DESDE WASHINGTON

Por los ecos que llegan, algún partido catalán se ha convertido en alumno aventajado en técnicas electorales estadounidenses tan polémicas como la publicidad negativa. Siempre suele copiarse lo peor de la superpotencia. En EE. UU. son muy comunes los anuncios televisivos dedicados por entero a denostar con saña al adversario. No hay reparo en usar su imagen y sus palabras, y en escoger selectivamente el material para ridiculizarlo y hacerle el mayor daño posible. En la actual campaña de las elecciones legislativas, destaca el caso de Montana. Un ayudante del candidato al Senado, Jon Tester, se ha dedicado durante meses a seguir al actual senador, Conrad Burns, implicado en un caso de corrupción, para grabar errores, gafes o situaciones ridículas en sus actos públicos. Luego cuelga los vídeos en internet.

En Catalunya no se ha roto de momento el tabú - porque somos muy europeos y liberales- de husmear en la vida privada de los políticos y denunciar sus debilidades humanas, si las hubiere.

Los cotilleos de alcoba o los rumores sobre hábitos inapropiados de los poderosos se quedan en ciertos círculos, para regocijo privado. En Estados Unidos se avientan en la prensa, influyen en las campañas, llegan a los debates parlamentarios y hasta pueden justificar un proceso de impeachment.

Desde Washington sorprenden fenómenos como la cuota de tiempo que imponen los partidos en los medios públicos, sobre todo en la televisión, con absoluto desprecio a los criterios periodísticos más elementales. En la cobertura de prensa llama la atención la abundancia de comentaristas y columnistas, con libertad total para la filigrana y la literatura. Los grandes diarios estadounidenses, fieles a la tradición anglosajona, son más austeros y no opinan tanto. Apuestan más por la investigación y la información pura y dura, así como por el género mixto del news analysis.El problema es que demasiado a menudo, por el empeño de cultivar buenas fuentes en las esferas de poder, caen en las filtraciones interesadas.