RESULTA difícil de entender que una banda terrorista que, como acaba de hacer ETA, roba miles de balas y cientos de pistolas, esté pensando en anunciar próximamente el abandono definitivo de las armas. Más bien parece todo lo contrario: que no son esos sus proyectos y que se equivocan, por lo tanto, quienes dan por supuesto que ya tiene decidido negociar sencillamente paz por presos o, lo que es lo mismo, el fin de la violencia terrorista a cambio de un trato generoso para quienes la han practicado con auténtica saña durante casi medio siglo.
De hecho, el radical abandono por parte del Gobierno de Rodríguez Zapatero de la política contra ETA que se derivaba del pacto antiterrorista firmado por el PSOE y el PP partía de la supuesta decisión de ETA de dejar las armas sin punto de retorno. Esa fue probablemente la razón por la que en el acuerdo adoptado por el Congreso en mayo del 2005 a impulso del Gobierno, el propio Gobierno no tuvo problema alguno en aceptar que la condición indispensable para iniciar cualquier negociación con los encapuchados era que aquéllos hubieran acreditado inequívocamente su decisión de acabar con la violencia.
Pero, para sorpresa de todos los convencidos de que en esta ocasión iría la vencida, las cosas fueron desarrollándose de una forma bastante diferente de la que el Gobierno había previsto. Primero pudo comprobarse que aquel célebre «alto el fuego permanente» no era más que otra de las treguas de la banda. Después, que los terroristas seguían enviando cartas de extorsión. Más tarde, que retornaba la violencia callejera, que ahora campa por sus fueros en los pueblos de Navarra y el País Vasco.
Aunque las malas señales eran evidentes, el Gobierno ha mantenido los contactos con la banda, amparándose en esa consigna ya vacía de que «el proceso» sería «largo, duro y complicado». El gravísimo asalto con secuestro de ETA en Francia no parece haber hecho variar los planes del Ejecutivo, que ha declarado que verificará en días sucesivos ¡cuál es la voluntad de los etarras! Es decir, cuál es la voluntad de quienes acaban de robar cientos de armas a punta de pistola y tras haber secuestrado a tres personas, dos niños entre ellas.
Ante tan sorprendente posición, la cuestión no es ya la de por qué hemos de compartir millones de españoles la confianza en la negociación de un presidente del Gobierno que parece, cada vez más, marchar a ciegas, sino la de por qué ese mismo presidente ha de confiar en las palabras de una banda terrorista que hace justamente lo contrario de lo que supuestamente promete a quien sea que hable en nombre de Rodríguez Zapatero.

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