La Coctelera

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29 Octubre 2006

Asturias no conoce a su padre, de Xuan Cándano en La Nueva España

Lo malo del «Asturias es España y lo demás tierra conquistada» no es que sea un recurso hortera, con menos gracia que un chiste repetido, sino que es una absoluta falsedad que cimienta el mito de los orígenes del nacional-catolicismo.

Recientemente han salido al mercado tres libros sobre la figura de Pelayo, de Pablo Vega, José Luis Olaizola y José Ignacio Gracia Noriega. Ninguno de ellos despeja las dudas sobre un legendario personaje al que la historia oficial ha convertido en el fundador de la monarquía asturiana y de la nación española. Pasan los siglos, avanzan las investigaciones y las ciencias, pero aquí seguimos sin conocer a nuestro padre. Aunque lo tenemos mitificado, como los niños huérfanos que perdieron al suyo en un heroico campo de batalla, aunque la batallita más bien la inventaron entre la madre y los abuelos.

Descartada ya la inexistencia de Pelayo, como sostenía entre otros el ilustrado jovellanista Julio Somoza, de aquel guerrero legendario poco se sabe más allá del nombre. En su «Don Pelayo, rey de las montañas», Gracia Noriega hace un repaso actualizado a su figura, sin olvidar autores, estudios e hipótesis, y encuentra de todo menos certezas, aunque la historia ya nos permite desechar una verdadera legión de falsedades que, sin embargo, siguen sustentando el pensamiento dominante.

Predomina la idea de que era un godo, pero hay quien se inclina por pensar que era un hispanorromano, lo que explicaría su nombre latino «Pelagius», que significa «hombre de mar». Los historiadores más «indigenistas», como Javier Fernández Conde, piensan que fue un cántabro originario del oriente de Asturias o del occidente de Cantabria, tierras donde se asentaba aquella tribu.

Sobre su «hazaña» y sus causas tampoco hay evidencias ni documentales ni arqueológicas, por lo que lo sucedido en Covadonga está aún más envuelto en la niebla que aquellos parajes montañosos durante buena parte del año. No se sabe ni la fecha, aunque se acepta popularmente la de 722 que propone Nicolás Sánchez Albornoz, como en realidad se hace con todas las aportaciones sobre este tema de aquel historiador liberal convertido en el ideólogo del mito del covadonguismo.

Dejando al margen lo inverosímil de una gran batalla en un aislado, abrupto e inhóspito rincón de las montañas asturianas, donde el Ejército árabe caería en una emboscada que poco dice de la estrategia militar de sus mandos, Covadonga es imposible que sea el escenario de lo que cuentan las crónicas. La Alfonsina alude a un Ejército de 187.000 hombres, de los que 124.000 murieron y 63.000 huyeron por un desfiladero tras subir a la cumbre del monte Auseva. «Pero no pudieron librarse del castigo de Dios, pues al pasar por una altitud de la montaña que va sobre la ribera del río Deva, junto a un lugar llamado Casagadia (Cosgaya), y por evidente disposición de Dios, una parte de la montaña se derrumbó desde su base y envolvió magníficamente a los 63.000 caldeos, lanzándolos al río y sepultándolos a todos».

«¿En qué lugar de Covadonga podían levantarse tiendas para albergar a 187.000 hombres?», se pregunta Gracia Noriega, aludiendo al campamento de los invasores «frente a la boca de la cueva», que también aparece en la Crónica Alfonsina. Ni los ambiciosos empresarios turísticos de Cangas de Onís, tan ansiosos por trasladar a las masas a Covadonga, serían capaces de garantizar esa ocupación. Aquellos árabes de excursión bélica por las montañas norteñas doblaban al parecer a la población de Asturias, que entonces no llegaba ni de lejos a los cien mil habitantes, según Jesús Evaristo Casariego.

