EL CORREO CATALAN

Querido J:

Para verlo todo te faltaba el preámbulo del Estatuto andaluz. Perdona si voy al grano y dejo para ocasión más sosegada el detalle meteorológico de este dulcísimo octubre y los saludos a la familia y a la afición. Todo urge en España. Del preámbulo habíamos comentado algún pormenor, pero faltaban los pormayores. Por ejemplo, algunos de los cambios introducidos para mejorar un texto difícilmente mejorable. Debemos reconocer que lo han conseguido. Observa, por ejemplo, y no hace falta que calces la lupa, el simpar refuerzo que ha recibido la caracterización física de Andalucía, para hacerla fuente (¡qué digo!: manantial con sus limoncillos cortados) de singularidades psicológicas, morales y cómo no, políticas.

Atranca la puerta: «Y es que Andalucía, asentada en el sur de la península ibérica, es un territorio de gran diversidad paisajística, con importantes cadenas montañosas, y con gran parte de su territorio articulado en torno y a lo largo del río Guadalquivir, que abierta al Mediterráneo y al Atlántico por una dilatada fachada marítima, constituye un nexo de unión entre Europa y el continente africano». Fíjate bien en los sintagmas clave: importantes cadenas montañosas/dilatada fachada marítima/nexo de unión (menos mal que no era el otro nexo, el jodido nexo disgregador). Y esa puntillosa voluntad de no dejar persona o animal fuera del Arca que se expresa con este modelo de prosa maldelman (siempre articulada como una pata de palo), este indescriptible territorio articulado en torno y a lo largo del río.

Pero ya te veo saltando de la silla, porque no me he referido a la falta de concordancia, y me entretengo en menudencias semánticas. Voy, pero ve despacio. Naturalmente he visto, y acaso tan rápido como tú, ese afrentoso «abierta al Mediterráneo y (no me vaya a olvidar) al Atlántico». Buscando el sujeto he ido Guadalquivir arriba y después de descartar Península Ibérica (que el redactor pone obviamente en minúscula) he acabado en Andalucía. En «Andalucía... abierta». Entre medio, sin embargo, hay un candidato a sujeto que reclama orgullosamente su legitimidad: territorio, claro. Tanto y tan fieramente la reclama que se propone dos veces. Medita esta construcción inolvidable de los padres de la patria, una vez quitada la farfolla a la oración: «Andalucía... es un territorio... con gran parte de su territorio».

Territorio es, sin ninguna duda, el sujeto de ese encabritamiento subordinado, y donde dice abierta debe decir abierto. Pero yo tengo mi hipótesis sobre la actitud del padre sintáctico, tan relativista y tan poco cuidadoso con el relativo: le pareció que abierto remitiría a Guadalquivir. Y desesperadamente buscó la mater Andazulía, para concordar. No te ahorro la explicación de motivos de la enmienda. Me produce una ternura sin sonda: «La sustitución propuesta tiene por finalidad completar las características del territorio andaluz».

Ya sabrás, sin embargo, que el plato fuerte del preámbulo es el párrafo que afirma la «realidad nacional» de Andalucía. Otra más al saco: «Andalucía ha sido la única Comunidad que ha tenido una fuente de legitimidad específica en su vía de acceso a la autonomía, expresada en las urnas mediante referéndum, lo que le otorga una identidad propia y una posición incontestable en la configuración territorial del Estado. El Manifiesto Andalucista de Córdoba describió a Andalucía como realidad nacional en 1919, cuyo espíritu los andaluces encauzaron plenamente a través del proceso de autogobierno recogido en nuestra Carta Magna. En 1978, los andaluces dieron un amplio respaldo al consenso constitucional. Hoy, la Constitución, en su artículo 2, reconoce a Andalucía como una nacionalidad en el marco de la unidad indisoluble de la Nación española».

Como vi escrito en un blog, este párrafo está tan lleno de mentiras como su homólogo preambular del Estatuto de Cataluña. Entre ellas, que la fuente de legitimidad de la autonomía andaluza sea diferente a la de cualquier otra autonomía española, que la Constitución reconozca a Andalucía como una nacionalidad, o que los espíritus se encaucen. La referencia a Cataluña no es gratuita. ¡Cómo iba a serlo tratándose de Catunya!

La tarde declinaba cuando recibí, tras una ardua búsqueda de las competentes documentalistas del periódico donde te echo las cartas, el agujero prístino de donde brota la «realidad nacional» andaluza: el llamado Manifiesto Andalucista de Córdoba. Te escribiría durante horas sobre ese texto. Pero no hay tiempo. Nunca hay tiempo. El Manifiesto tiene toda la puerilidad de las mentiras nacionalistas. Con alguna curiosidad realmente gerundia: «No habiendo sido jamás Andalucía entregada a sí misma desde la conquista y dominación cristiana que vino a absorber nuestros jugos vitales y a esterilizar nuestro genio creador...». Y la novedad de que mezcle la construcción de la nación con el hambre: «Mienten quienes digan que Andalucía ríe. La risa de Andalucía es la mueca del genio enloquecido por el martirio, debilitado por el hambre; de un genio que tuvo y tiene por fondo un optimismo creador; una santa alegría de vivir, caricaturizado hoy por una larga tragedia de miseria y sufrimiento».

Para cualquier señorito catalanista, ésta es una novedad impactante y deja un eco raro. Pero, en relación a Cataluña, lo decisivo es el fragor regurgitante de la Historia. Así habla el punto primero de la carta que la Asamblea andaluza dirige a los llamados Poderes Centrales: «Que al reformar la Constitución Española en sentido autonómico, no se prive de este Derecho a la Región Andaluza, a la cual deberá otorgársele una soberanía igual en la intensidad a la solicitada por la Mancomunidad catalana, en su mensaje último al Gobierno».

Una soberanía igual en la intensidad. Lo hemos hablado algunas veces: el problema de los nacionalistas catalanes no es España, sino Andalucía, Valencia, Aragón, Galicia. Este asunto que los magos socialistas quisieron resolver proclamando la nece(si)dad del federalismo asimétrico.

No comparto, ya lo sabes, el criterio de que los preámbulos nada significan. Está perfectamente concentrado el Volkgeist, sea dicho obligatoriamente en alemán. Los preámbulos, como los espíritus colectivos que los alientan, siempre acaban legislando. El tiempo español (un preámbulo de no se sabe qué) se caracteriza por un singular desprecio por la gramática; por la mortal obligación de que la palabra escoja el sentido: han vuelto del revés la sentencia orwelliana. No se te escapará la ausencia absoluta de esperanzas. El que fuera gran paladín gramático en la negociación del Estatuto catalán, el Partido Popular, ha transigido ahora (responsablemente, ¡quiá!) con «la realidad nacional» y otras formas de hacer política con el anacoluto.

Ahora se ve bien que era gramática parda.

Sigue con salud.

A.

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