A estas alturas del año, nadie duda que la reactivación del crecimiento en la zona euro es un hecho. En el primer semestre del año, el ritmo de actividad ha sido del 3,5% (en tasa trimestral anualizada), superando todos los pronósticos, incluido el del BCE.
Así, se estima que la cifra media de crecimiento para este año se situará con una elevada probabilidad por encima del 2,5%.
Desde una perspectiva global, estas cifras son poco llamativas. Sobre todo si se comparan con las cifras que suele destacar la prensa económica relativas a otras regiones del planeta (ya sean economías desarrolladas como EEUU y Reino Unido, ya sean regiones emergentes como Europa del Este, o América Latina o, por supuesto, Asia).
Ahora bien, los números adquieren otra dimensión cuando se toma una perspectiva temporal. El crecimiento medio de la zona euro desde la creación de la moneda única se ha situado en el 1,7%. Sólo en el último quinquenio, el ritmo de crecimiento ha sido de un 1,3%.
Por tanto, dado el perfil de bajo crecimiento al que nos tiene acostumbrados el Viejo Continente, hablamos de cifras más que razonables. Para algunos de los países más grandes de la región, como es el caso de Alemania, los datos recientes podrían incluso calificarse de sobresalientes. Tras siete años creciendo a un promedio ligeramente superior al 1%, este año se podría cerrar con una cifra del 2,3%.
Desaceleración en 2007
Coincidiendo en el diagnóstico de la situación actual, los pronósticos para el próximo año revelan diferentes visiones. Buena parte de los analistas apuestan por una notable desaceleración del crecimiento el año que viene. Primero, porque estiman un impacto negativo del aumento de la imposición indirecta (IVA) en Alemania.
Y segundo, porque establecen una relación directa e inmediata entre desaceleración de EEUU y la zona euro. Pero, ¿esto tiene que ser así? No necesariamente. El aumento del IVA podría tener un efecto positivo a medio plazo en la economía alemana (las restricciones fiscales pueden ser expansivas). Y la economía europea podría desacoplarse de la estadounidense (no sería la primera vez en la historia reciente).
Adicionalmente, hay argumentos para prever una continuación de la actual fase expansiva: incipientes señales de aumento del gasto de las familias, mejoría del empleo y, sobre todo, reactivación de la inversión empresarial.
Confianza empresarial
La confianza en el sector empresarial se mantiene en niveles elevados y las condiciones de financiación todavía son favorables. Así se desprenden del fuerte crecimiento del crédito empresarial, no sólo ligado a las operaciones de fusiones y adquisiciones sino también a las buenas perspectivas económicas.
En última instancia, es cierto que la economía afrontará 2007 con un tono menos acomodaticio de las políticas, pero también la economía, más avanzada en el ciclo, estaría en condiciones de afrontarlas con mayores garantías.
Dicho esto, los argumentos para ser optimistas a medio plazo se agotan. El crecimiento potencial de la zona euro ha mostrado una tendencia decreciente.
En los últimos años se estima que incluso se habría situado ligeramente por debajo del 2%. La contabilidad del crecimiento revela datos muy llamativos. El crecimiento de la productividad se ha reducido prácticamente a la mitad en la última década (hasta el 1,2% desde el 2,1% en la década de los ochenta y principios de los noventa) como consecuencia de una desfavorable evolución de la productividad total de los factores y un uso menos intensivo del capital.
El objetivo a medio plazo es revertir esta tendencia y elevar el crecimiento potencial de la región. Las medidas para conseguirlo son bien conocidas, pero hay que ponerlas en marcha. Algunos países de la zona euro como Irlanda han demostrado todo lo que se puede avanzar en unos años, lo que debería servir de estímulo para los once restantes (doce a partir de enero).
Sonsoles Castillo. Economista-jefe de Europa Grupo BBVA.

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