La Coctelera

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29 Octubre 2006

Comercio exterior y desarrollo, de Félix Bornstein en Nueva Economía de El Mundo

Henry Charles Carey (1793-1879), el primer gran economista norteamericano, estaba imbuido de los rasgos de optimismo y fe en el hombre que alumbraron el nacimiento de la nueva república. Sin embargo, nunca pudo desprenderse del todo de las enseñanzas pesimistas de Malthus. Su desaliento hacia la fuerza reproductora de la especie llevó a Carey a profetizar que llegaría un momento en el que, para los habitantes del planeta, «no habría sitio ni siquiera para estar de pie». El panorama inmediato estaba dominado por el temor a la sobrepoblación mundial y a la falta de alimentos suficientes para todos.

Medio siglo después de la muerte de Carey, la escuela clásica de la economía que él representaba -y con ella sus miedos tradicionales- había sido reemplazada por nuevos sistemas de ideas alentadas por el crecimiento continuo de las economías desarrolladas. De esta forma, John Maynard Keynes fue capaz de pronosticar en 1931 que «el problema económico puede ser solucionado o, al menos, su solución podrá estar próxima dentro de unos 100 años; equivale ello a decir que el problema económico no es -si contemplamos el futuro- el problema permanente de la raza humana». Estas palabras pertenecen a un artículo titulado Posibilidades económicas para nuestros nietos.

No ha transcurrido todavía el plazo prefijado, pero Lord Keynes obviamente peccavit. ¿Por qué erró el vaticinio? Keynes, pese a su realismo, es posible que no aquilatara con precisión lo insensatos que podemos llegar a ser no sólo los pobres -sus tasas demográficas son insostenibles-, sino los miembros de las sociedades cultas y racionales.

Una de las principales manifestaciones del genio europeo ha sido la invención de la Ley. La Ley expresa una categoría abstracta de resolución de conflictos mediante la cual los más fuertes entregan su capacidad de violencia a un designio superior -la estructura jurídica de una organización social- que puede garantizar la justicia y la convivencia a través de un sistema coactivo fundamentado en la participación ciudadana. Del Estado-Nación estos principios han pasado al sistema internacional, pero en este supuesto, no funcionan.

Los países más débiles prefieren vivir en un mundo de normas que les protejan de las imposiciones de los estados más poderosos. Como el cinismo de estos últimos es compatible con su filantropía, no es difícil que los intereses teóricos de ambos coincidan en los foros internacionales. En la actual Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio se han pronunciado enfáticas proclamaciones por la UE y los EEUU al inicio de las negociaciones (noviembre de 2001) sobre la necesidad de liberalizar el comercio mundial de productos agrícolas. Sin embargo, no hay nada más refractario a la legalidad internacional que la PAC europea, pese a sus cambios recientes. Los norteamericanos son aún peores. En 2002, una reforma legal incrementó los subsidios a los campesinos estadounidenses, lo que, en el caso del algodón, produjo al año siguiente unas pérdidas de unos 43 millones de dólares a Malí. Lo más paradójico es que este mísero país africano recibe anualmente unas subvenciones de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional de 37 millones de dólares. El saldo es perverso: las élites políticas de los países desarrollados temen los costes electorales en caso de contrariar a los grupos internos de presión, violan la ley internacional, dañan a las economías pobres y las compensan de mala manera recurriendo al expediente indirecto -más rentable frente al elector- de repartir algo de caridad (no la decencia, la ley y la justicia) apelando a la bonhomía difusa del contribuyente nacional.

John Kenneth Galbraith concluye así La Sociedad Opulenta: «Amueblar una habitación vacía es una cosa. Seguir amontonando muebles dentro de ella hasta que los cimientos cedan, es otra completamente distinta». Satisfechas las necesidades elementales en los países prósperos y creadas otras nuevas por la demanda de consumo, los ricos debemos pasar a la tarea siguiente: garantizar la supervivencia de todos los seres humanos. Divinas palabras.

Félix Bornstein es abogado.

© Mundinteractivos, S.A.

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