En la recta final de las elecciones catalanas del 1 de noviembre, el tablero sigue ofreciendo una clara victoria de CiU sobre el PSC; muchas dudas entre los electores de ERC, con fugas hacia CiU y hacia la abstención; un PP expulsado del terreno de juego que a lo sumo podría repetir resultados a la baja; y una ICV que defiende en solitario la obra de Gobierno del president Maragall y que puede recoger segmentos importantes de la llamada intelectualidad catalana del PSC, molestos por cómo ha sido expulsado de la contienda el actual presidente de la Generalidad y porque los capitanes (aparato) se han hecho con el partido y el futuro grupo parlamentario; es decir, han practicado el desalojo del antiguo PSC de Raventós por los herederos de la antigua rama del PSOE en Cataluña. Para este sector no es lo mismo un Pasqual Maragall que un Pepe Montilla. ¿Se me entiende? No tiene pedigrí.

Despejada la incógnita de la abstención, que será notable, y aún más en los feudos socialistas según todos los indicios, la única que queda en pie es si Artur Mas conseguirá tanta distancia respecto del resto como para impedir aritméticamente que PSC, ERC e ICV sumen mayoría absoluta en el Parlament. Si lo logra, va a gobernar y lo hará en solitario, aunque sea en minoría; si no es así, está cantado que el tripartito vuelve por más que las urnas señalen un revolcón de sus integrantes.

¿Reedición del tripartito?

La vieja teoría de que Zapatero iba a evitar una reedición del tripartito se observa hoy tan añeja como falsa ha sido siempre. Ni él ni nadie en el PSOE pudieron en 2003 evitar la entente PSC-ERC para mandar a la oposición al vencedor de los comicios, CiU.

Tres años después, ni él ni nadie en el PSOE podrán evitar la prórroga del tripartito por más que CiU avance en el marcador y por más que PSC-ERC-ICV superen solamente entre uno y tres escaños la mayoría absoluta. Lo que le dijo el otro día Rodríguez Zapatero a Montilla –tienes un cheque en blanco para pactar con quien quieras– no es una autorización jerárquica; es que lo contrario es de imposible cumplimiento y el actual inquilino de Moncloa lo sabe y lo sabe bien.

Estas elecciones catalanas quizás sean las más catalanas de todas las celebradas. Tras el Estatuto y con un PSOE que puede aguantar un año más en las Cortes Generales si dispone de nuevos Presupuestos Generales del Estado con la ayuda de ése, éste o aquél, el debate en Cataluña se ha centrado exclusivamente en quién será el presidente número 109 de la Generalidad de Cataluña. ¿Será Mas? ¿Será Montilla? ¿Con quién o quiénes? Lo demás, los contenidos programáticos, no interesa a nadie porque actos de fe ya no se hacen después de la zozobra estatutaria.

Sin embargo, los resultados del día de Todos los Santos van a pesar en España. En modo alguno, como a veces ocurre en el Madrid politizado, serán extrapolables los resultados a unas elecciones generales. Es otra la dimensión catalana y la transposición pura y dura lleva al error. Pero van a pesar porque de ser Mas el presidente, sin mayoría absoluta, deberá analizarse quién, cómo y por qué, en clave de futuro, le facilita la investidura en el tercer intento.

De serlo Montilla, estará claro que el tripartito regresa y, con él, PSOE y ERC de socios en Madrid, es decir, un partido con visión federal de España y otro que tiene como objetivo separar a Cataluña de España, para lo cual ni tan siquiera ha votado el nuevo Estatuto. Podrá ser una paranoia en sí mismo, pero, en esas coordenadas catalanas, la mesa está servida en Madrid.

CiU no jugará a ser asistente de Rodríguez Zapatero ni tampoco podrá estar en el Consejo de Ministros a partir de unas nuevas legislativas. Se terminó aquello de la gobernabilidad que fue útil en tiempos de González y en tiempos de Aznar, para situar España en la división de honor de la Unión Europea. ERC no es CiU, y ya se ha comprobado.

¿Mas presidente con abstención del PSC? Yo no lo veo. Los socialistas catalanes podrán ser lo que quieran; todo, menos suicidas. Y ahí nace la única posibilidad de la llamada sociovergencia o gobierno bicolor CiU-PSC hecho para disponer de estabilidad en Cataluña y tener garantizada Rodríguez Zapatero otra legislatura en Moncloa. Pero esa hipotética posibilidad pasa siempre porque el tripartito no sume 68 escaños. Número mágico, éste, para la España plural.

¿Y por qué no hablo del PP?, se preguntarán. Pues porque, bajo óptica catalana, ni en el horizonte lejano se encuentra. Aunque a lo mejor da la sorpresa y los derroteros son otros, con lo cual, la incidencia sobre la política española estaría igualmente servida pero en dirección opuesta a la anterior. Aparentemente son sólo catalanas las elecciones de 1 de noviembre. Pero, en el fondo, son condicionantes de lo que vaya a ocurrir a nivel de toda España en 2008 o… antes.