Vladimir Putin parece la reencarnación del Charles Maurice de Talleyrand-Périgord, el príncipe francés que se adaptó a todas las estaciones del poder, desde el antiguo régimen hasta el hundimiento de la restauración borbónica. Un caricaturista de la época retrató a Talleyrand como el príncipe con seis cabezas, tantas como regímenes políticos sobrevivió. Putin ha manifestado esta semana que cuando acabe su presente mandato en el año 2008 no cambiará la Constitución para poder ser reelegido, pero ha añadido, como si fuera una oferta que no se puede rechazar, que seguirá ejerciendo su influencia.

Talleyrand fue obispo en el antiguo régimen, revolucionario en 1789, activo durante el Directorio, ministro de Asuntos Exteriores con Napoleón, ministro moderado de Luis XVIII en el régimen restaurado y, finalmente, embajador en Londres de Luis Felipe, el rey ciudadano. Comparado con esta trayectoria, Pío Cabanillas, el ministro franquista que dijo "no sabemos quiénes, pero ganaremos", fue un aprendiz. Putin es otra cosa. Fue agente del KGB en el antiguo régimen; reformista con el primer alcalde electo de San Petersburgo, Anatoly Sobchak; jefe de los agentes secretos del FSB, la agencia de inteligencia sucesora del KGB; primer ministro de Boris Yeltsin en el nuevo régimen, y autócrata en una democracia que recuerda al más antiguo de los regímenes rusos.

La popularidad de Putin entre los rusos es alta. No hay sondeo o consulta electoral que se le resista. Pero, como le sucedió a Talleyrand, Putin provoca grandes divisiones entre los parroquianos. Para unos, es amoral y corrupto; para sus admiradores, tiene una mente fría y brillante que utiliza incansablemente en la defensa de los intereses de Rusia. Es precisamente por eso que Putin y Talleyrand coinciden por su enorme capacidad de ganarse enemigos, aunque, eso sí, como pirueta final, también tienen el don de convertir a los antiguos enemigos, una vez hecho otros, en amigos.

Las razones que explican la popularidad de Putin entre los rusos no son un misterio. Mijail Gorbachov, el dirigente soviético que quitó la primera piedra del antiguo régimen, y Boris Yeltsin, el dirigente poscomunista que puso la primera piedra del nuevo, fueron populares en Occidente, donde se aplaudió el derribo, pero impopulares en el interior, que fue quien pagó la factura. Putin es distinto: es popular en el interior, que aplaude su mano dura y la mejora económica, pero es impopular en Europa, que critica con sordina la autocracia, la presión sobre Georgia o la guerra de Chechenia, ya que continuará necesitando el petróleo y gas que Putin tiene por un tubo.

La democracia también aproxima a Putin y Talleyrand. El que fue obispo decía admirar a las instituciones inglesas y se declaraba partidario de la monarquía constitucional y de las libertades individuales. Pero no contaba con la democracia. De Putin puede decirse tres cuartos de lo mismo. Habla de democracia con el desparpajo del converso y no oculta su admiración por las instituciones occidentales, si se exceptúa a los alcaldes españoles. Pero Putin no ejerce de demócrata.

¿Dónde radica, pues, la posible grandeza de Putin? Talleyrand, después de interpretar todos los papeles, consiguió que Francia, derrotada en las guerras napoleónicas, tuviera un destacado papel en el concierto europeo. Putin, después de digerir la derrota en la guerra fría, aspira a colocar a los rusos entre los más grandes.