Muerta Anna Politkovskaya, no se acabó la guerra con Putin. La primera vez que el presidente ruso habló del asesinato de la periodista lo hizo en Alemania, al lado de Angela Merkel. A Politkovskaya, una de las voces más críticas con Putin, le habían pegado cuatro tiros en el ascensor de su casa de Moscú tres días antes. El ex espía de la KGB, cuando le preguntaron los periodistas que había allí, en Dresde, habló de la muerta: «Sí, efectivamente, fue crítica con el poder ruso, pero su capacidad de influencia sobre la vida política del país, en Rusia, era en extremo insignificante».

También dijo más cosas Putin, como que haría todo lo posible por esclarecer el «abominable asesinato»; pero eso era mucho más esperable del presidente de un país. Lo más interesante de sus palabras se recogía en ese «en extremo insignificante» para calificar la influencia de Politkovskaya.

Hace casi cuatro años, cuando publicó «La deshonra rusa», la Cámara alta se reunió para tratar la insignificancia de sus palabras. El único objetivo de aquella sesión era discutir cómo le iban a explicar a sus ciudadanos que «todo lo escrito por esta periodista era mentira». Las historias de los abusos del Ejército ruso en Chechenia: torturas, asesinatos.

Con su siguiente libro, «La Rusia de Putin», ya no necesitaron reunirse los parlamentarios para hablar de la poca importancia de sus historias. Para ese libro, Politkovskaya no encontró editor en su país. Se había traducido a casi diez idiomas, pero nadie quiso publicarlo en Rusia.

Así que se lanzó a contar fuera lo que no querían que dijera en casa. Cuando llegó con el libro a España, en la sala en la que lo presentaba, además de los periodistas, había un enviado de la Embajada rusa. Siempre que Politkovskaya hablaba en público fuera del país, siempre había alguien enviado por el Gobierno. Anotando, mirándola fijamente.

A pesar de eso, no se arredró: «Mientras Putin siga así, no hay solución para Chechenia», dijo. Y también: «En Chechenia viven como en un campo de concentración». También nos dijo aquel día, delante del tipo de la Embajada, que conseguir publicar el libro en Occidente era para ella algo así como un seguro de vida: «Sería muy poco diplomático perseguir a una persona que ha escrito un libro contra él [Putin]».

No lo decía por decir. Cuando contó aquello, los servicios secretos rusos ya habían intentado matarla una vez. Ella volaba hacia Beslán, para intentar convencer a los terroristas de que no siguieran adelante con el secuestro de la escuela. No era la primera vez que hacía algo así. Dos años antes, en 2002, los chechenos la habían reclamado a ella como mediadora en el secuestro del teatro Dubrovka de Moscú. Pero a Beslán no permitieron que llegara. Durante el vuelo le sirvieron una taza de té envenenado, y se despertó en un hospital. Viva por muy poco.

La influencia de Politkovskaya era insignificante, pero esa insignificancia debía de escocerle a Putin. Poco después de recuperarse del envenenamiento, la periodista empezó a escribir reportajes sobre cómo había afectado la tragedia de Beslán a la gente de allí, a las familias de los muertos. El Gobierno no tardó mucho en prohibir allí su periódico, el «Novaya Gazeta», como ya había hecho en Ingusetia, en Tabardina Balcaria y en Chechenia.

En esa última República, pasaba Politkovskaya varios meses al año. Era la única periodista rusa que lo hacía. Por allí pasaban de vez en cuando algunos otros colegas suyos, pero circulaban por aquel territorio en viajes organizados por el Gobierno. Veían lo que las autoridades querían que se viera, y hablaban con quien las autoridades decidían.

Ella, sin embargo, viajaba por su cuenta. La escondían en casas de aldeas lugareños que se jugaban la vida. Aunque no podía dejarse ver a la luz del día. Solía esperar escondida en el monte la caída de la noche. Había muchas vidas en juego. Más de una vez, después de dejar ella la casa, había aparecido el Ejército ruso en el pueblo y había matado a quienes le habían dado una cama. El «Novaya Gazeta» estaba prohibido en Chechenia, pero los artículos de Politkovskaya circulaban fotocopiados por toda la zona.

Ella se jugaba la vida por conseguir esas historias, y ellos por que consiguiera contarlas. Se colocaba al borde de la muerte en Chechenia -en condiciones durísimas- para poder salvarla después, cuando lo contara y consiguiera publicarlo fuera de su país. «A un periodista lo único que le protege es su sinceridad», me dijo después. Recibía amenazas todas las semanas, pero estaba convencida de que la palabra podía salvarla. Tenía fe en que el periodismo podía protegerla a ella y a miles de personas olvidadas y despreciadas por Putin. A veces, a la puerta del periódico se formaban colas de gente que le pedía que contara su historia, que investigara la desaparición de un hijo, o un marido. Era una de las últimas esperanzas de muchos.

Su valor y su convicción eran contagiosos. A primera vista, aparentaba cierta fragilidad; pero en cuanto hablaba se transformaba en una especie de mujer de acero. Aunque uno acabara de conocerla, pensaba inmediatamente que podía amarrarse a ella cuando empezaran a batir las olas y que nada malo podía suceder. Eso pensaban muchos rusos que, ahora que le han pegado cuatro tiros, se deben de sentir un poco desvalidos flotando en la tempestad.

Putin dice que la influencia de Politkovskaya era insignificante, pero muchas personas aplastadas por el régimen sintieron que, gracias a que ella lo contaba, existían, a pesar del poder. Lo que no pueden conseguir las cuatro balas que la mataron es hacer desaparecer sus palabras. Ni a sus compañeros del «Novaya Gazeta», que se han puesto a investigar el asesinato, para evitar que quede enterrado bajo el régimen. Como hacía ella.

David Álvarez es periodista.