Casi al final de su libro sobre Borges -1.500 páginas de apuntes extraídos de sus diarios, del año 49 al 89- Bioy cuenta que en una librería de viejo se encuentra con un bibliófilo que le dice: «Tengo un documento que le va a interesar. Una carta de su padre a Oliverio Girondo preguntándole qué tal es un muchacho Borges que está corrompiendo a su Adolfito».
Bioy confiesa que le molesta sorprender póstumamente a su padre en una acción que él no previó que su hijo llegaría a conocer, le desagrada encontrarlo cometiendo errores que la posteridad muestra como crasos pero que en su momento no eran tan evidentes.
Una sensación parecida a la que perjudicó a Bioy Casares ante la noticia de esa carta puede recorrer a los borgianos que se sumerjan en el Borges de Bioy Casares. No sólo por sus dichosas malevolencias, bien conocidas por todo el que se haya asomado a Borges, o por algunas estúpidas opiniones políticas -tema sobre el que los borgianos pasan de puntillas- o por otros comentarios de un racismo insólito en alguien de quien no se puede dudar que disfrutaba de una inteligencia privilegiada: también por algunas opiniones literarias que demuestran su cortedad, el afán de vender el alma por un chiste cruel, la inverosímil capacidad para perderse cosas importantes con la que parece disfrutar.
La excusa de Borges es evidente: no sabía que la posteridad lo estaba mirando y escuchaba sus cotilleos, a veces muy inteligentes y a veces de una necedad impublicable. Quien sale mal parado en este volumen escrito con prosa telegráfica que hay que leer de manera oblicua es el propio Bioy: su homenaje a Borges puede que nos enseñe lo que había tras la fachada de una de las obras fundamentales de la literatura del siglo XX, pero se equivoca al considerar que eso que hay tras esa fachada tiene la más mínima importancia.
Así que el libro le hace mal a Borges y le hace mal al propio Bioy. Al primero porque se transforma en un personaje antipático, con la pistola siempre cargada lo mismo para disparar contra un mosquito que contra un gigante al que ni siquiera se pondrá a leer pero a quien no tiene empacho en juzgar [a Nabokov, por ejemplo: Borges firmó un documento en el que los escritores argentinos protestaban por la censura que el libro padeció en la Argentina, pero a Bioy le dice que firmó esa protesta por complacer a Victoria Ocampo, a pesar de que está de acuerdo con la censura y considera que libros como Lolita, que ni ha leído ni piensa leer, son perjudiciales y deben prohibirse]. Al segundo porque se nos presenta como un cotilla vago -es a todas luces infundada la pretensión editorial de comparar este libro con la Vida de Samuel Jonson de Boswell-.
La impresión resultante, sin embargo, no afectará a los lectores ni de uno ni de otro si esos lectores toman la precaución de no comportarse con las obras de los dos escritores argentinos como ellos se comportan con las de los demás: recurriendo a meras anécdotas biográficas para juzgarlos, crucificando obras enteras por una línea o por un detalle insignificante, negándose a leer a algunos autores sólo por una insignificancia, haciendo trampas retóricas para juzgar literaturas enteras sin encontrar un argumento de más peso que el hecho, por ejemplo, de que «uno puede imaginarse» a los autores ingleses como «seres reales», cosa que no se puede hacer con los autores españoles, con excepción de Quevedo y Cervantes.
Según eso, la superioridad de la literatura inglesa sobre la española se basaría exclusivamente en el hecho de que la literatura inglesa posee mejores biografías de sus escritores que la española: a veces la búsqueda de ideas brillantes juega estas malas pasadas, y donde se pretendía proferir un argumento genial se acaba profiriendo una bobería. Pasa muy a menudo en este Borges de Bioy Casares.
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Para la Humanidad, a excepción de unos cuantos algunos españoles entre los que debo incluir al señor Bonilla, la superioridad de la literatura inglesa sobre la española es evidente. Esa superioridad no se advierte necesariamente, en cambio, respecto de la hispanoamericana del siglo XX (valga el propio Borges como ejemplo).
Quizá el señor Bonilla debería leer el libro de Boswell antes de apresurarse a negar comparaciones. Lamentablemente, como no está traducido todavía al español, sospecho que no podrá leerlo, ya que todo indicaría que don Bonilla ignora otros idiomas, como la mayoría de los españoles, que se empeñan en balbucear dialectos (catalán, gallego, vasco, etc.) antes que aprender idiomas como el inglés, el italiano, el francés o el alemán. Y, por cierto, se nutren de pésimas traducciones, como son casi todas las que fabrican en Madrid o Barcelona.
En cuanto a lo de infidente, recomiendo al señor Bonilla examine alguna Historia de la literatura, a ver si encuentra un capítulo dedicado al género biográfico, sus reglas y sus principales exponentes. Descubrirá entonces, si se toma ese incómodo esfuerzo, que la mayoría de las buenas biografías participan, en la medida de sus posibilidades, de ese carácter infidente. Me alegra pensar que, fuera de este caballero Bonilla existen inteligencias como las de Cervantes, los Argensola, Cernuda, Buñuel, Santiago Segura y tantos otros, que redimen a España de la imagen de chatura que el mundo entero suele tener de ella.