La partitocracia, sistema político en el que los representantes elegidos no escuchan a los electores, sino al partido y en el que las decisiones se toman por mandato imperativo de las cúpulas dirigentes (José Maranini, 1949) está acusando, en nuestro país, un auge inquietante para el futuro de la democracia.
En efecto, su desarrollo pone en peligro la división de poderes, el funcionamiento democrático de los partidos y abre el camino a un sistema político partidista que hace cada vez más difícil ejercer de ciudadano libremente.
Su florecimiento se debe al campo abonado que es, desde 1978, nuestro sistema político basado en listas cerradas y bloqueadas, la prima a los partidos más votados, la disciplina de voto en ayuntamientos, comunidades autónomas y Cortes, en una serie de leyes consensuadas por los partidos así como por el sometimiento del poder judicial a través del nombramiento de los magistrados. Si a esto añadimos la falta de democracia en el funcionamiento de los partidos no es de extrañar que los dos más votados monopolicen de forma partidista la política, haciendo abstracción de la opinión pública.
Aquí, hoy, los partidos no cumplen con las funciones que exige la democracia parlamentaria. No se realiza ni la de estructuración de la opinión, mediante la organización de la expresión y la transmisión de sus peticiones a los centros de decisión, ni la de reclutamiento para asegurar la selección y la renovación de los dirigentes políticos. Por el contrario, lo que se comprueba es una imposición desde arriba de unas decisiones basadas en análisis electoralistas para asegurar el mantenimiento de una clase política en el poder. Y eso se hace mediante el control y el enmarque de los militantes por parte de la cúpula de dirigentes. Su adopción se lleva a cabo gracias a la obediencia ciega de los responsables que aplican las consignas en los diferentes niveles (estatal, regional y local) de arriba abajo, sin consultar a la base y frecuentemente contra la opinión militante que sólo puede expresarse a posteriori. Al actuar así están pagando la canonjía que supone el ser incluido en las diferentes listas. Aquello de que «el que se mueve no sale en la foto» sigue en vigor. Lo que pasa es que actuando así los partidos no sólo no están ejerciendo las funciones que la democracia exige sino que entran abiertamente en la función inversa que es la propia de los regímenes autoritarios.
Esta práctica es tradicional en aquellos partidos llamados púdicamente de «notables» que se caracterizan por tener pocos militantes y muchos intereses que defender. Para ellos el electoralismo es un fin en sí: utilizar el poder para conservar dichos intereses. Sin embargo, es menos corriente en aquellos que tienen una base popular importante. Para estos ganar elecciones no es un fin sino un medio para intentar realizar un proyecto de cambio que responda a las necesidades que su base electoral le ha transmitido.
Por eso es muy decepcionante que un partido como el PSOE, con su deriva autoritaria, siga provocando el desencanto en su militancia y en sus simpatizantes, que vieron con ilusión la posibilidad, con su retorno al poder, de que volviera a su tradición de democracia interna. El lanzarse de lleno por la vía de la partitocracia no es ni socialista ni democrático. Esta actitud sólo puede llevar a un debilitamiento creciente del PSOE frente a la opinión pública y por ende de la democracia. ¿Cómo confiar en que un partido asegure la democracia en el país si no la practica en su organización?
Ante la ausencia de un proyecto político como meta a alcanzar, el Gobierno socialista se limita a navegar, evitando los escollos diarios pero no para llegar a un puerto determinado, sino para seguir navegando sin rumbo fijo. Para este viaje sólo hace falta un piloto, único conocedor del plan de navegación y una tripulación disciplinada, obediente y bien remunerada.
Bajo esta óptica no es necesario -todo lo contrario- un partido dialéctico cuyo funcionamiento interno democrático estaría garantizado por la existencia de distintas tendencias que asegurarían la transmisión de la opinión de la base hacia los centros de decisión y el equilibrio del poder en el partido. Así funcionaba el PSOE desde su fundación hasta Suresnes.
