DEBATE. Autonomía, teoría y práctica

Las elecciones autonómicas catalanas se han destacado siempre por su elevado nivel de abstención. En las siete elecciones autonómicas celebradas, el promedio ha sido de un 39,3%. Y, en ocasiones, ha superado incluso la barrera del 40%; así ocurrió en los años 1988, 1992 y 1999. Además de por su intensidad, una segunda nota propia de la abstención en Catalunya son sus menores niveles en las elecciones generales en comparación con las autonómicas: muchos votantes en las primeras se abstienen en las segundas. Los expertos como Joan Font o Clara Riba han bautizado este fenómeno como la abstención diferencial, y han destacado justamente que, en el contexto español, es en Catalunya donde se manifiesta con mayor fuerza. En las últimas elecciones autonómicas del año 2003, por ejemplo, la abstención fue del 37,5%, frente al 24,0% en las generales del 2004. La abstención diferencial fue así de 13,5 puntos, muy superior, por ejemplo, a los 7,0 puntos del País Vasco o a los 6,8 de Galicia.

Esta distinta participación en las elecciones generales y autonómicas en Catalunya no tendría consecuencias políticas si afectara por igual a todos los partidos. Pero no es así. El PSC es el que pierde más votantes en las elecciones autonómicas a causa de esa abstención diferencial. Por ejemplo, y con datos del CIS, un 20% de los abstencionistas en las elecciones autonómicas del 2003 había votado al PSC en las generales del 2000, frente al 8% que apoyó a CiU y el 2% a ERC. No en vano el perfil de los abstencionistas diferenciales es el de personas jóvenes con estudios medios o inferiores, limitado conocimiento del catalán y relacionadas con la inmigración en un grado u otro. Y, sobre todo, tienen una identidad menos catalana que los demás votantes. Según datos recientes también del CIS, sólo el 23% de los abstencionistas diferenciales se declara "más catalán que español" o "sólo catalán", en comparación con el 43% de los que votan en ambas elecciones.

La desmovilización asimétrica de los electores socialistas es uno de los principales motivos que llevan a que en Catalunya el PSC pierda (al menos en escaños) en las elecciones autonómicas a manos de CiU, aunque siempre haya sido el partido más votado en las elecciones generales. Una de las claves de las próximas elecciones estriba en la capacidad del PSC para movilizar a esos abstencionistas diferenciales. ¿Tendrá José Montilla, precisamente hijo de inmigrantes, más éxito que Raimon Obiols, Joaquim Nadal o Pasqual Maragall? Si lo consigue, esto es, si el nivel de participación de las autonómicas del 1 de noviembre se acerca al de las generales del 2004, el PSC podría ganar las elecciones (también en escaños). Y cuanto mayores sean las divergencias, más clara será la victoria de CiU.

Pero la respuesta no sólo depende de las estrategias de Montilla y del PSC durante la campaña electoral, sino fundamentalmente de unos electores que contrastarán las ofertas que están ahora recibiendo con los rendimientos de los partidos en los últimos tres años. Y serán ellos, sobre todo los votantes socialistas, quienes en última instancia ajusten la adecuación entre sus demandas habituales, centradas básicamente en políticas sociales y redistributivas, con las políticas, prioridades y gestos protagonizados por los partidos, incluyendo naturalmente al PSC, durante esta pasada legislatura.