Tildada de fascistoide por la crítica más politizada, Metrópolis es la mejor exposición cinematográfica del organicismo como corriente sociológica. Realizada por Fritz Lang en 1927, sobre un guión de su mujer, Thea von Harbou, sigue manteniendo, a pesar de (o gracias a) ser cine mudo, toda la fuerza comunicativa que le otorga su peculiar y mestiza ejemplificación del expresionismo, su conducción en un vehículo musical potentísimo y el hecho de materializarse en la magia expresiva de unos actores que simbolizan, más que en cualquier otro caso, ideas y no individualidades.

La acción se sitúa a veinte años del momento presente, y a un siglo de cuando fue concebida, y catapulta al tiempo dos mensajes: los peligros de nuestra sociedad moderna y la eterna apelación a la esperanza. De cómo nuestro mundo moderno corre el peligro de segregar la población entre salvados y perdidos, entre integrados y marginados, lo que de forma muy grosera se entiende por pobres y ricos, pero que más tiene que ver con la división ilusoria entre libres y esclavos, de ese peligro, digo, ya han dado cuenta otros, incluso con mayor furia. Más importante me parece en el discurso del filme el hecho de que Lang visualice esa división somera atendiendo también a la responsabilidad de cada uno, al modo en que se embrutece aquel que desecha el corazón, sea tanto en una casta, estamento o clase social, como en su antagonista.Y aún más importante que todo eso es la solución que a su juicio tiene tanto dislate.

Pese a quien pese, el supuesto tono fascistoide se adivina sólo en la figura del robot que disfraza como si fuese la heroína de los desfavorecidos, para conseguir llevarlos a donde desea su diseñador, el sabio loco Rotwang. Éste consigue así condicionar la acción de los obreros y su mensaje destructivo, en boca del robot, acaba saboteando la ciudad. Pero no nos engañemos: el condicionamiento es calificado negativamente en el discurso del director, habla metafóricamente del electoralismo barato y demagógico de algunos dirigentes, y nos recuerda en diversas ocasiones que el origen del robot es la desesperación que en el científico causó que su amada eterna y esposa del jefe de la ciudad muriese al dar a luz al hijo de éste. El odio, la otra cara del amor, mueve toda su acción hasta ser aniquilado.

Dirigentes y obreros viven en mundos separados, pero en cada uno florece de pronto la redención: el hijo del jefe supremo de la ciudad, Freder, y una mujer de la comunidad de los obreros, María, se conocen y se enamoran, porque de hecho ya de antemano se intuían y se buscaban, remedo del bautista Juan y de Jesús, necesarios el uno para el otro. Ambos, no sólo Freder, son el corazón que enlaza cerebro y manos de una comunidad organizada, verdadero poder transformador de las relaciones sociales. Su ausencia es la razón de ser del hielo que impera incluso en los jardines del Club de los Hijos, el lugar en el que, alumbrados en la parte superior de la gran metrópoli por unos padres que deciden, que piensan, que proyectan, juegan los jóvenes ajenos a la tristeza y extenuación que impera en el subsuelo, donde trabajan los que hacen posible que todo se ejecute. Ése es el final del enorme y conmovedor metraje del filme, y ése ha de ser, responsablemente considerado, el final de este texto: entre el cerebro y las manos debe mediar el corazón.

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