El sector fundacional crece a un ritmo imparable, pero a la hora de obtener información sobre las fundaciones, lo único que se encuentra es su nombre en los registros. El resto de cuestiones queda sin respuesta, hasta el punto de que más de la mitad de estas organizaciones son invisibles.

Hace cinco años, en España había 7.150 fundaciones registradas, pero a la hora de obtener información, fue imposible encontrar rastro alguno de 4.660 de ellas: no estaban en el domicilio en el que se registraron y sus nombres no aparecieron ni en buscadores de páginas web ni en las guías telefónicas. Ésta fue la primera realidad con la que se encontraron los autores del Proyecto Fonce (promovido por la Fundación ONCE y la Asociación Española de Fundaciones) cuando comenzaron a recopilar información para conocer las características del sector fundacional.

¿Cómo es posible que desaparezcan más de 4.600 fundaciones? Sólo recurriendo a la magia se podría explicar que el 65% de ellas sea invisibles. Pero la verdera explicación es menos fascinante: “El sector fundacional está sometido a controles de un rigor sólo comparable al de las entidades financieras, por lo que no es extraño que las fundaciones de menor tamaño intenten mantener un perfil lo más discreto posible. Además, en las fundaciones existe un elevado grado de voluntarismo (sólo el 30% tiene empleados remunerados), más acusado en las de carácter familiar, en las que el personal se reduce, con frecuencia, a una o dos personas”, indica Enrique Viaña, catedrático de economía aplicada de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Y aunque parezca que la invisibilidad es una característica del sector fundacional español, una reunión europea celebrada el pasado mes de agosto en Vigo puso de relieve que lo mismo sucede en otros países, y que ese 65% no es excesivamente elevado, lo que no implica que no haya que disminuir esta cifra para que el sector fundacional se conozca mejor a sí mismo.

Aires nuevos

Tampoco hay que infravalorar el impacto de las fundaciones sobre la economía española. De los datos recabados para el Proyecto Fonce, de las 2.490 fundaciones visibles (de las que se consiguió información) se deduce que concentran el 0,6% del empleo y que contribuyen al PIB con un 0,3% (1.697 millones de euros en 2001, año en el que se recopiló la información).
Para Enrique Viaña este balance no es positivo, puesto que “la productividad media del trabajo en las fundaciones es el 60% de la productividad media en la economía española. Por tanto, hay bastante eficiencia que ganar en el sector mediante su modernización”, subrayó durante su intervención en la II Conferencia General de la Asociación Española de Fundaciones, que ha tenido lugar en Madrid.

Un paso para la modernización es reducir la dependencia del sector público: más de la mitad de los ingresios declarados por las fundaciones (52,5%) proceceden de las Administraciones públicas (21%), de las subvenciones públicas (18%) y de la venta de servicios al sector público (6%).

Carlos Paramés, secretario general de la Asociación Española de Fundaciones, destacó la creciente conciencia cívica que existe en torno a estas organizaciones, lo que no le impidió recordar algunas exigencias que necesitan para amoldarse al futuro, como son: adaptación al cambio; capacidad innovadora (deberán descubrir y hacer frente a problemas que se manifiestan en la sociedad); profesionalidad de la gestión; trabajo en red y adaptación a un mundo globalizado, en el que “tienen la misión y la oportunidad histórica de contribuir a la creación de un espacio transnacional para la sociedad civil”. Además, deberán someterse a evaluaciones exigentes y estarán obligadas a rendir cuentas de sus acciones.

Paramés no ocultó su optimismo de que el sector fundacional será capaz de acomodarse a los nuevos escenarios, y confesó: “No concibo un futuro en el que las fundaciones desaparezcan”.

Para los altos, para los bajos, para los viejos...
En España hay más de 9.000 fundaciones inscritas, y su ritmo de crecimiento se ha duplicado en tan solo 15 años: en la primera mitad de 1990 se creaban al año entre 150 y 200 fundaciones; en 2005 se superaron las 400. Es difícil que alguien no encuentre una fundación que responda a sus inquietudes, por insospechada que sea, como son las de: visitas a niños hospitalizados, para la conciliación de la vida laboral y familiar; la atención a personas tartamudas; la promoción de la lutheria (violín, viola y violón); la mejora de la movilidad en la Villa de Madrid; para el estímulo del pensamiento filosófico, artístico y tradicional o la del jamón serrano.

Al margen de estos singulares ejemplos, Carlos Paramés, indica que la asistencia social, la educación y la investigación y la cultura concentran la mayoría de las iniciativas, aunque las fundaciones dedicadas a la cooperación al desarrollo están proliferando.

Los nuevos mecenas

La imagen de Bill Gates y su esposa Melinda es la que primero viene a la mente al hablar de los nuevos mecenas. La capacidad de gestión demostrada por el fundador de Microsoft ha atraído al multimillonario Warren Buffet, que el pasado mes de junio anunció su compromiso de donar 37.000 millones de dólares de su fortuna, que asciende a 44.000 millones, a la Fundación Gates. Buffet se sintió identificado con los objetivos de los Gates: la erradicación de la enfermedad y la pobreza en los países en vías de desarrollo. Con su apuesta, el multimillonario norteamericano refrenda su afirmación de que “el sistema del mercado no ha funcionado para los pobres”.

En España también se encuentran ejemplos de nuevos filántropos. Uno de ellos saltó a la fama este mismo año, en Gijón. Un vecino de la ciudad, Luis Evaristo Bango, murió a la edad de 86 años. De él se sabía que era un hombre adinerado y austero, que había legado toda su fortuna a la Asociación Gijonesa de la Caridad. Lo que pocos conocían era que su fortuna superaba los 30 millones de euros. El interés último de Luis Evaristo Bango, un hijo de emigrantes que hicieron dinero en Cuba, era la construcción de una residencia para mayores.

Este verano la prensa se hizo eco del legado del catalán Joan Riera, un vecino de la comarca de La Selva, en Gerona, que murió en 1997, dejando todos sus bienes a la Generalitat. Después de nueve años de gestiones, se ha valorado la fortuna de Riera en 33 millones de euros, dotación con la que se ha puesto en marcha la Fundación Catalana para la Enseñanza del Idioma Inglés, ya que Riera estaba convencido de que no llegó a ser el gran empresario que soñaba por no dominar el inglés. Los beneficiarios son jóvenes de La Selva.

¿Qué es lo que motiva a los filántropos españoles? La investigación ‘La realidad de las fundaciones en España’, auspiciada por la Fundación Botín, revela que estos mecenas tienen un raro pudor a la hora de revelar sus motivaciones. Con todo, sí se pueden establecer una serie creencias comunes: los problemas de la sociedad pueden paliarse aún con medios limitados; existe un deseo de participar en la vida pública por cauces distintos de los partidos políticos tradicionales y de las ONG; creen que la sociedad civil puede y debe asumir responsabilidad y no puede confiarlo todo a unos Estados que han probado su incapacidad para satisfacer las demandas sociales.