Aunque la épica, el grandonismo y la cultura oficial sigan aferrados al mito, lo de Covadonga no pasó de ser un modesto episodio aislado. Gracia Noriega, nada sospechoso de indigenista, no lo duda, no sólo por el campo de batalla sino también por el camino de huida de los árabes, aún hoy complicado para un experto montañero: «No es, pues, ni mucho menos, el lugar adecuado para una gran batalla, a lo sumo, hubiera podido producirse en él una escaramuza entre un grupo de montañeses y alguna patrulla musulmana. En segundo lugar, ¿cómo habrían podido franquear unos fugitivos el abrupto macizo de precipicios que se extiende entre Covadonga y Liébana? ¿Cómo podrían haber llegado sanos y salvos a Cosgaya?».

Más milagroso que aquella expedición suicida, sin guías y a la carrera, es que, trece siglos después, no haya aparecido, no ya un documento, sino un simple hueso o una desvencijada arma perdida por uno de aquellos soldados que entonces libraron la primera guerra de civilizaciones, según sus escribas.

Sobre las causas que llevaron a Pelayo a tirarse al monte con los suyos (aunque tampoco se ha aclarado si lo nombraron rey antes o después de la refriega), también hay que apelar a las elucubraciones. Unos dicen que a su padre, el duque Favila, lo mató en Tuy el rey godo Witiza de un garrotazo por un lío de faldas, por lo que huyó de la Corte, se refugió en el Norte y acabó enfrentándose al asesino.

Los líos amorosos están más claros en la versión que indica que Pelayo se levantó en armas porque, durante un viaje que hizo a Córdoba comisionado por el gobernador moro de Gijón, su hermana ligó con el propio Munuza. No sabemos si será cierto lo que Gracia Noriega llama «el clásico triángulo de vodevil», aunque con novio moro y hermanos, pero está constatado que Gijón fue territorio árabe, por lo que el topicazo de «lo demás tierra conquistada» no se sostiene con la principal ciudad asturiana dominada por los del turbante. Constatado está además que hubo otros focos de resistencia a los árabes en lugares como Navarra o Cantabria.

Y como también son muchos los que opinan que la historia la mueven los intereses y no las pasiones, la versión que sostiene que la rebelión de Pelayo la provocó el dinero tiene mucho crédito, porque se refiere exactamente a la negativa de los invadidos a pagar impuestos. El «jaray» sobre los bienes y el «yizia» sobre las personas serían el origen de una insumisión fiscal que acabó siendo violenta.

Pero si la historiografía ya había bajado hace tiempo a Pelayo de su pedestal, aunque en Asturias siga altivo y dominante en tantas estatuas, ahora también se cuestiona hasta la Reconquista. El profesor de Pensamiento Árabe e Islámico de la Universidad de Sevilla y premio «Jovellanos» de Ensayo Emilio González Ferrín niega que en la Península haya habido siquiera invasión árabe. Nada se pudo reconquistar, porque no hubo conquista. En su reciente libro «Historia general de Al Andalus», defiende que lo que hubo en el siglo VIII fue «una guerra civil de todos contra todos, un desmembramiento de la Península en un momento en que se cuestiona al último rey visigodo y, después, llegó una fuerza capaz de imponerse».

Para González Ferrín el enfrentamiento se produjo entre dos concepciones del cristianismo. Una era la de los católicos, que creían en la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La otra la de los arrianos, procedentes del norte de África, que consideraban a los anteriores politeístas, porque tenían tres dioses. Los católicos serían derrotados y acabarían refugiándose en el Norte. El primer rey de la monarquía asturiana sería después su caudillo, pero nunca el héroe que sació su sed de venganza iniciando la cruzada expansionista:

«Pelayo se declara independiente, no inicia la Reconquista, sino un reino asturiano que se va forjando silenciosamente y es casi clandestino».

Juan Cueto en «Los heterodoxos asturianos», probablemente su mejor libro, ya se inclinaba en 1977 por la misma tesis:

«Ni Pelayo ni sus sucesores pretendían la salvación de España, sino sentar las bases de un nuevo Estado reducido a su específica área de resistencia y de subsistencia».

Asturias está en España, indudablemente. Y de lo demás todavía hay mucho que discutir.

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