EL MIRADOR

Estaba convencido de que el Partit dels Socialistes ocuparía, para su acto central de campaña, el nuevo, flamante y mastodóntico Auditori-Palau de Congressos de Girona, muestra ejemplar de política cultural de izquierdas, hecha desde y para la gente de a pie. Quizá, sin embargo, el presupuesto de campaña del PSC no llegaba para pagar el millonario alquiler que cuesta utilizar el edificio unas horas, y los socialistas, a pocos días de empezar las Fires, prefirieron montar un entoldado de fiesta mayor en medio del parque Central.

El formato tiene su gracia. Para ir haciendo ambiente, bailables de fondo: rumbitas, pasodobles... La música va muy en consonancia con la edad de la mayoría de los presentes, pero no es precisamente adecuada para recibir a nuestro candidato.

¿Alguien se imagina a Montilla haciendo piruetas un, dos, un, dos, tres, con una señora entre los brazos? Yo no, y las cabezas pensantes de la campaña socialista tampoco porque cuando Montilla asoma por la puerta estalla una sintonía bien distinta: una discreta armónica da la bienvenida a nuestro cowboy solitario.

Quim Nadal, como pez en el agua, recibe una ovación espectacular. Cuando le pasa el micrófono a su compañero Pepe, los ánimos empiezan a decaer, los aplausos se hacen raros y a uno le invade una congoja indecible: ¿terminará la frase? ¿Se acordará de lo que viene ahora? ¿Qué le debe de pasar por la cabeza al ciceroniano Del Pozo, uno de nuestros máximos especialistas en retórica, mientras escucha a su compañero, haciendo esfuerzos para responder a las preguntas (preparadas) de los asistentes sobre educación y sanidad? Ciertamente, lo de Lucky Luke iba por la sintonía musical y este talante imperturbable que caracteriza a Montilla. No precisamente por la velocidad. Con Maragall, ni los suyos sabían qué diría exactamente. Con Montilla, todos lo saben, se trata sólo de conseguir que finalmente llegue a decirlo.