ZP a MS: «Llegas y se acaba la sequía», de Carlos Segovia en El Mundo
«Miguel, ven». Cuando el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, quiere desahogarse de algún problema de la vida diaria la persona más próxima -después de Sonsoles, claro está- es precisamente Miguel Sebastián Gascón, su asesor económico, amigo personal y cómplice de multitud de bromas y algunos sinsabores en los pasillos del Palacio de la Moncloa.
Un ejemplo de la relación entre ambos pudo verse en la tarde del pasado martes en el avión de vuelta a Madrid. Ocurrió tras un encuentro con los empresarios catalanes en el que ni uno ni otro soltaron prenda en público de lo que se avecinaba. Al ver la lluvia insistente en el cielo de la capital, el presidente empezó a animar a Sebastián para su candidatura: «Ya ves, llegas y se acaba la sequía en Madrid».
Ante un no menos socarrón ministro de Industria, Joan Clos, Zapatero retó a su amigo a resolver también el problema del urbanismo. «Mira, en eso te puede asesorar Joan». El ex alcalde de Barcelona se lo pintó negro. «El urbanismo en Madrid es caótico, y para arreglarlo de verdad tendrías que tomar medidas impopulares». Otro desafío que le lanzó Zapatero fueron los atascos, con la guasa que se suelen traer el presidente y el hombre que había encomendado hasta ahora el papel de aventurarle el futuro económico.
Otro ejemplo de complicidad entre ambos se produjo el pasado 25 de febrero, cuando Pedro García Cuartango escribió en este diario un irónico artículo comparando a Sebastián con Erik Hanussen, un hombre que decía tener dotes de adivino y que llegó a tener gran influencia en el régimen nazi alemán y sobre el propio Adolf Hitler, gran aficionado a los poderes ocultos. «¿Has visto EL MUNDO? Te comparan con Hanussen», chinchó Zapatero a Sebastián. «Sí presidente, pero preocúpate tú porque, si yo soy Hanussen, es que tú eres Hitler».
Sebastián, madrileño insólito de tres generaciones, nació en la capital el 13 de mayo de 1957 y, aunque se desplaza en coche oficial como secretario de Estado, se acuerda cada día de Gallardón y de las obras cuando deja su domicilio en el barrio de Tetuán para acudir a Moncloa.
Pero en aquel 1985 en que se doctoraba en Economía en Minnesota (EEUU) nunca pensó que sería candidato al alcalde. Ni siquiera en el año 2000, para lograr influencia y ayudar a sacar del infierno a su equipo, el Atlético de Madrid, recién descendido entonces a segunda división. No, su vida parecía que iba a transcurrir entre análisis económicos y estadísticos. Por esa vía le llevó el actual vicepresidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, Carlos Arenillas, cuando le fichó para el servicio de estudios de Intermoney, la firma bursátil en la que también trabajó el secretario de Estado de Economía, David Vegara.
Desde Intermoney, donde llegó a ser consejero delegado, el joven Sebastián empezó a hacer contactos y, en 1999, tras la fusión del BBV y Argentaria, fue nombrado director del servicio de estudios del nuevo banco. Por primera vez no sólo iba a disponer de grandes medios para hacer prospectiva económica, sino visibilidad pública. Sebastián tenía amigos en la política, como el actual concejal socialista del Ayuntamiento de Madrid Pedro Sánchez que un día le presentó al secretario de Organización del PSOE, José Blanco. Éste, tras escucharle una irreverente conferencia económica en el Banco de España, se lo presentó a Zapatero. A Sebastián, soltero y celoso hasta ahora de su vida privada, le gustaba la socialdemocracia moderna de Zapatero, descentralizadora e igualitaria con las mujeres y los homosexuales frente al socialismo agrario, religioso y caciquil que, en su opinión, personificaba José Bono.
Pronto comenzó a hacer papeles para Zapatero y emitía desde el BBVA unos informes negativos sobre la situación económica española que el entonces vicepresidente, Rodrigo Rato, no podía creer que salieran de la entidad que presidía su amigo Francisco González. Ya en 2003, Sebastián dio el salto y se convirtió en asesor independiente del Comité de Estrategia del PSOE. Nadie daba un duro entonces por Zapatero para las elecciones del año siguiente, pero a Sebastián le gustan los retos.
Por eso aceptó después ser el coordinador del eje económico del programa electoral del PSOE y engatusó al partido con emprender una revolución fiscal, un tipo único del IRPF. Llegó el 14-M y Zapatero se convenció de que era mejor situar en el Ministerio de Economía a un hombre tranquilo como Pedro Solbes, pero habría ofrecido otra cartera a Sebastián si éste la hubiera querido.
Se fue con él a Moncloa como director de la Oficina Económica y, desde allí, se convirtió en el enlace monclovita con el mundo empresarial. Es decir, un trabajo demasiado discreto y de mano izquierda para el impetuoso e innovador Sebastián, para el que cuidar las formas puede ser un anacronismo que lleva a la parálisis. Por eso se prestó a apoyar a Sacyr en contra de su ex odiado jefe en el BBVA, González, o a ayudar a Pepiño Blanco para que Fenosa quedara en manos gallegas.
Y lo peor, convencido de que convenía a España tener grupos fuertes dirigidos por personas que no fueran del PP, recomendó saltarse a la torera el Tribunal de Defensa de la Competencia y las normas europeas en favor de Gas Natural y en contra de E.ON en el asalto a Endesa. Tampoco se anduvo con protocolos para seleccionar a los empresarios que debían desayunar con Tony Blair. Demasiados líos y, encima, procedentes de una persona próxima al presidente, por lo que Zapatero quedaba directamente expuesto a la crítica.
Frente a ese fallido papel, Sebastián asumió el pasado año la responsabilidad de coordinar las reformas en España para ajustarse a la llamada Agenda europea de Lisboa, que tiene como objetivo mejorar la competitividad. Ahí sí, ha empujado a organismos y autonomías y ha fijado centenares de indicadores que hay que cumplir para modernizar el país.
Pero ha pasado por duros momentos en el cargo, como cuando se ha visto desautorizado por Solbes en asuntos como la OPA sobre Endesa, la reforma fiscal y los presupuestos. A él le iban a llorar no pocos ministros ante la cerrazón del vicepresidente segundo a aumentarles los recursos. Por eso (ver EL MUNDO del 10 de septiembre), Sebastián se planteó cambiar de aires. Ahora deja el poder para emprender una dudosa batalla en la que puede terminar de concejal en la oposición. Tendrá entonces más tiempo para nadar y pasear a sus perros, pero el presidente le deberá una y su carrera política no habrá hecho más que empezar.
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