Hace escasas fechas, José Blanco, secretario general del PSOE, se confesaba a un periodista de esta casa detallando las cualidades del candidato a la alcaldía de Madrid por las listas del Partido Socialista, cuyo nombre obviamente ya debía conocer. Aseguraba Blanco que se trataba de “un buen profesional, con cartel de gestor y con escaso nivel de conocimiento público, por lo que la sigla va a tirar más que el nombre. No obstante lo cual”, concluía Pepiño, “la suma de nombre y sigla será suficiente para ganar la alcaldía”.

Tan cerca como anteayer martes, Julia Pérez, responsable de información parlamentaria de este diario, planteó abiertamente el nombre de Miguel Sebastián en el transcurso de la reunión que todas las tardes efectúa la redacción del Confi para ver y discutir temas. La carcajada fue general. La afectada se defendió con ardor, asegurando que ZP, en el vuelo de regreso a Madrid desde Barcelona, donde había participado en una comida con empresarios, se había confesado ante su guardia de corps. Tras las risas, un servidor decidió pasar a otra cosa, porque aquello sonaba a boutade o a maniobra de intoxicación. Mea Culpa.

Ayer, las gentes del mundo empresarial con las que departí al respecto lucían la cara de asombro propia del común de los mortales. Los más incisivos se aventuraban por la teoría conspirativa, ya saben, el síndrome de Moncloa, el exceso de poder que engendra monstruos, y esos celos que suelen germinar en todo líder máximo en cuanto alguno de sus colaboradores saca la cabeza por encima de la talanquera. Pero Zapatero no tenía ninguna necesidad de quitarse de en medio a Sebastián, y mucho menos de mandarlo a galeras, a menos, claro está, que crea que la última movida inversora protagonizada por nuestros patriotas constructores entrando en las eléctricas para salvarlas de las garras de los hijos de Sigfrido, operación pilotada por Sebastián, es asunto merecedor del potro de tortura que supone enfrentarlo a Campeador Gallardón en desigual justa electoral.

Pero donde más caras de asombro se veían ayer era en el propio PSOE. Que un político como ZP, un tipo que exhibe continuos ramalazos de un radicalismo izquierdista de viejo cuño, nombre candidato a la alcaldía de la capital a un liberal enragé, con tics fundamentalistas propios del sabio que se cree en posesión de la verdad, no deja de tener su gracia. La explicación, a mi modesto entender, es sencilla: harto de recibir calabazas, fracasado a la hora de encontrar en todo un partido, ¡lo nunca visto!, un candidato con solvencia electoral bastante como para competir con Gallardón, incapaz de convencer a una figura de cierta relevancia en la política, ZP no ha tenido más remedio que tirar de su asesor personal, echar mano de un hombre que, consciente de ir al matadero, sencillamente no le ha podido decir que no. Pedro Solbes, la alegría de la huerta, debe estar brindando con champagne extremeño.

Lo cual no es óbice ni cortapisa para que a estas horas el propio Zapatero haya vendido entre sus fieles, y éstos le hayan comprado, la especie de que estamos ante la última de sus genialidades, ante la elección del iluminado convencido, cual moderno Calígula, de que incluso su caballo sería capaz de derrotar a Gallardón, porque es tanto su glamour, tanta su simpatía, tanto su gancho electoral entre la gente del común, tamaña su suerte, que cualquier candidato, cualquier Sebastián de la triste figura, sería capaz de ganar en Madrid, y ello porque él, es decir, Zapatero y su estado de gracia, lo pueden todo. Razón tenía ayer Gallardón cuando apuntaba, con toda la intención del mundo, que su contrincante no será Miguel Sebastián, sino el propio José Luis Rodríguez Zapatero. En una cosa debe llevar cuidado el candidato del PP, y es que Sebastián conoce incluso más constructores que Gallardón.

De modo que buen economista, sí señor, pero un perfecto want to be en materia de gestión, nulo gestor, porque Sebastián ha visto muchas cuentas de resultados, pero jamás ha tenido que pagar una nómina o dirigir un grupo humano. Mal asunto para arreglar las cuentas de Madrid. Brillante, ocurrente cuando quiere serlo, muy simpático o muy borde, según se tercie, ergo ciclotímico, irascible, agresivo incluso si el de enfrente le cae mal, lo peor, con todo, que se puede decir de él es que, apenas un par de meses después de llegar a Moncloa, había sido ya abducido, contagiado por el increíble e insufrible sectarismo marca PSOE. “Conociendo a Miguel como le conozco”, contaba ayer una persona muy cercana al personaje, “si ha aceptado el ofrecimiento es que está convencido de que va a ganar, porque Miguel nunca va a un sitio para perder. No será fácil enemigo para Alberto. Su problema, me temo, es que se ha olvidado de que su poder consistía en comerle la oreja a Zapatero durante las 14 horas que dura un viaje a Japón, y si pierde no volverá a poner los pies en Moncloa”. A verlo vamos. Diversión garantizada.