Treinta años es… mucho, de Incitatus en El Confidencial
“Las democracias tienen deberes. Y son deberes inexcusables. Tanto en sus propios países como en el exterior. Cuando nuestras democracias se portan mal, toda nuestra lucha se debilita, se vuelve frágil”. La voz, forzada, casi afónica de Robert Ménard sonaba como un látigo en el escenario del teatro del Círculo de Bellas Artes. El Rey le escuchaba sin pestañear, la barbilla apoyada en las manos entrelazadas. “Cuando nuestros países dan mal ejemplo, reforzamos a los enemigos de la libertad de Prensa. Cuando apoyamos a regímenes inicuos, traicionamos nuestros ideales”, gritaba, tronaba Ménard, secretario general de la ONG Reporteros Sin Fronteras.
El periodista francés, enclenque, canijo y calvo como Gandhi, con la garganta rota quizá por el desabrido otoño madrileño, estaba agradeciendo el IV Premio de Periodismo “Antonio Asensio” que le había otorgado el Grupo Zeta, mediante un jurado de innegable prestigio en el que estaban, entre otros, Francisco Matosas, Miguel Ángel Liso, Antonio Franco, Jesús Ceberio (ex director de El País), José Antonio Zarzalejos (director de Abc), Victoria Prego (columnista de El Mundo) y Alfonso S. Palomares. Oyendo el impresionante discurso de Ménard, yo recordaba aquellas páginas de Jorge Luis Borges: Pierre Ménard, autor de ‘El Quijote’. Vaya tío. Vaya lengua, vaya valentía.
En su idioma, hablaba de España el gran, indomable periodista: “Este país ha visto cómo los periodistas eran agredidos, amenazados, muertos por el grupo terrorista E Te A (Ménard pronunció una por una las letras de las siglas ETA) que, durante años, ha atacado violentamente a todos y todas que tenían la desgracia de pensar distinto de ellos”. Sentado en primera fila junto al Rey de España, a Javier Rojo, presidente del Senado y pamplonés mil veces amenazado por la mafia vasca, se le encendían los ojos, se le tensaban los músculos del cuello. La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega escuchaba sin mover una sola pestaña. El ministro de Justicia, el canario Juan Fernando López Aguilar, arropado por su mano derecha, esa inmensa periodista y aún mejor persona que es Faci Peñate, permanecía serio como un moai de la isla de Pascua.
Ménard tenía estopa para todos. Hablaba en francés y la traducción que aparecía: “Veo a los dirigentes de su país denunciar, con razón, los asesinatos de periodistas en Colombia o en México, pero mostrarse complacientes con una dictadura inicua como la que hay en Cuba. No se trata ahora de pronunciarse sobre la política de Estados Unidos con respecto a La Habana, sino simplemente de recordar que hay ahora mismo en esa isla 24 periodistas detenidos por hacer su trabajo. Cuba es, después de China, el país que tiene mayor número de periodistas encarcelados. En Cuba todo está sometido al partido comunista: la radio, la televisión, los periódicos, Internet. Para comprar un ordenador, una fotocopiadora o un fax, se necesita autorización del Estado. En esas condiciones, ¿cómo pueden encontrarse excusas, justificaciones a lo que hay que llamar, con toda claridad, una dictadura?”
Pepiño Blanco suspiraba en su butaca, esperando galaicamente a que pasase el temporal. Zaplana, sentado algo más atrás, enseñaba los dientes. Gabriel Elorriaga y el alcalde Ruiz Gallardón, ferviente candidato del PSOE a la Alcaldía de Madrid para ver si destruye a su propio candidato-sparring por tal diferencia que pueda laminar a la ultraderecha religiosa de Acebes-Zaplana-Rajoy cuando éstos pierdan las elecciones generales de 2008, oían aquello con encomiable serenidad.
Ménard casi concluía: “Si queremos ser creíbles, si queremos que se confíe en nosotros, tenemos que denunciar los atentados a la libertad de prensa en todas partes donde se cometan. Nada de indignación selectiva ni de náuseas de geometría variable. Hay que defender la libertad de expresión para todos, no solamente para nuestros amigos sino para nuestros enemigos”.
Qué lección, por Dios. Qué hermosura. Qué manera de sacudir. Y qué lástima que allí, en el teatro del Círculo de Bellas Artes, donde estaba lo más florido de la clase política y periodística española, no estuviese también Fedeguico Jiménez Losantos, el Queipo de Llano del siglo XXI, ese señor que, cuando, millones de españoles salíamos a la calle para oponernos a la participación de España en la disparatada guerra de Iraq, pedía a los directivos de la cadena italiana Tele 5 que influyesen para que sus socios de aquí, los de la Tele 5 española, despidiesen inmediatamente a los periodistas de los programas informativos que contaban lo que de verdad estaba pasando en las ciudades de toda España. Según ese individuo, eso no era periodismo. Eso era manipulación. Ah…
El tremendo, vehemente, brillantísimo discurso de Robert Ménard, autor de El Quijote, fue sin la menor duda lo mejor de una noche espléndida en la que el Grupo Zeta, además de entregar su premio anual de periodismo, conmemoraba sus primeros treinta años de trabajo.
