EL MIRADOR
Alguien debería advertir a los ciudadanos - y a ello me dispongo- de que los efebos que, en los mítines, ven por televisión por detrás de los candidatos son todos los que están. O casi todos. Eso es, por mucho que se busque, difícilmente da uno con otros jóvenes que no sean esos que los partidos se obstinan en colocar, bien visibles, bien vistosos, detrás de sus líderes, como fondo de pantalla, sonrientes, apuestos. Ayer mismo, en Tarragona - donde actuaba nada más y nada menos que ZP-, la media de edad del auditorio no debía bajar de los cincuenta años.
Pero, en cambio, todo el protagonismo se lo llevaron los 136 ocupantes de la denominada "grada joven", la situada justo detrás del estrado para ser contemplada urbi et orbi y en la que, por arte de birlibirloque, nunca falta un ciudadano de color (negro, naturalmente).
Y que conste que si es necesario, como lo fue ayer, a la entrada de los mítines se invita al primer niño que accede al recinto a sentarse en la "grada joven" de marras, se le da una banderita y a menearla con más o menos garbo.
Lo de los menores en los mítines tiene su intríngulis, créanme. De los 136 ocupantes de la "grada joven" de ayer, este cronista contó una cuarentena con toda la pinta de tener menos de 15 años. No faltaban los niños de diez años, a lo sumo, arrancándose a aplaudir todo lo que dijeran Zapatero o Montilla sobre la guerra de Iraq, el trasvase del Ebro o la ley de personas dependientes. Con los padres encantados de la vida, supongo. Como aquel que lleva al crío a Menudas estrellas para que se cante unas coplillas al lado de María del Monte. Por un minuto de gloria prematura.
¿Pero realmente da votos que el electorado identifique a un candidato tan sólo con los jóvenes bien parecidos? Quizás los feos no estén demasiado de acuerdo con esto. Habría que ir pensando en montar algo así como una "grada fea". No sea que se malogren sus votos.

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