Alguno de los candidatos a la presidencia de la Generalitat lo ha dicho estos días: «En Cataluña, la ciudadanía está harta de los políticos». Sin embargo, no hay que olvidar que cada pueblo tiene los dirigentes que se merece. La insatisfacción y la hartura pusieron fin en su momento a un gobierno establecido y casi hereditario del partido en el poder.

En las últimas elecciones, Cataluña apostó finalmente por una democracia sin mayorías absolutas, por una democracia en la que las diferentes opciones tuvieran que dialogar, pactar. El tripartito, tan denostado por algunos, fue una bocanada de aire fresco: por fin la política dejaba de ser un monolítico ejercicio de poder, sin tener que contar prácticamente para nada con los demás grupos parlamentarios. Es lógico que poco acostumbrados a la pluralidad, algunos se hayan echado las manos a la cabeza en estos tres años de legislatura y que muchos pretendan de nuevo un gobierno monocolor para que decida a su antojo, sin discusiones ni acuerdos. Sería una lástima que el colorido que adquirió el paisaje político en Cataluña en las últimas elecciones se perdiera ahora, por aburrimiento.

Apelar al voto útil significa reducir las opciones y volver a un dualismo derecha-izquierda, como sucede en el resto del Estado o buscar una mayoría que tanto si es de derechas como de izquierdas, supondrá un nuevo tutelaje paternalista de la sociedad: durante cuatro años, sólo el partido ganador tendrá la sartén por el mango y no le hará ninguna falta replantearse nada, ni pactar con nadie, ni escuchar las voces disidentes. En la actualidad son cinco los partidos en el candelero. Por primera vez, son cinco partidos sólidos, con respetables cifras de votantes a tener en cuenta y una representación parlamentaria más que considerable, con voz para hacerse oír.

La pluralidad demuestra la madurez política de una ciudadanía que sabía lo que se hacía, que no se dejó engatusar por la supuesta utilidad de su voto, ni se dejó amedrentar por el caos que pudiera generar la dispersión de votos.

La experiencia, para ser la primera vez que algo semejante sucedía en este país, puede ser mejorable, nos falta rodaje en la comprensión de lo que supone la democracia, tal y como la entendemos en la actualidad, pero el electorado de Cataluña -que es en definitiva lo que cuenta- ha estado muy bien representado por el tripartito y la oposición. Sería una lástima que el hastío que efectivamente genera la clase política entre los votantes nos llevara a la abstención masiva o al voto en blanco, que sólo favorecerá a aquellos partidos cuyos militantes van todos a una como Fuenteovejuna.

Los votantes de izquierdas, de cualquiera de los partidos de izquierdas que se presentan a las elecciones, deberían seguir votando masivamente, como hicieron en las últimas elecciones generales, cuando la reelección del señor Aznar se convirtió para todos en una seria amenaza a los valores de la democracia.

Desde luego, la situación en Cataluña no es tan tremenda, pero sí lo sería que volviera al gobierno un bloque monolítico de la derecha de siempre.

Los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña nos merecemos algo más que un respiro de tres turbulentos años. Unos y otros deberíamos empezar a perder el miedo a la pluralidad, al debate y a los pactos. Y aunque estemos hartos de ellos, de los políticos, seguir ejerciendo nuestro derecho a votar libremente, sin condicionamientos ni amenazas, al partido por el que nos sintamos de verdad representados.

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