Los premios están alcanzando un prestigio tan admirable como lógico. El Grupo Zeta, la única gran empresa de comunicación pura y absolutamente independiente que queda en España (ojo, otro islote milagroso de independencia absoluta somos nosotros, El Confidencial, eso que no se les olvide), no premia a los amigos, a los coleguis, a los conmilitones, porque no los tiene. El Grupo Zeta acaba de cumplir treinta años de venturosa navegación en solitario. Treinta años son muchos, muchísimos, y más en este tiempo en el que inmensa mayoría de la Prensa es, una de dos: o de partido y militancia, o de grandes empresas que pagan a los periodistas, universal o planetariamente, para que digan aquello que se les manda decir.
“Pero Zeta vuela solo, bien se lame, a su ya respetable edad permanece soltero (y mira que le salen pretendientes formales) y premia, como no podía ser de otro modo, a los verdaderamente independientes (la BBC, el diario italiano La Repubblica), a los héroes (el diario The Times Picayune, de New Orleans, que no dejó de salir ni un solo día, en su versión de Internet, durante la catástrofe del huracán Katrina) y a estos irrefrenables chicos de Reporteros Sin Fronteras que cantan las verdades del barquero delante del Rey, de medio Gobierno, de numerosísimos dirigentes de la oposición y del lucero del alba. Como tiene que ser. Como debe ser.
Tengo que decir que el premio fue todo un éxito. La ceremonia, no tanto. El Rey y yo (perdonen la chulería, pero en las últimas semanas nos hemos visto tanto don Juan Carlos y este servidor que, supongo, ya vamos tomando cierta confianza, al menos eso me parece a mí; ya no se asusta cuando me ve, incluso me sonríe) nos aburrimos bastante con los tres números musicales que “adornaron” el acto.
Víctor Manuel y Ana Belén cantaron una canción de hace treinta años, España camisa blanca. En realidad no fue una interpretación, fue una versión. Los treinta años no han pasado igual por los dos. Ana Belén está que cruje, guapísima, y su voz sigue siendo espléndida. Su marido, Víctor Manuel, está bastante peor que yo. El pobre. Tenemos más o menos la misma edad y oírle cantar, lo confieso, me reconfortó en mi envidia, en mis peores sentimientos. Ya no canta este hombre ni en la ducha. No llega, ni a gañidos, al Do de la clave de Sol. Y está aún más gordo que yo.
Del grupo Marlango debo anotar que, por lo que se refiere a la voz, su cantante, Leonor Watling, es una muy estimable… actriz. Y que le sienta muy bien el sombrero que se puso. Don Juan Carlos y yo dimos un respingo al ver que el batería del grupo iniciaba la canción con un viejo y muy entrañable redoble de tambores: ¡Pon! ¡Pon! ¡Prrrompón! ¡Pon! Ya está, me dije yo (no puedo saber lo que pensaba Su Majestad), nos van a cantar una saeta, qué bien. Pero no era una saeta sino la célebre y maravillosa canción de los 70/80, ‘Semilla negra’, de Radio Futura, destripada viva a base de un total cambio de ritmo y de melodía. A veces parecía jazz. Pero aquello casi siempre recordaba a la, para mí, muy entrañable banda de cornetas y tambores de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, estrella absoluta de la Semana Santa de mi ciudad leonesa. Cantaba la Watling, o arañaba, la hermosa letra: “Yo tengo un pensamiento vagabundo, / voy a seguir tus pasos por el mundo”, y el ritmo del grupo la seguía obediente, catolicísimo, procesional, adagio solenne e funebre: pon… pon… Prrrompompón… Fue un momento de verdadera altura espiritual.
La última interrupción musical (porque eran interrupciones al acto, el Rey allí, como todos, contemplando cómo una bandada de chavales en camiseta empujaban el piano, sacaban la batería, enchufaban los cables), fue la de Estrella Morente. Canta muy bien esta chica. Sabe hacerlo, pone el alma. Lo malo fue que se empeñó en “versionar” uno de los más grandes tangos de la historia de la música, el ‘Volver’ de Alfredo Lepera y Carlos Gardel. Y se empeñó en traducirlo, o “fusionarlo”, al cante andaluz. Hay alguna película por ahí en la que hace esto mismo.
Ha sido muy aplaudido pero, yo, ustedes perdonen, no estoy de acuerdo. Hay que tener un respeto inmenso por la música. Lo que hacen hoy Víctor y Ana de su propia canción de hace treinta años no es una versión, es una parodia de abuelos. Estaba bien como estaba: no la canten ustedes más en directo, porque sencillamente ya no pueden. No se la carguen. No se permitan dar pena después de haber dado tanta ilusión.
Ponerle ritmos semanasanteros a una obra maestra de Radio Futura es, aparte de cargarse algo que estaba muy bien hecho como lo dejaron sus autores, mostrar en público la evidencia de que la señorita Watling, como cantante, tiene las mismas cualidades que Luciano Pavarotti como gimnasta o trapecista de circo.
Y lo de Estrella Morente con Volver…
Corramos un muy espeso, caritativo y opaco velo.
Mi padre lo dice siempre: “Si no está estropeado, ¡no lo arregles!”
Y no estaba estropeado…
Menos mal que Robert Ménard no domina, que yo sepa, el tango.
