Un gran amigo mío, excelente cocinero, tiene por costumbre recogerse cada año unos días en Poblet. Se le recibe con la hospitalidad conocida aunque parece que en su caso se le trata de una manera especialmente afectuosa. Nunca recelé de la capacidad de empatía de los monjes, pero siempre tuve la sospecha de que en algún momento de su clausura mi amigo había tenido acceso a los fogones y la estima que se le dispensaba aumentaba exponencialmente cada vez que se le permitía hacerse cargo de las cazuelas. No me resulta difícil imaginar el ambiente festivo que mi amigo es capaz de contagiar cuando cocina y me consta al mismo tiempo que la gastronomía cisterciense es natural y sencilla, con predominio de verduras y productos de la huerta, y con pescados y carnes a la plancha, sin salsas.

Puede que la afortunada longevidad de los monjes se deba en parte a una dieta sana y frugal, pero, aunque Poblet imprime carácter, no he percibido en los hábitos de mi amigo la menor intención de moderar su apetito o de adscribirse al celibato.

José Montilla empezó campaña en Poblet, donde se le recibe también con afecto como benefactor del monasterio, pero debo confesarles que siempre que le observo al lado del padre abad tengo la sensación de no saber si entra o sale o simplemente si se trata de un superior de la orden. Quizás por este motivo, superficial y probablemente injusto, es por lo que me resulta difícil asociar a Montilla con ninguna salsa. No sé por qué, pero desde un punto de vista culinario me resulta más sencillo imaginarlo comiendo en el refectorio de Poblet, en silencioso recogimiento, que en un bullicioso asador donostiarra; me resulta más creíble en El nombre de la rosa que en El festín de Babette,por así decirlo, aunque bien es cierto que ha aparecido públicamente ante imponentes paellas, fotografía recurrente de todos los candidatos, en las que por razones que se me escapan todos ellos aparecen orgullosos con el remo del pescador. Será quizás porque la pose del remo transmite la sensación de autoridad, el toque final sin el cual el trabajo previo de los pinches hubiera resultado fallido. De hecho esta imagen no resulta tan virtual en los templos de la alta cocina, donde el excéntrico chef neoyorquino y magnífico escritor Anthony Bourdain describe la figura del chef como la de un tipo altivo, de blanco impoluto, que se pasea por la sala del comedor pavoneándose del trabajo de los demás.

Por otro lado, nada que objetar con respecto a la cocina sana. Verduras y pescados hervidos con un ligero aderezo de especias y aceite de oliva, carnes a la plancha o a la brasa realzadas con hierbas silvestres (dentro de un orden), constituyen sin duda una comida saludable. Aunque según el docto parecer del señor Puigcercós, unas sopitas a tiempo ayudan a crecer. Y en este punto, cuando la autoridad pontifica, el cocinero se retira.