La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

28 Octubre 2006

Pues yo echo en falta más España, de Fernando Ónega en La Vanguardia

EL ESPECTADOR

Vista desde Madrid, la campaña tiene un problema: está eclipsada por el vértigo español. La resonancia exterior no tiene nada que ver con la discusión del Estatut. Entonces, los informativos de las radios empezaban en Catalunya. Los políticos no hablaban de otra cosa. Todos creían ver la Constitución ejecutada en un patíbulo de la Rambla y no todos los días se podía ver la rotura de una nación en directo, como entonces se veía. Al lado de eso, esta campaña es un partido de Segunda B. Lo demostraba ayer la portada de La Vanguardia:el gran tema era el bache del proceso vasco, no las promesas electorales.

Además, para la España eterna, la que rompe ahora es Euskadi. La intolerable presión de Carod es la intolerable presión de Batasuna. El Parlament es Estrasburgo. Las guerras institucionales están en la Audiencia Nacional. Ya no se rompe la nación, sino la justicia, según el señor Acebes. La "realidad nacional" se ha trasladado a Andalucía. ¿Qué importa, al lado de todo eso, que un candidato prometa atención a los jóvenes? Para traspasar los límites de Catalunya, un candidato tiene que hacer una de estas tres cosas: o retratarse desnudo, o hacer catalanes por puntos, o meterse en un envase de Nocilla.

También tendría mucho éxito una de identidad nacional. Pero los políticos catalanes, en esta ocasión, hablan poco de la relación con España. Artur Mas no puede, porque está con el Estatut como niño con zapatos nuevos, y después de los amoríos con Zapatero no puede andar diciendo que el calzado le queda pequeño antes de estrenarlo. José Montilla ha puesto su límite de riesgo catalanista en defender las selecciones deportivas. Joan Saura parece encantado con el papel de hombre tranquilo que le han puesto en la etiqueta del traje, y no es cuestión de borrarlo. Carod debe demostrar que, al fin, dirige un partido de gobierno y no puede asustar más al personal. Y Josep Piqué bastante tiene con ofrecer un catalanismo decente sin que se le reboten Acebes y Zaplana.

Todo esto quiere decir (insisto, desde una perspectiva externa, casi de mi aldea gallega) que, si no cambian en los cuatro días que faltan, a los partidos y líderes catalanes les ha salido una campaña muy doméstica y en cierto modo administrativa. Puestos a mostrarse circunspectos, no se dicen ni un buen insulto que los plumíferos podamos llevar al papel. Pero, sobre todo, echo en falta más reflexión o propuestas sobre cómo serán las relaciones con el resto de España y con el Estado mismo.

Es, por ejemplo, lo que esperan las patronales cuando se ponen a llorar por la pérdida de unidad de mercado. Es lo que hace que la prensa de Madrid lleve poco a portada estas elecciones. Su ausencia supongo que tiene dos lecturas magníficas: la cuestión identitaria es una asignatura superada por la reciente aprobación del Estatut, y no mueve tantos votos como se pensaba. ¿Y si resulta que todo esto ya está superado o, por lo menos, normalizado? No lo sé; pero no me lo desmientan. Un mentís no debe estropear tan bella ensoñación.

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