Maletas cristianas
El señor Sarkozy, ministro del Interior de Francia, país de acogida y cuna de los derechos humanos, ha decidido una curiosa incompatibilidad laboral. Dime de dónde eres y te diré qué trabajo puedes hacer. La tradición ha dado una credibilidad a ciertas artesanías en función del pasaporte. ¿La relojería? Mejor que la haga un suizo. ¿Los picapedreros? Gallegos, sin duda. ¿Los elaboradores de foie gras? Franceses y, a ser posible, del Périgord. ¿Hay una nacionalidad específica que lleve a la excelencia el noble arte de trasegar maletas en los aeropuertos? Sarkozy, el hombre que pretende dar lecciones a Zapatero con el tema de la inmigración, lo tiene claro: los musulmanes no pueden tocar los equipajes de los aeropuertos franceses. Y añade que prefiere un conflicto social a una desgracia irreparable. Dime cuál es la fe de tus mayores y te diré lo que no puedes hacer. Al mismo tiempo, también en Francia, unos radicales islamistas han agredido a ginecólogos hombres por haber puesto sus manos sobre sus esposas. Teniendo en cuenta que los talibanes de Afganistan combaten aquellas escuelas en las que se admiten niñas como alumnas, difícil va a ser en la lógica fundamentalista que las mujeres puedan llegar a ser atendidas jamás por ginecólogas mujeres. Por una parte el miedo al terrorismo y por la otra la exacerbación de la fe, han llevado a que cosas tan dispares como una maleta o el derecho a la salud sean meros accidentes de algo mucho más trascendente.
Me imagino ahora el famoso carnet por puntos de la inmigración. Si el conocimiento de la lengua ofrece derechos universales como la atención a la salud cabe suponer que el musulmán con nivel C de catalán, ese sí, estará facultado para mover las maletas del aeropuerto. Una religión --el catalán-- estará por encima de la prevención que a Sarkozy le provoca otra religión --el islamismo-- con lo que los pasajeros de Ryanair de Girona no tendrán que vestirse ropa sobre ropa porque los musulmanes-catalanoparlantes-y-sin-embargo-esquiroles acudirán a transportar las maletas que sus hermanos en la fe residentes en Francia ni siquiera pueden tocar. ¿Nos estamos volviendo todos locos o es sólo la locura del miedo a lo desconocido?
Templos de la palabra
El Supremo se ha dedicado esta semana a investigar las famosas herriko tabernas, o sea, los bares cercanos a Herri Batasuna. Ahora, a pocos días del debate en la Eurocámara sobre el proceso de paz, el Supremo --con una diligencia digna de mejor causa-- entra en las herriko tabernas, que es dónde más le duele al adversario. ¿Será que venden sidra adulterada? ¿Será acaso que se ofrece orujo con alcohol metílico? ¿Será que en esos bares se puede fumar? Si una herriko taberna es un depósito de armas, que se actúe policialmente. Si su registro son ganas de minar la moral, que se vaya con prudencia. Porque los pubs nordirlandeses, las casas del pueblo socialistas o los batzokis del PNV son el foro de un sentimiento. Y los sentimientos no se cierran fácilmente.
Herencia
Muere un hombre que hizo mucho dinero y una gran biblioteca en la que compartimos grandes conversaciones. Tras el funeral recibo la llamada de su hijo. El idiota me pide que tase la biblioteca y que la salde. Ahí irá una piscina cubierta. Para él la fortuna. Para el saber, un incendio.

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