurocámara, resulta que lo que llega es un explícito y brutal aprovisionamiento masivo de las armas que se supone están a punto de ser depuestas. En vez de propiciar la distensión, ETA estira al límite la cuerda del «proceso» ante un Gobierno perplejo que, sin embargo, persiste en humillarse con la insólita declaración de Zapatero sobre De Juana Chaos, avalando moralmente al más terco de los matarifes de la banda.
Pero la monserga de los incontrolados tampoco resulta en absoluto tranquilizadora. Primero porque es difícil de creer, y segundo, y sobre todo, porque aunque fuese cierta sólo empeoraría las cosas. Significaría lo siguiente: que el Gobierno ha cedido en casi todo lo que podía ceder, que está negociando un precio político, que ha aflojado la presión policial, que ha ablandado a los fiscales, que ha ofendido a las víctimas, que ha roto el Pacto Antiterrorista, que parece dispuesto a abrir la puerta a la autodeterminación o a la cosoberanía, que ha hecho la vista gorda a la kale borroka, que ha cabreado a la mitad o más de los ciudadanos, que ha pedido ayuda a Europa, que ha negociado con Ternera, que ha puesto al Estado de rodillas para... ¡tratar de llegar a un acuerdo con media ETA! ¿Y la otra media? Ah, se siente, ésa está incontrolada.
Pues menuda tranquilidad. Y menudo negocio. O sea, que vamos a rendirnos, a poner patas arriba la estructura territorial y a pagar un precio moralmente inaceptable para ver si a cambio los señores terroristas tienen a bien perdonarnos la vida, y encima nadie se compromete al otro lado a respetar su parte del abusivo contrato. Hombre, pues no. Lo menos que se puede exigir es que una banda que presume de estar organizada militarmente se haga responsable de su solda-desca. Porque las nucas amenazadas por esas pistolas no entienden de matices de obediencia.
En resumen, que si ha sido la ETA propiamente dicha, malo, y si han sido disidentes de su estrategia, peor. En uno u otro caso, ahora hay aún menos garantías que antes de que toda esta gratuita e irresponsable deriva conduzca a algún sitio razonable. Con el agravante de que, además, da la impresión de que la eficacia policial ha descendido considerablemente. En algún lugar próximo a la frontera, trescientas flamantes pistolas escondidas denuncian que lo que de verdad está fuera de control es ese «proceso» que Zapatero ha abierto sin calcular sus fuerzas.

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