No es probable que el anterior alcalde de Barcelona, Joan Clos, médico de profesión, sea un experto en energía y, sin embargo, tendrá que lidiar, como ministro de Industria, con un convulso período de reordenación accionarial del sector eléctrico. Tampoco parece probable que al hasta ahora asesor económico del presidente del Gobierno, Miguel Sebastián, se le considere un especialista en la vida municipal y mucho menos en los problemas de toda índole que afectan a las grandes urbes y, casualidades de la vida, será el candidato del principal partido de la oposición a la alcaldía de Madrid. Así es la política y así nos regimos ante la atónita ciudadanía que asume los cambios pero no los entiende.
A la vista de lo que ha pasado hasta que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha encontrado a la persona idónea para asumir ese reto, tal parece que a los socialistas les viene muy bien un alcalde como Alberto Ruiz Gallardón en la capital de España. Como la imaginación es libre y, en política, los hechos nunca son lo que parecen, a los socialistas les viene bien abrir una cierta pugna interna en el PP entre los sectores más duros representados por el dúo Acebes- Zaplana --y cada vez más Rajoy-- y los más moderados con el actual alcalde de la capital española al frente. Por tanto un Ruiz Gallardón fuerte es un problema para los responsables de su partido, con el que ha tenido diferencias muy serias en el pasado, que saltan a la vista con frecuencia en sus relaciones con la presidenta de la comunidad madrileña, Esperanza Aguirre, mucho más próxima a las tesis del último Gobierno Aznar.
EL CASO es que casi nadie ve en el economista que fue apartado en su día del servicio de estudios del BBVA un candidato con el suficiente carisma para tal reto. Y mucho menos después del llamativo patinazo del secretario general socialista con el exministro José Bono. Como ha dicho con buen criterio Gaspar Llamazares, tal parece que los socialistas no quieran movilizar a la izquierda en la capital. Pero ellos sabrán. Miguel Sebastián bastante tiene con abandonar los cómodos despachos de asesoría de La Moncloa para embarcarse en una aventura tan poco propicia para neófitos en citas electorales. El sinsentido y las componendas de la política tienen estas cosas.
Los socialistas, que están muy lejos de ser un partido unívoco, ya han experimentado muchas veces con soluciones atípicas para problemas comunes, a causa de la división interna del poder y a las cuotas con las que se rigen que les lleva a sustituir un ministro catalán por otro con el mismo origen.
LA CANDIDATURA sirve también en cierto modo para no incrementar la campaña de acoso opositor del PP, que mantiene activas y en alerta a sus bases ante los sucesivos errores --monumentales, según Rajoy-- del Gobierno que, a la hora de la verdad, se disuelven como azucarillo en agua. Esa apelación permanente al catastrofismo, a la proximidad del fin de los tiempos como siga Zapatero en La Moncloa, funciona aceptablemente entre quienes se sienten incómodos con una patria divisible, creen que el poder emana de un solo y poderoso líder o añoran las soluciones drásticas frente a la negociación y el entendimiento. Pero son una rémora para que el PP capte electores moderados, aquellos que se sintieron bien tratados en la primera legislatura de José María Aznar como presidente. Gente que, a poco que reflexione, se encuentra con que la actitud reposada del presidente del Gobierno contrasta vivamente con el acoso exacerbado y las acusaciones de radical que vierten todos los días sus opositores que, por cierto, dos años y pico después de las elecciones no han conseguido atraer a ningún otro grupo político a su entorno. Y no han de olvidar que para su primera victoria electoral en 1996 fue con la inestimable la colaboración de Julio Anguita en el desgaste de Felipe González. Por ejemplo.
EN CATALUÑA han aparecido aislados pese a los intentos de Josep Piqué de representar a una derecha cabal y abierta. Los resultados que obtengan el miércoles próximo no serán especialmente significativos por las circunstancias que concurren en aquella comunidad. Allí gran parte de la derecha sociológica optará por Artur Mas, que lleva mucha ventaja en las encuestas después de los desaguisados del tripartito, y no le dará más vueltas al asunto.
Como en el PP eso lo saben bien desde antiguo no les ha importado demasiado utilizar el Estatuto catalán como arma arrojadiza para contento de sus seguidores en el resto de España. Y de muchos otros patriotas que se sienten molestos con algunas de las propuestas de Pasqual Maragall y sus acólitos en el tripartito.
SORPRENDE, sin embargo, que Javier Arenas haya pactado el nuevo Estatuto andaluz (mientras Ovidio Sánchez acata obediente, como han hecho siempre todos los políticos asturianos, a sus superiores en Madrid para interrumpir cualquier reforma estatutaria en el Principado) después de tantas descalificaciones contra ese proceso.
Las contradicciones y los saltos en el vacío no son en política patrimonio de nadie. Y las ayudas inesperadas y los giros insospechados, tampoco. En ese ámbito se inscribe la apuesta por Miguel Sebastián, cuyo reto no es menor a los que se ha enfrentado y superado con matrícula de honor Fernando Alonso --que el domingo vibrará en Oviedo con sus apasionados seguidores-- desde que participa en pruebas.
Pero no todos tienen la madera, la constancia y el genio del piloto asturiano. Y no parece que ni siquiera ese bagaje sea suficiente para encarar con éxito la carrera hacia la alcaldía de Madrid.
Mario Bango. Periodista.

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