EL ESPECTADOR

Las campañas son propicias a que se hable de la personalidad de los candidatos y éstos se animen a superar el pudor trajeado para confesar públicamente esos pequeños defectos que puedan mostrarlos más humanos. Retratos de familia, prendas sport, aficiones corrientes y alguna que otra manía asoman junto a la retórica mitinera de críticas al adversario aderezadas con promesas pretendidamente innovadoras. Pero las campañas también invitan a reflexionar sobre el peso que el factor humano adquiere en el ejercicio de la política. Un factor que, para bien o para mal, está muy presente en la política catalana. Quizá más que en cualquier otra parte, dibujando un paisaje de tonos apagados que se avivan de pronto. De enigmas personales que se enseñorean de la plaza pública. De filias, fobias e incompatibilidades que no hallan otra explicación que la química. El menos convencional de los carismas, el de Pujol, ocupó la escena durante dos décadas sin que el ADN de sus coetáneos pudiera hacerle sombra. Era él y los partidos que se sentaban en las bancadas de la oposición. Él y si acaso el inquilino que se apostaba al otro lado de la plaza. Pero a su retirada comenzó a destacarse el perfil propio de los líderes de las demás formaciones. Unas veces como valor añadido de éstas, y en otras como causa de sus convulsiones internas. Su protagonismo fue creciendo. Maragall eclipsó con facilidad a sus predecesores en el liderazgo del socialismo catalán y Montilla, el principal de los capitanes, ha hecho olvidar la existencia de éstos. Carod empequeñecía al mismísimo Colom, y probablemente Puigcercós le suceda hasta reducirlo a la nada. Vidal-Quadras primero y Piqué después surgían como de la nada en una familia afectada por la orfandad. El siempre aplicado Saura conseguía que los herederos del PSUC volviesen al gobierno de la Generalitat 23 años después de la preautonomía. Y hasta Mas, esforzado, daba con el perfil de un digno merecedor de las esperanzas convergentes para regresar al Palau.La política es un producto humano. Pero puede que la personalidad de los dirigentes, de los citados y de otros con influencia en la política catalana, comience a pesar en exceso. Su personalidad y la singularidad catalana que va conformando familias con lazos de consanguinidad o de los otros, aplicando fórmulas no escritas de cooptación, transitando del ámbito institucional al privado y viceversa sin solución de continuidad y manejando siempre la misma agenda. Como si por encima de un determinado peldaño se pasara a formar parte de una casta cuyos integrantes nunca descienden a un peldaño inferior. Podrá decirse que éste es un fenómeno común a la política en todas partes. No habría que estar muy seguro de ello. La filiación familiar y la ideológica se entremezclan con demasiada frecuencia en Catalunya. La pertenencia a un determinado círculo puede dar lugar a un protagonismo que en otro caso se desvanece. Y todo con una naturalidad que a veces desnaturaliza la vivencia democrática de la política.