Pregunta, la que se hace en el titular de este artículo, que debe extenderse al resto de España, y parte de cuya respuesta se conocerá el 1 de noviembre, cuando sepamos los resultados de las elecciones autonómicas catalanas. Por tercera vez en la historia de nuestra reciente democracia, aparece un grupo de personas dispuesto a servir de cauce a las exigencias y harturas de ese supuesto tercer español, catalán en esta ocasión, que ni se arrima a los sueños nacionalistas, ni se alimenta de las añoradas, perdidas y sacralizadas identidades diferenciales, ni tampoco está por la labor de refugiarse en el útero del progresismo para dar por bueno todo lo que hagan los gobernantes siempre que se otorguen el título de ser de izquierdas.
El partido Ciudadanos de Cataluña ha salido a la palestra y aspira a poder sentar al menos a uno de los suyos en el Parlamento catalán. Pero es imposible saber qué va a ser de ellos. Han tenido que luchar a brazo partido para que los tribunales obliguen a los medios públicos de comunicación a hacerles un huequecito entre todo su inmenso despliegue de información política. «Los privados también nos han ignorado. A ésos no les podemos exigir, pero a los públicos sí. Siempre acudiremos a la Justicia cuando tengamos algo que reclamar», decía el joven Albert Rivera, candidato número uno en las listas por Barcelona de Ciutadans.

Ni siquiera los sondeos se dignan mencionar su nombre. Los agrupan en el epígrafe Otros, que es como condenarles al limbo de los irrelevantes. Y, sin embargo, ayer por la mañana Rivera se alegraba el ánimo anunciando, ante el reducidísimo grupo de periodistas que había acudido a su convocatoria de rueda de prensa, que ese etéreo Otros se había incrementado desde un raquítico 1% en las últimas elecciones hasta el llamativo 6% que registraba hace dos días un periódico nacional. Rivera cree que ellos son esos Otros que nadie se molesta en señalar. «No quieren que aparezcamos como opción política», explicaba el líder de Ciudadanos, 27 años, abogado.

Este partido pequeño y embrionario, con apenas cuatro meses de existencia y que no aparece identificado en los sondeos, sí resulta, sin embargo, muy identificable para los energúmenos que les persiguen y les insultan allá donde van a exponer sus ideas. Ya no les pegan, es verdad, pero no por falta de ganas, sino porque la Consejería de Interior de la Generalitat ha comprendido que no le trae cuenta ponerse de perfil y permitir que los espacios políticos catalanes sean noticia nacional a cuenta de las constantes agresiones a la libertad. Así que ahora los Ciutadans solo lidian con amenazas de bomba y con algunos conatos de sabotaje de sus intervenciones, ya eficazmente resueltos por la Policía. Lo corriente.

Acaban de nacer y eso restringe mucho las consideraciones, pero lo que les da ese interés especialísimo es lo que por el momento simbolizan: la voz libre de un conjunto de ciudadanos que se atreven a decir lo que los grandes partidos ya no plantean. Que osan denunciar lo que otros no denuncian y que, dado que no tienen la menor posibilidad de gobernar, no están atados por la necesidad de elaborar estrategias de pactos y componendas. Sus propios estudios les auguran tres escaños en el Parlament. Pero conviene no fiarse en absoluto de eso.

Lo que es seguro es que los resultados que obtengan, con todas sus limitaciones mediáticas y con todo lo que se quiera, darán una primera respuesta a la pregunta inicial: Pero ¿existió alguna vez el tercer catalán, o sólo se trataba de una ilusión óptica?

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