Ellos son buena gente, de Imma Monsó en La Vanguardia
EL RUNRÚN
Este otoño Google ha cumplido ocho años y en tan poco tiempo la potente herramienta ha conseguido: cotizar en bolsa, ser de todos conocida, entrar en el diccionario Oxford para la posteridad, pesar económicamente más que la suma de Ford y General Motors... Incluso hay quien dice que está en vías de suplantar el monopolio en el mundo de la informática que ahora posee Microsoft.
Siempre que pienso en Google recuerdo el eslogan que hizo célebre a los grandes almacenes londinenses Harrods. Era algo así como: "Si no lo encuentras en Harrods, es que no existe". Lo bueno del eslogan era que, pese a sugerir la opulenta abundancia de unos estantes repletos de originales mercancías, tenía un sentido metafórico. A Google, sin embargo, el eslogan se le puede aplicar al pie de la letra: si no está en Google, no existe. Google sigue teniendo en mente su proyecto faraónico: ser el almacén de conocimientos total, el lugar donde la más peregrina información pueda ser hallada. Y lo va consiguiendo. Y como es una herramienta colosal de la que nos costaría prescindir, apenas pensamos en las implicaciones que tiene su uso.
La pretensión de los fundadores del motor Google (Page y Brin, los ya famosos artífices del ingenio Google) es no hacer daño alguno con su impresionante banco de datos. "Don´t be evil" (no seamos mala gente) es una especie de mantra que repiten a menudo y que incluso han llegado a incluir en los documentos de su entrada en bolsa. De hecho, la frase suena tan ingenua que con frecuencia ha sido objeto de broma. Pero de broma, poco: en esa ingenuidad resuenan ecos inquietantes. Porque, ¿quién puede asegurar que algún día esta información no acabará en manos de, pongamos por caso, una agencia gubernamental especialmente inquisidora?
Google almacena por tiempo indeterminado datos que permiten crear retratos de todos nosotros altamente detallados. Toda información que buscamos en Google, que enviamos a Google o a través de Google queda registrada. Con el historial de nuestras búsquedas, Google conoce nuestros intereses, nuestras neuras, nuestras obsesiones, nuestros hábitos de compra, nuestras crisis hipocondriacas, nuestros planes de viaje, nuestra pertenencia religiosa, nuestras ideas políticas, nuestros amigos. Ellos poseen un poder absoluto sobre el control de esta información. Confiamos en ellos, eso es todo. Pero nada en su política de privacidad garantiza que nuestros datos están efectivamente protegidos.
Imaginemos que de pronto se pone en pie una dictadura: lo primero que hace un sistema totalitario es crear una red de delación y espionaje. Actualmente, les bastaría con hacerse con este inmenso almacén de datos. Google les serviría en bandeja la más eficaz red de delación jamás inventada en época alguna... Ellos no lo harían, claro, ellos son buenos chicos. Pero de buenas intenciones está el infierno repleto. La defensa de la privacidad en las sociedades democráticas tiene como objeto evitar posibles abusos de la autoridad (inquisitiva y abusona por naturaleza). Así que sería conveniente que, como defensores de las libertades individuales o como usuarios, empezáramos a pensar, de buen rollo, en cómo impedir que los de Google almacenen y controlen la ingente cantidad de datos que les proporcionamos.