Estas rápidas reflexiones me han venido a la mente con motivo del actual conflicto surgido en la AMSO-PSOE, que es un caso más de la serie de decisiones tomadas a todos los niveles por las cúpulas dirigentes sin tener en cuenta la opinión de la militancia, mofándose así de la democracia interna en dicha agrupación.
Quede bien claro que al poner en evidencia la creciente falta de democracia en el PSOE, no quiero decir que los demás partidos no vayan por el mismo camino; pero quienes tienen que denunciar su funcionamiento son sus militantes y simpatizantes. Y si no lo hacen es porque quien calla otorga. Lo que pasa es que a mí, republicano y socialista, me duele que el PSOE, partido que por su tradición debiera dar el ejemplo en la defensa de libertad de opinión de sus militantes y escuchar la de sus simpatizantes, que son quienes le permiten acceder al poder, entre en ese juego tan peligroso para el buen funcionamiento de la democracia en nuestro país.
El único «delito» de estos militantes que representan una parte muy importante de los afiliados de la AMSO es haber expresado públicamente el incumplimiento por parte de su ejecutiva de la celebración de elecciones primarias para designar el candidato a la Alcaldía de Oviedo, como se les había prometido. Y si lo han hecho público es porque los cauces internos no funcionaron.
Para mayor inri, se les reprocha también no haber asistido a asambleas posteriores a la designación del candidato, en las que solo cabría hacer una crítica de un hecho consumado. El resultado ha sido 15 militantes expedientados y suspendidos cautelarmente de militancia. Con este tipo de acciones, el PSOE no sólo incumple sus estatutos, sino que están faltando al artículo 6 de la Constitución, que exige el funcionamiento democrático de los partidos. Cabe preguntarse si el PSOE no sería susceptible de que se le aplicase la ley de partidos.
Uno cae en la tentación de comparar estos métodos con los que se adoptan en otros países de nuestro entorno. Pienso en el caso del PSF, que habiendo experimentado las consecuencias negativas de que las decisiones importantes fueran tomadas por sus «elefantes» (aquí diríamos barones), ha decidido volver a sus orígenes y dar el peso que le corresponde a sus militantes y simpatizantes. Para ello organizaron elecciones primarias para elegir el candidato socialista a la Presidencia de la República. Y aunque los «elefantes» asediaron con todo su peso al partido para imponer sus candidatos la transparencia total, tanto en la televisión como ante las bases militantes, ya ha tenido como primer resultado la retirada de cinco de los ocho candidatos, al comprobar que no tenían el apoyo de la militancia. Los tres restantes seguirán presentando sus propuestas ante las distintas federaciones y serán los más de 200.000 afiliados quienes decidirán en noviembre quién será el candidato final.
Otro efecto positivo ha sido ya un franco fortalecimiento del PSF, no sólo ante sus afiliados y simpatizantes, sino también ante la opinión pública en general, provocando desde el comienzo del proceso en julio de este año una ola de nuevas adhesiones (más de 70.000).
En nuestro país, este deterioro de la democracia interna en el PSOE está provocando efectos negativos en la militancia y en la opinión de izquierdas susceptible de votarle.
Ante esta actitud partitocrática que deja sin substancia el ejercicio de la ciudadanía y que es un caldo de cultivo para la corrupción y el autoritarismo, ¿qué actitud tenemos que adoptar quienes no queremos renunciar a la condición de ciudadano que supone elegir libremente a nuestros representantes? Sólo nos queda como opción el abstencionismo, no interpretado como síntoma de despolitización y propio de pasotas, sino como la base de una actitud política racional que lleva a un comportamiento autónomo que permite una estrategia del ciudadano denunciando la imposibilidad de rechazar de otra forma una oferta electoral que estima no representarle. Y esto, en espera de que aparezca un partido que ofrezca esa posibilidad, no vaya a ser que la partitocracia reinante, imitando a Roma, se anticipe con la creación de la figura del tribuno de la plebe...

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