Cumplido el primer cuarto de siglo del inicio (1981) de las ceremonias de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo, quizá sea el momento adecuado para asentar una historia de los mismos sobre unas bases ideológicas que, aunque no se ajusten exactamente a la idea primitiva de tan noble proyecto, sirvan para adaptarlos al contexto histórico en el que fueron creados, a la vez que contribuyen a garantizarles un futuro feliz. Se empieza a decir que los Premios se crearon para legitimar democráticamente a la Monarquía que sucedió al régimen franquista. No diré que eso no fue así exactamente, porque en esta sociedad tan cargada de prejuicios de toda índole --sobre todo, políticos y sociales-- cualquier discrepancia, por muy respetuosa que sea con el pensamiento del establishment , puede acarrear severos problemas a quien ose discrepar de lo que se considera como la verdad oficial .
Según la doctrina fundacional, los Premios nacieron a partir de una idea mucho más sencilla que la que ahora se pretende divulgar; fueron creados para vincular al heredero de la Corona con la región que le aporta el nombre de su título dinástico y, el mismo, para que la sociedad regional --es decir, su clase biempensante más el coro de la plebe que la rodea-- se identificaran, a su vez, con el citado heredero. Pero cuando se decía esto, ya se había iniciado el proceso evolutivo de aquella primera y prodigiosa idea; la cual, había adquirido una cierta complejidad (ideológica) con su desarrollo orgánico. Ocurría esto en los años de la pasión democrática desbordada; sobre todo, con los socialistas en el poder. Un periodo durante el cual la ambigüedad ideológica empezó a manipularse con unas intenciones que, para entonces, eran lógicas; había que proporcionarle al nuevo régimen monárquico un sentido democrático y legitimista.
Aquel momento histórico, que no duró un instante sino que se prolongó durante un periodo de tiempo más o menos largo, es el que se conoce hoy con el nombre genérico de Transición ; es decir, la metáfora con que se pretendió ocultar la operación de salvamento del anci¨n r¨gime o sea, se hablaba de Transición para evitar decir reforma , que era su verdadero nombre. Pero estas cosas sólo las intuían unos pocos raros. Poquísimos. La mayoría se dejaba arrastrar por la avasallante euforia democratizadora de la época. Esa intuición --que ahora se insinúa como la idea esencial que dio lugar a la historia literaria de los Premios-- se contó, por primera vez, en las páginas de este periódico.
Presidía la Fundación don Pedro Masaveu Petterson, a quien al parecer le gustó la citada justificación política de los Premios, y así se lo hizo saber al periodista que la había puesto en circulación, una tarde de un otoño ovetense cuando, acompañado por el director de la institución -- don Graciano García, el laureado padre de tan espléndida idea original-- se disponía a entrar en el Teatro Campoamor, unos minutos antes de que comenzara otra de esas glamurosas ceremonias anuales de la entrega de los premios.
ESA HIPOTESISjustificativa de la creación de los Premios, se basaba en el prestigio social y profesional de los premiados. Durante los cuatro o cinco primeros años de aquella solemnidad cultural, sus beneficiados principales fueron reconocidos intelectuales españoles que se habían exiliado al final de la Guerra Civil, y que habían ejercido su magistrado intelectual en países hispanoamericanos. Eran antiguos republicanos que habían sobrevivido a la represión de la dictadura franquista gracias a su dolorosa expatriación. Qué más pruebas necesitaba aportar la Monarquía española --recuperada digitalmente durante el ocaso de la dictadura-- para demostrar su vocación democrática y reconciliadora?.
Un ligero repaso a la hemeroteca de La Voz de Asturias permitirá encontrar en las páginas de los diarios de hace casi veinte años, pruebas suficientes para demostrar esa anticipación ideológica . Desde sus inicios, a los Premios les han ido tejiendo sucesivas hipótesis útiles, sobre todo, para afianzarlos en el tiempo y para vertebrarlos intectualmente. Fundamentalmente para utilizarlos como un formidable instrumento de relaciones públicas al servicio de la corona. Este aspecto funcional de los Premios es el que explica razonablemente esa reciente afirmación hecha por el Príncipe de Asturias: "Nuestro patrimonio son los premiados".
En cualquier caso, los Premios son el fruto de una idea cultural irreprochable, que ha ido desarrollándose felizmente a lo largo de este tiempo; una idea que veinticinco años después --un cuarto de siglo da para mucho...-- sigue ofreciendo infinidad de oportunidades políticas: desde legitimar democráticamente a la Monarquía posfranquista, hasta la justificación de la exaltada devoción dinástica de los asturianos "y españoles"... Ambas cosas están en la esencia de la historia --si no oficial; por lo menos, oficiosa-- de los Premios.
Intentar buscarles ahora una tercera dimensión , como es la de pretender rivalizar con los Premios Nobel, me parece un error. Sabiendo que estos Premios nacieron de una idea cultural encomiable, la cual fue desarrollándose a medida que se le iba descubriendo sus infinitas posibilidades prácticas en un espacio políticos tan peculiar como era España durante la transición, qué necesidad hay para enfrentarlos ahora con otros Premios que, aún siendo de la misma naturaleza, tienen unas características históricas absolutamente diferentes? Ni esa mirada a Europa que, por lo visto, le echan los Premios desde hace relativamente poco tiempo --concretamente, desde que abandonaron su ensimismamiento hispanoamericano de la comienzos-- justificaría tan pintoresca rivalidad. No creo que el futuro estable de lo premios dependa de que esto oscurezcan a los Nobel.
La fundación política fundamental --paralela a la función cultural-- de los Premios Príncipe de Asturias es la que es: ser la principal, por no decir la única, oficina de relaciones públicas internacionales de la Monarquía española. Un deseo, o una necesidad, que está muy lejos de la tentación de convertirlos en una trinchera para combatir y, llegado el momento, anular el reconocido prestigio histórico y la buena fama universal que tienen los (envidiados) Premios Nobel. Esto sería como meterse en una guerra absurda o, por lo menos, inútilmente pretenciosa. Más, si no podemos evitar ser grandones , porque nuestra herencia étnica nos lo impide, seámoslo por lo menos con templanza.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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