El partido republicano del presidente George Bush se está empleando a fondo para mantener su mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de noviembre, a la vista de los preocupantes resultados de los sondeos, la oposición cada vez más extendida a la guerra de Irak y el descontento con el Congreso que apenas ha producido cambios significativos en la legislación.
Los sondeos de opinión llevan tiempo demostrando que la aprobación de la acción del presidente apenas alcanza el 40 por ciento y la mayoría de los estadounidenses desconfía de la labor del presidente. La mayoría también piensa que la guerra de Irak fue un error. Y el Congreso de mayoría republicana es aún más impopular, con un índice de aprobación del 25 por ciento.
En estas condiciones, cualquier país, en un sistema parlamentario, habría solicitado un voto de confianza, un cambio de liderazgo en el partido e incluso la convocatoria de nuevas elecciones. EEUU no cuenta con un sistema parlamentario.
El desaparecido Tip O’Neill, demócrata y poderoso congresista, dijo la conocida frase: “toda política es local”. Esto es verdad, especialmente en EEUU, en donde los senadores viven en el estado que representan y los congresistas informan constantemente a los votantes cuando regresan a sus circunscripciones.
Los políticos elegidos para puestos nacionales convierten sus escaños en el Congreso o el Senado en una suerte de feudo al cual se desvía la recaudación de impuestos desde Washington. Todos los miembros del Congreso y Senado están en estrecho contacto con los votantes de su circunscripción o estado a través de páginas personales en Internet, apariciones en las noticias locales de televisión, propaganda costeada con fondos públicos y, en época electoral, anuncios pagados en televisión.
En este ambiente, el papel real de los dos grandes partidos políticos disminuye ya que los votantes deciden cada dos años a sus congresistas y, cada seis, a sus senadores, manteniendo o rompiendo su relación de lealtad con su representante. Los dos partidos, demócrata y republicano, aportan el dinero –los republicanos tienen más– y el apoyo logístico a sus candidatos, aunque muchos votantes se fijan en la persona y no en el partido.
Las papeletas incluyen largas listas de candidatos por cada partido para diferentes puestos del estado, Senado y Congreso, permitiendo que los votantes puedan dividir su voto entre los dos partidos.
Este año, un sentimiento anti-Bush parece extenderse por todo el territorio nacional. Pese a que casi todo el mundo espera que se reduzcan las mayorías de los republicanos en el Senado y el Congreso, la apuestade los demócratas por hacerse con alguna de las Cámaras no está nada clara, ya que las campañas electorales se disputan estado a estado y distrito a distrito.
Además, sólo se consideran escaños seguros: ocho de los 100 en el Senado y unos cincuenta de los 435 en el Congreso. Esto significa que los diputados han acumulado tantas mayorías sólidas en elecciones anteriores que sus oponentes no pueden atraer suficiente dinero o apoyo del partido para poder enfrentarse a las próximas de noviembre.
Este año, los demócratas necesitan ganar seis escaños en el Senado y quince en el Congreso para hacerse con el poder de las dos Cámaras y, desde luego, Bush no dejará el cargo de presidente hasta enero de 2009.
El dinero y la organización suelen ser factores clave para determinar quién va a ganar los escaños más disputados del Congreso y el Senado. Los candidatos republicanos suelen tener más dinero –casi todo recaudado de forma independiente y no sacado de las arcas del partido–, y cuentan con importantes organizaciones creadas para identificar y animar a los simpatizantes.
En general, los republicanos suelen obtener mejores resultados que los demócratas en el uso de tecnologías y en el número de voluntarios que se presentan a sus sedes.
En Virginia, el diputado republicano senador George Allen (www.allen.senate.gov) se enfrenta, en una disputada batalla por la reelección, al demócrata James Webb (www.webbforsenate.com), un veterano del Vietnam y crítico con la guerra de Irak que Allen apoya. Virginia votó decididamente por Bush en 2004 pero eligió a un demócrata como gobernador en 2005.
El escaño de Allen se consideraba seguro hasta que ha cometido una serie de errores, como el incidente en el que llamó “macaco” a un joven de origen indio de piel oscura. El vídeo que muestra este comentario se extendió por Internet y los noticieros de televisión, transformando instantáneamente la lucha competitiva. Y, pese al dinero vertido en la campaña de Webb, Allen disfruta de una ventaja sustancial en el gasto de campaña.
Tan sólo a principios de septiembre, la campaña de Allen sumaba más de 6 millones de dólares, contando con importantes contribuciones de Microsoft, Time Warner y las grandes compañías tabaqueras (las contribuciones para campañas electorales deben hacerse públicas, véase www.opensecrets.org).
La campaña del demócrata Webb, por otro lado, apenas alcanzaba los 424.245 dólares, obtenido casi todo en pequeñas cantidades provenientes de los sindicatos. Los dos candidatos se gastarán casi todo el dinero en pagar anuncios de televisión en las televisiones locales de Virgina en las semanas previas al cierre de campaña.
El republicano Allen atacará a Webb porque “está desconectado de los valores de Virginia”, mientras que Webb vinculará a Allen con la impopular guerra de Irak de Bush. Pero el dinero de Allen le podría hacer ganar.
Los recientes discursos del presidente Bush conmemorando el 11 de septiembre estaban diseñados para recordar a los votantes que su partido es más duro con los terroristas. Los demócratas no están de acuerdo, y el ex presidente Clinton refutó airadamente las críticas que le tildaban de blando con Al Qaeda en una reciente entrevista en Fox Television News ampliamente difundida.
Tanto Bush como Clinton pretendían animar a las bases de sus respectivos partidos con dichas apariciones. Los demócratas también recibieron una ayuda inesperada a finales de septiembre, a partir de la revelación, en un nuevo libro del periodista Bob Woodward, de que la Administración Bush sabía desde hacía mucho tiempo que los asuntos en Irak iban mucho peor de lo que sugería el presidente en sus triunfalistas discursos; y de la dimisión repentina de un congresista republicano, que se había estado intercambiando correos electrónicos de explícito contenido sexual con un adolescente.
Los grupos cristianos conservadores, elemento importante de las bases del partido republicano, se escandalizaron de que el líder republicano de la Cámara no hubiese hecho nada, a pesar de que conocía la falta de discreción del congresista.
Cuál de los dos partidos ganará en las elecciones de noviembre dependerá de lo mucho que los candidatos republicanos puedan acentuar los asuntos locales (del tipo “George Allen lucha por Virginia”), proyectar dudas sobre los adversarios demócratas en la publicidad televisiva, dejar el conflicto de Irak atrás e impulsar a las bases del partido a votar.
Los republicanos pueden tener más dinero y más capacidad de organización para mantener sus mayorías, en especial en el Senado, la más importante. Los demócratas cuentan con los recientes escándalos y el enfado del partido republicano para desmoralizar a sus votantes. Pero los republicanos han superado las expectativas en las dos últimas elecciones nacionales y los demócratas deben andarse con pies de plomo.
Erik Baum. Profesor de Periodismo en la Universidad de Siracusa.

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